el demonio de las nieves
¡Escucha la voz lejana del Demonio de las Nieves
que chilla en el aire turbulento!
A Él lo conozco por esa llamada estridente,
aunque aún invisible, que se siente abajo,
y por la niebla de un gris lívido
que se desliza sigilosamente.
Desde de los picos helados del Norte
surge con majestuosidad resonante;
oscuridad en medio de la maravillosa luz
que fluye sobre la noche boreal.
Un llanto pálido a través del aire desolado
por donde ha pasado su coche sin ser visto;
y vela las formas espectrales, su séquito,
que espera su vengativo reinado.
La Enfermedad y la Necesidad y el Miedo estremecedor,
el Peligro y la Aflicción y la Muerte están allí.
Alrededor de su cabeza por siempre delira
un torbellino frío de olas brumosas.
Pero en esa confusión, a menudo,
se deja ver su rostro agudo y blanco;
aparecen sus ojos salvajes y su mirada pálida
bajo un casco de hielo;
un penacho de nieve ondea sobre la cresta,
y alas gélidas revisten su forma.
En lo alto lleva una varita congelada;
el rayo de hielo tiembla en su mano;
y siempre, cuando cabalga sobre el mar,
el iceberg es su trono.
Mientras, feroz, conduce su camino distante,
los agentes remotos obedecen su llamada,
desde la costa de Groenlandia
hasta Terranova y Labrador;
sobre mares sólidos donde nada se observa
para marcar una diferencia con la tierra,
y solo el sonido anuncia
la desolación de su reinado;
los gemidos quejumbrosos y profundos,
y el salvaje aullido del furioso barrido
donde quiera que se mueva, alguna nota de aflicción
proclama la presencia del enemigo;
mientras él, implacable, arroja a su alrededor
la lluvia blanca de sus alas.
¡Escucha! Es su voz: escucho su llamada
y estremeciéndome busco el fuego del hogar.
¡Oh, habla de alegrías! ¡Oh, levanta la canción!
¡No escuchéis a los demonios
que se aglomeran a su alrededor!
Habla de habitaciones con cortinas y de fogatas,
pide a la fantasía que trabaje su hechizo
que envuelve en maravilla y deleite,
que hace bailar a los cortesanos en las glorietas de verano
a través de la larga y tempestuosa noche de diciembre;
y la víspera de julio su rico resplandor derrama
sobre la corona de canas que ciega su cabeza;
o caballeros empeñados en extrañas aventuras,
o damas enviadas a la servidumbre;
cualquier alegría puede sustituir a los problemas reales.
Entonces deja que la tormenta de invierno cante,
y su triste velo arroje al Demonio de las Nieves,
aunque los lamentos estén en el viento,
no alcanzan la mente en trance;
¡ni la forma turbia, ni el sonido lúgubre
pueden traspasar el límite alto y encantado!