moho
He aquí, dentro de esa caverna lúgubre y húmeda,
cuyas paredes en los tonos del arcoiris brillan tan débilmente,
un infeliz, con los ojos hinchados y el cabello lánguido,
se reclina sobre un montón de hojas enmohecidas.
Rocío insalubre lo rodea para siempre,
desde su lecho húmedo casi nunca se levanta,
excepto cuando los vapores azules que brotan del suelo
lo atraen al exterior para atraparlos cuando se elevan.
O bien en la roca mojada que él tanto ama,
o en el borde húmedo de una tumba recién excavada,
para recolectar de noche el rocío del mar, vaga,
y, adornado con gotas, luego busca su celda.
Todas sus delicias, su mejilla verde y púrpura,
su forma hinchada, su mano fría, descolorida,
nada cambiaría; y si quisiera otros huéspedes,
los buscaría entre la espantosa tierra del camposanto.