tristeza
Silenciosa tristeza embarga mi pecho, como la música de guitarra de Bach, penetra mi alma caída y mi débil corazón, con melodías que de siempre conozco. Paralizado, al fin, puedo pensar claro, sin nada que turbe mi cabeza cansada, como cuando Vincent pintaba sus retratos, de fuerte materia al filo del abismo. ¿Cuándo llegará ese nada quiero? Antes que la absurda y necesaria muerte, que cubre con su manto de templada nieve, los fervores y miserias de la gratuita vida. Ahí está, el gran Juan Sebastián Bach, sosteniendo el fino hilo de la existencia, y el bueno de Vincent van Gogh, trabajando por su inmortalidad segura. Ahí están, juntos, lo sublime y lo rocoso, pugnando por conquistar el tiempo, intenso uno, extenso el otro, como un gran cisne gris y un halcón rojo.