el día que murió mi abuela
Nos empeñamos en ver algo romántico en el acto de decir «adiós», aunque sea terrible y duro. Quizá es porque sabemos que todos nos vamos de algún modo de las vidas de otros y el fin último es ese, irse.
¿Cuándo empezamos a despedirnos? De la adolescencia, de la ingenuidad, de esa persona a la que quieres con las vísceras a pesar del daño, del verano, de las emociones masticadas… ¿Hay un momento para decir conscientemente «adiós»? Porque a mí me parece que cuando decidimos que «se acabó», en realidad, eso, sea lo que sea, ya llevaba mucho tiempo lejos.
Ojalá las despedidas fueran siempre fáciles, dulces, sencillas, pero no suelen serlo. Nos persigue la nostalgia y el no saber si nos estaremos equivocando y precipitando. Otras veces decir «adiós» es doloroso porque no habrá posibilidad de volver a abrazar, a sonreír, a oler…, solo el recuerdo. Y el recuerdo siempre es mentira, porque ya no somos las personas que lo vivimos.
Hoy llevo mucho pensado, vivido, compartido. Hoy no ha sido un día fácil. Pero, también hoy, he reído y me he hundido en los brazos de mis padres para entender que, si hay cosas enteras, es absurdo preocuparse por medias.
La vida, a veces, enseña a bofetadas.
Un mal jueves. Un adiós. Una nueva lección vital.