País Poema

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edwin arlington robinson

la casa oscura

Donde una tenue luz brilla solitaria,
mora un Demonio que he conocido.
La mayoría dirá:
«La Casa Oscura» y seguirá su camino.
No te preguntes por qué me quedo.
Porque conozco los ojos del Demonio
y su atracción que nunca muere.
Destierra todas tus afectuosas alarmas,
porque conozco los engañosos encantos
de sus ojos y de sus brazos,
y sé que en una habitación
arde una lámpara como en una tumba;
y veo la sombra deslizarse,
de un lado a otro, la sombra de alguien
al que se le niega el afuera.
Ahí está el que es mi amigo,
maldito, se imagina, hasta el final,
vencido, desde que se cerró la puerta,
pensando para siempre en la vida que fue.
Y el amigo que mejor lo conoce
lo ve como ve a los demás
que se esfuerzan por ser sabios
mientras los brazos y los ojos de un Demonio
los sostienen como la telaraña a la mosca.
Todas las palabras de todo el mundo,
apuntadas juntas y luego lanzadas,
serían más silenciosas en sus oídos
que un cierre de cizallas inmóviles
en un hilo hecho de años.
Pero hay otro sonido,
más apremiante, más profundo;
hay una música, al parecer,
que alivia y redime,
más que la razón, más que los sueños.
Hay una música aún desconocida
para la criatura de la palabra,
aunque resuena poco más
que el oleaje en la orilla,
hasta que un Demonio cierra la puerta.
Entonces, si él está muy quieto
con su Demonio, y uno lo estaría,
se pueden soplar murmullos
a ese amigo que está solo
en una habitación que he conocido.
Después, desde de todas partes,
la vida cantante lo encontrará allí;
entonces la puerta se abrirá de par en par,
y mi amigo, otra vez afuera,
estará vivo, habiendo muerto.