País Poema

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gastón baquero

primavera en el metro

Entre Goya y Velázquez
se detuvo de súbito lo oscuro.
Sentimos que brotaban amapolas detrás de los ladrillos;
una revelación sonora, un himno, un telón descorrido de repente nos transportaba
de la noche al alba, de la melancolía al júbilo, de la indiferencia a la sorpresa. —j
¡Cuánta luz de repente entre Goya y Velázquez!
Y el Metro transformado
en plazoleta de oro para el muchacho ciego,
en alegre pan tierno para el anciano solo;
columpiado de la sombra a la luz, mágicamente,
siendo otra cosa ya en un instante:
carroza de las hadas, corcel, jardín al mediodía.
Entre Goya y Velázquez,
¡todos felices de pronto, todos gozosos
devorando el asombro de la luz!
Yo había descendido con pensamientos de invierno
—sonetos de Quevedo y cenizas de Paul Klee—;
y cada cual, ceñudo, leía entre vaivenes para olvidar el tiempo.
Un son inesperado, un aviso imperioso, una luz que cantaba,
nos arrastró de un golpe hada regiones áureas:
del carbón de Goya pasamos en un vuelo al aire de Velázquez.
Y el Metro danzaba jubiloso, como si escuchase
poemas de Jorge Guillén musicalizados por Vivaldi;
y el serio oficinista cerraba su ABC,
y la joven de lentes desdeñaba un final de Agatha Christie,
y —¡prodigio!— los novios dejaban de mirarse,
y los niños se hastiaban de Supermán y volvían a ser niños:
¡todos gozosos, mudos por felices,
sentíamos que el planeta derramaba de nuevo su luz sobre nosotros,
como vuelca una aldeana sobre sus hojaldres una jarra de miel!
Sí: entre Goya y Velázquez, en el Metro, una mañana,
yo he asistido al nacimiento de la Primavera.