Cuando los niños hacen un muñeco de nieve,
Ellos no saben que juegan a Dios,
Autorizados por Dios.
Desde el seno de la cellisca sonríe el Señor,
Y aporta nuevos ramos de nieve, más blanca a cada instante,
Para hacer los brazos del ente, las orejas, la frente
De ese muñeco que acaba por erguirse en la vastedad de la nieve,
Igual que un hombre sale de las manos de Dios.
Cuando los niños hacen un muñeco de nieve,
Una vez satisfechos y plenos como el mismo Padre de todas las criaturas,
Lo abandonan gentiles a su nuevo destino,
queda sorprendido de ser para siempre una sombra arrojada a la nieve,
Aquel a quien los niños dejan como un centinela perdido en el desierto.