País Poema

Autores

gastón baquero

negros y gitanos vuelan por el cielo de sevilla

La carita falsamente trágica del bailarín de flamenco
nos recuerda que en ciertos meses el cielo muestra sus mejores estrellas
para enseñamos que no hay que hacerse demasiadas ilusiones.
Después de todo, nosotros, los espectadores, no somos culpables: ¿o lo somos?
Alguien, en algún sitio, ha echado a andar toda la maquinaria del gran baile,
y luego ha pretendido que seamos nosotros los responsables traspuntes y guitarras;
pero ese, ese que ahí arriba zapatea, y da rítmicos golpecitos contra el piso,
tacatac, tactac, tacataca, tacatac, tactac, tacata, ¡tac taca taca!,
ese, ¿a quién llama desesperadamente?
Gitanos y negros tienen lenguaje en el tacón,
lenguaje de hablar con sus dioses secretos, con sus bisabuelos
transformados en piel de tambor o en media luna de castañuelas.
Pero nosotros, los espectadores, los que fuimos invitados a la fuerza a sentamos
aquí, en este incómodo teatro tan redondo, para ver esta representadísima representación
por la que tan caro se nos cobra la entrada a lo largo del tiempo, ¿qué culpa tenemos?
Es cierto que nos dan, de cuando en cuando, la espléndida vacuidad de la luna,
la vaca peregrinante por el cielo con sus ubres henchidas de una leche que ningún ángel quiere saborear:
es cierto el regalejo de tantas estrellas, cercanas y a un tiempo extraviadoras;
sí, nos dan la miel, dedalitos de alegría, y esa cosa elocuente del sol,
pero luego, luego viene la noche, siempre viene la noche, sale implacable
por todos los poros de la tierra dando gritos la noche, desnuda y hambrienta
la noche se echa encima de todo lo existente y lo hace íncubo y súcubo,
¡eh, rayos y truenos!, rompen su piel los gitanos y los negros, peleando
contra la noche siendo ellos mismos parte de la noche siendo noche
en sus trajes, en sus voces, en sus taconeos tenaces contra el silencio de la noche,
pero la noche nochea la sangre de negros y gitanos, y la feria, la esperanza, ¡la feria!,
se hunde en el gemido de la noche, apaga sus pequeños soles y sus lunas de papel plateado,
como se apaga la cerilla hundida en el vaso de manzanilla, la cerilla encendida en el altar por una prostituta,
y negros y gitanos lloran deshechos contra el sombrío imperio de la noche, taconeando,
taconeando tacatac inútil por hacer un alba donde hay un abismo, y ponen
negros y gitanos volando por el cielo de Sevilla un sol allí, de artificio,
donde solo hay en verdad la señal rencorosa de la noche devorante,
la victoriosa, coronada noche.