la sombra de lilith
El nardo espesa el aire: un desmayo
reposa sobre el cáliz abierto y la vaina deslizada
a través del jardín, bajo la densa noche de la que pende
su propia luna perturbadora:
Ni el cielo ni la tierra, buscando su favor,
se encuentran en esta sangrienta turbulencia
donde se ven los anhelos de una oscura dicha,
cuyos vapores envuelven alguna rosa de deleite raramente revelado:
¡Oh, pronto! —ay, seguramente cerca— ¡la hora consiente en bendecir!
Y más cerca aún, todos los caminos de la noche convergen
en esa oscuridad deliciosa entre sus senos
que confiesan la noche y la flor y la sangre díscola,
donde todo el deseo del mundo ansía fundir su multitud
de singulares nidos de sufrimiento.
Vestida solo con oscuridad, oh, rosa y bálsamo,
donde la juventud quemada es una bendición curativa,
¿qué atrae la tensa oscuridad alrededor de tu palpitante calma?
¿O esa marea creciente del mediodía lujurioso,
ricamente destilada para tu dulce alimento, ahora traidora,
que oye a alguna luna secreta?
El disfraz de esposa de Eva, su dote que el Edén pautó,
ahora es alambique donde el alquimista enamorado
invoca la rosa más rara, descendencia fantasma;
tu esencia cubierta de rocío donde persisten los soles
es alterada por un rito oculto pero natural:
entre tus hojas fue la noche en que nos besamos.
Un raro cieno hediondo ahoga nuestro deleite,
algún derrame de amor que languidece,
una rosa que sangra sin ser vista, el corazón de la noche;
cuya dulzura nos tiene asombrados, atrapados:
por astuta, ella, la marginada, induce al despertar,
recordando tiempos anteriores al nuestro,
cuando el Paraíso brilló una vez, la gema de rocío en su corazón,
y la vil traición dio al mal el tiempo que aflige su rostro solitario,
y toda la viudez lúgubre de la noche la envolvió, y el desierto del espacio:
¡Oh, rosa sangrante, solitaria! ¡Oh, corazón de la noche!
Esta es Lilith, por su nombre hebreo,
Señora de la Noche: ella, en el cuerpo delicado que fue
se unió a Adán en un goce impío;
quien, incapaz de ese amor terrible, engendró en ella no majestad,
como Júpiter, sino la prole de gusanos que la eligieron, en adelante,
como su nido, la espesura retorcida y alimentada por lodo de la mente.
Ella, monstruosa por ese abrazo rechazado, podría volverse Quimera
e inspirar dudas sobre su jardín, excitando el impulso de la flecha
para oscurecerse sobre la dicha humana, como después,
en el ancho camino de su trabajo, insinuando tentaciones,
cosas sin nombre reveladas, una perdición embrujada, la sirena legendaria;
fue vista más tarde como Melusina y Lamia, las fingidas esposas-serpiente,
la malicia de la bruja-vampiro
que drenó la sangre fresca de los recién nacidos.
Una ráfaga perversa: rostros de miedo, contemplados a lo largo del pasado
en la malinterpretada tradición junto al fuego,
de ella es el augusto y único pavor, morada cerrada,
en la casa del nacimiento y la muerte, y más cerca,
en los secretos de nuestro aliento, en el amor oculto,
cuya sonrisa escapa a nuestra vista en su cabellera alborotada
que es la noche estrellada.