¡Ven, Indiferencia! Tus jugos tórpidos se derraman
en mi agudo sentido: hunden profundamente mi corazón herido
en la más densa apatía, hasta que se congele
o se mezcle contigo. Ven, enemiga de la sensación aguda,
en tu abrazo frío un sueño de muerte
dará un respiro a mi alma inquieta durante mucho tiempo,
desde el extremo de la dicha a la aflicción punzante.
¡Oh, dulce Poder, querido sustituto de la Paciencia!
Puedes aliviar el trabajo del Soldado, la lúgubre cadena del Cautivo,
la angustia del Amante y el miedo del Avaro.
Para la Sensibiliad, lo que no es bienaventuranza es aflicción.
Ningún plácido médium se ha mantenido
jamás por debajo de su tórrida línea, al tensar las fibras del alma.
Al Dolor o la Alegría, da una parte demasiado grande;
pero tú, más bondadosa, envuelves el corazón de ambos
y les pides que descansen en la siempre deseada tranquilidad.
Por todos los poderes que se mueven
dentro de la mente con diferentes fines,
prefiero perderme contigo y compartir tu feliz indolencia,
por una corta hora, que vivir de la Sensibilidad
por los siglos sin fin.
¡Oh! Sus puntas me han traspasado el alma,
hasta que, como una esponja, bebe mi aflicción.
¡Entonces déjame, Sensibilidad! ¡Vete!
Busca el alma refinada: Te odio, a tí
y tu larga y prole de alegrías y miserias.
¡Suave indiferencia, ven!
En esta casita baja serás mi huésped,
hasta que la Muerte cierre la hora:
aquí abajo me hundiré contigo
en mi lecho de hogareño ajetreo,
al que nunca deben acercarse formas marchitas de amistad,
amor o esperanza. ¡Ah! ¡Esconde rápidamente, poder,
esas intrusas imágenes muertas!
Oh, sella los párpados de la vista mental,
para que no abjure de mi súplica congelada. Todo está quieto.