PAIS POEMA

Libros de edith wharton

Autores

edith wharton

terminus

Maravillosas fueron las largas noches secretas que me diste, mi Amante,
palma con palma, pecho con pecho, en la penumbra. La tenue lámpara
que enrojecía con mágicas sombras la habitación de la posada
con sus apagados muebles impersonales, encendía una llama mística
en el corazón del espejo oscilante, el cristal que ha visto
los rostros innumerables y vagos de interminables viajeros autómatas,
girando por los caminos del mundo como remolinos de polvo barridos en la calle,
rostros indiferentes o cansados, ceños fruncidos de impaciencia o dolor,
sonrisas (si las hubo alguna vez) como la tuya y la mía cuando se encontraron aquí,
en este mismo espejo, mientras me ayudaste a aflojar mi vestido,
y las bocas de sombras se fundieron en una, como aves marinas que se encuentran en una ola.
Esas sonrisas, sí, esas sonrisas que tal vez ha reflejado el espejo;
y la cama baja y ancha, surcada y gastada como una carretera,
la cama con su zaraza empapada de hollín, la mugre de sus latones,
que ha soportado el peso de cuerpos destrozados, manchados de polvo, alejados del sueño,
los urgentes, los inquietos, los sin rumbo, acaso también se ha emocionado
con la presión de cuerpos extasiados, cuerpos como los nuestros,
que se buscan el alma en el fondo de caricias insondables,
a través de los largos caminos de la pasión emergiendo de nuevo a las estrellas.
Sí, todo esto a través de la habitación, la pasiva e indistinta habitación
debió fluir con el ascenso y la caída de la incesante corriente humana;
y yaciendo allí, en silencio, en tus brazos, mientras las olas del éxtasis retrocedían,
y muy por debajo del margen del ser oímos el latido del alma,
me alegré al pensar en esos otros, los sin nombre, los muchos,
que tal vez así habían estado acostados, amando durante una hora al borde del mundo,
secreto y rápido en el corazón del torbellino del viaje,
el temblor y el chirrido de los trenes, el estremecimiento nocturno del tráfico,
así, como nosotros, se han acostado y sentido, pecho con pecho en la oscuridad,
la lluvia ardiente de la posesión descendiendo sobre sus miembros mientras afuera
la lluvia negra de la medianoche chapoteaba sobre el techo de la estación;
y así una mujer como yo, despertando sola antes del amanecer,
mientras su amante dormía, oyendo sereno ritmo de tu respiración,
alguna mujer ha escuchado, como yo escuché, el vapor de los trenes
llorando su adiós a la ciudad, tambaleándose hacia las tinieblas,
y con el corazón conmovido ha pensado: «Así debemos salir a la oscuridad,
apresurándonos por la vía fija del hábito, de la mano del destino implacable.
Así saldremos a la vida, a la lluvia, al opaco y oscuro amanecer;
tú al amplio resplandor de las ciudades, con guirnaldas de viento y gritos,
llevando a lugares populosos la carga de multitudes festivas;
yo, por terrenos baldíos y pantanos de cielo bajo
hasta una costa sin puerto y azotada por el viento,
donde una ciudad aburrida se desmorona y se encoge,
y sus tejados se derrumban, y los pies perezosos de las horas
se imprimen en la hierba de sus calles; y entre las casas indistintas,
la gente del pueblo delizándose lánguidamente para mirar el tren que llega,
el tren del que nadie desciende; hasta que una pálida tarde de invierno,
cuando se detenga a las afueras de la ciudad, nota que las casas se han convertido en lápidas,
que las calles son senderos cubiertos de hierba entre los techos bajos de los muertos;
y mientras el tren se desliza entre fantasmas, párate junto a las puertas de los vagones;
y entenderás entonces cómo es la vida a la que regreso.»
Así puede haber pensado otra; así, como me volví pudo ella haberse vuelto
hacia los labios dormidos a su lado, para beber, mientras bebía allí, el olvido.