Tan quieta yace ella en este lugar cerrado,
sus pies se vuelven frágiles para la cita fantasmal;
el latido en sus muñecas ha dejado de pulsar,
ni su eco vaga por su corazón.
Sobre el cuerpo y la plácida cabeza,
como majestuosos helechos sobre una tumba austera,
suaves cabellos se mecen; y bajo sus axilas florecen
las adormecidas flores apasionadas de los muertos.