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gastón baquero

el sol y los niños, y además la muerte

Al mediodía dijeron las voces secretas del instinto:
empujado por los últimos vencejos el invierno se ha ido.
¡Abre ya las ventanas, sal a contemplar
la gloria de este mundo vestido por la luz!
Traída en hombros por el Patriarca San José llegó la Primavera.
En montones de blanco fuego se ha desparramado
sobre la casa nuestra, sobre el jardín, sobre los niños
que ya están de nuevo en la plaza, como en los días de junio.
(¿Dónde se refugiaron estos niños, con sus chaquetillas rojas,
con sus gorritas de jockey inglés
cuando la nieve golpeaba y golpeaba los árboles y las mejillas?)
Abrí la ventana y allí estaba, radiante y frutal,
como una mujer hecha de oro verde y de alegría,
Nuestra Señora la Primavera.
Florecido y robusto junto a ella
el anciano de los huesos rojos,
el de las rufas barbas infinitas, el llamado Don Sol,
amigo mío.
Buenos días, Don Sol, le dije. Gracias por tu regreso.
Correteaste feliz por otras regiones, fuera del tiempo nuestro;
sentía añoranza el alma por tu castidad y por tu perfume,
y pensábamos ya que nunca más veríamos
el fulgor de tu cabellera y la delicia de tus mejillas.
¡Gracias porque has vuelto! Echanos ahora
algunas moneditas de tu luz
en nuestras faltriqueras de mendigos.
(Y además, en secreto, en voz baja, viejo amigo, capistrán, borrachín,
bucanero sarnoso,¡amigo contra el alma!, Don Sol de siempre y siempre,
siempre te fuimos fieles: no pudo la bella nieve ganarte la partida.
Tú estabas en otros mundos, olvidado de amarnos, es cierto,
pero yo cada día, al tomar en las manos el pan redondo y puro,
—este pan de los pueblos castellanos que es un pequeño sol, un himno diario—,
pensaba que eras tú quien venía transformado en sol-niño
para encender de nuevo la esperanza en el desierto de mi corazón.)
cuando saboreaba por todos los poros aquel epinicio de la luz,
aquella reconciliación de cuerpo y alma con el mundo de afuera,
vi una extraña señal en el rostro de los niños, y comprendí que en ese instante,
desde detrás del cielo, el Señor nos arrojaba uno de sus dardos dolorosos:
lentamente pasaba un entierro junto a la plaza.
Canturreaban los prestes, sollozaban los deudos,
y desde la alta cruz miraba Cristo cara a cara a la muerte.
Imitando a los viejos los niños levantaban sus graciosas gorrillas;
se persignaban las nodrizas, y el lento carruaje de la muerte
parecía no querer salir jamás de aquella plaza.
Con los labios entreabiertos,
con los ojos como para no cerrarlos nunca,
los niños buscaban a tientas las manos de los mayores, y se pegaban a éstos,
contemplando absortos aquella interrupción,
aquel misterio que clausuraba la luz,
cegaba la Primavera, y a pesar de todo el sol daba escalofríos.
Los niños miraban a la muerte y la muerte a los niños:
nadie dijo una palabra, nadie miró a su vecino,
sólo silencio y silencio dieron.
Y cuando ya el cortejo hubo pasado,
cerramos de nuevo las ventanas: el frío de un extraño invierno,
¡otra vez la nieve oscura en el alma, el aire helado, la apagada luz!,
golpeaba allá dentro; otra vez golpeaba las raíces, daba en el alma
el frío de la tumba recién cavada. Dentro era noche, sin primavera posible,
y de repente golpeaba el imperio de la nieve, y otra vez golpeaba,
y golpeaba implacable los dolorosos bosques de la memoria.