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gastón baquero

el mendigo en la noche vienesa

No puedo olvidar aquel mendigo,
de pie orgullosamente en un rincón de la noche,
clavado frente a las rojas cúpulas de San Carlos,
mientras iba y venía indiferente la majestad
de la noche vienesa.
No puedo olvidar su gesto de Carlomagno, su barba
blanquísima y autoritaria, su talante de archiduque de la resignación,
ni su mano tendida en forma que parecía ordenar se le hiciese caridad,
como si él fuese el emperador de los pobres y la cúpula de la miseria.
Su inolvidable silencio, golpeador, despertante, molestoso silencio
de quien está por dentro henchido de verdades y desdeña decirlas,
se adelantaba al pascante de la noche, lo sitiaba, e iba zarandeándole
hasta dejarle sin respiro, atormentado, temiendo y odiando
a aquel mendigo tan próximo, a aquel navío inmóvil,
que presidía frente a la columnata espectral de San Carlos
el deslizamiento enlutado hada el vado
que es la noche vienesa.
El perentorio discurso del silencio, o su mirada
tenaz como un enfermo asido a la última esperanza,
decían que el mendigo no reclamaba monedas en su mano tendida,
que él no estaba allí para solicitar una habitual caridad:
era otra cosa la que su desesperada padencia mendigaba,
era un oro distinto lo suplicado por él.
Y su poderoso silencio gritaba a las entrañas del paseante,
con el mismo decoro señorial con que Pascal gritaba;
callado el mendigo lloraba tenazmente en la noche un himno
que sólo el oído de los huesos podía escuchar,
que sólo una poderosa voluntad de compasión y de orgullo
podía rescatar de entre los fúnebres sonidos
de la noche vienesa.
Pues el mendigo pedía una pequeña alianza a los humanos,
un momentáneo socorro contra la soledad largamente padecida.
Y era como un guerrero negado a entregar su estandarte,
como un soldado que sabe lo imposible de combatir solo, y no quiere rendirse,
y desafiando al cielo y al infierno persiste en suplicar,
y vuelve los ojos a todas partes cuando es más dolorosa la batalla,
y sólo sombras descubre en derredor,
hundida en sombras de súbito la noche vienesa,
y hecha sombras la noche total del universo,
y allí aquel mendigo, fiero testigo en pie, con la mano tendida hacia la nada,
acompañado solamente
por las abrumadoras sombras de su soledad y de la soledad que ve en los otros.
Y nadie, nadie puede ayudarle, ni hacerle la caridad que mudamente pide,
Y ni hoy ni mañana ni nunca,
Y porque al hombre le es fácil compartir sus monedas,
pero a ninguno le es dado pelear contra la soledad de un semejante.