al caballo que va sudando su miseria bajo los focos de una calandria en acapulco
Le cantaría canciones sobre équidos que no van a las guerras. Canciones sobre ciudades de équidos que se quedan por siempre en praderas luminosas a fundar sus reinos herbívoros y a correr –como dicen que hacen los équidos cuando son libres y se buscan el contento entre sus iguales, echando a andar las patas poderosas, los músculos que vienen perfeccionándose desde hace millones de años para la carrera, para el escape de los depredadores, para ascender a las colinas y llevar el hocico hasta los brotes verdes sobre el suelo, librar los escarpados templos de las rocas y prevalecer, por sobre todo, con la libertad que les permita morir por su cuenta, de viejos o entre las fauces de sus captores.