romance del diablo
Qué tiente al diablo el son de las tintas empapadas, juego de sangre y sudor que hacia la tierra resbala. Llegue el son hasta mis ojos con cadencia de hora extraña, brille su luz ante mi como ecos de metralla. Juegue el diablo las cartas desde su excelsa atalaya, enviándonos sus dones de ser, verdad y otras máscaras, vengan las cartas marcadas con el corte de una llaga, y con el puño cerrado apretadlas y asfixiadlas. En el cielo del Olimpo el diablo echó las cartas, y de impúdica inocencia murieron al fin las Parcas, del mundo el Bien se apodera con la fuerza de un titán, y las burlas del diablo hacen a Zeus tiritar. El tiempo se ha detenido, para poder contemplar, la caída de su hijo desde su exilio estelar. Cronos ríe sin malicia, en su trono, con clemencia, ve el pasado y el futuro, tiene infinita paciencia... Marca el diablo su canon con las pautas de una ciencia, aprovecha de lo eterno su sin par benevolencia: "De los cielos refulgentes y la noche oscura y plena, que brote vuestro Universo como un canto de sirena, que nazca cada metáfora de las brillantes estrellas, como espuma de las olas que bordan al mar su esencia, y que el mar devuelva el agua, como dones a la Tierra, un pasado y un futuro que sus tristezas envuelvan." En su silla de madera Eros espera embriagado, que lo perpetuo renazca de los misterios del hado, pasar a la acción no puede, clásico y bello, marcado con las ansias del afecto y lo apolíneo exaltado. De una voluntad profunda el gran muchacho ha tomado poemas de verde lira y coros aun no cantados, satisface los anhelos que el diablo ha censurado, al vengarse, sin pudores, de los efluvios de Erato. De tal misterio creador, buscó el diablo el hechizo, que torció el canto en plegaria y bendijo lo prohibido, del mar, el fuego y la tierra, todo aquello que nos hizo, como una bella mujer con el corazón herido. Melpómene ha despertado con los constantes chillidos que Eros remite al hombre desde un lugar sin sentido, y entretanto se deshace el alma del ser impío, de pronto se encuentra el hombre abrigado en el olvido. La magia al fin da sus frutos, y el diablo se lamenta de terminar su trabajo sin oír cantos de fiesta, pues el hombre ya ha olvidado su condición en la Tierra, y si alguna vez recuerda, se viste para la guerra. Transmutación de las almas, difuntos en la vereda, extintos en tono rojo machacados en la piedra, el legado del diablo, escrito en enmienda negra, conduce a una poesía carcomida por la brea. Ícaros de alas de bronce surcan el cielo en la noche, para escapar del olvido, y que su vuelo prologue fantasías o secretos, nuevas verdades que roben protagonismo al diablo, vivo de muertos de adobe. Para el Ícaro el diablo ha de encontrar el azote que ponga peso a sus alas y su deseo malogre; una memoria al futuro, una voluntad innoble, las cargas de la ironía o dialécticas sin nombre. De la tragedia de un dios, el diablo deja marca en el corazón del hombre que de vivir no se espanta, y en los cielos sulfurosos animados por la calma se expresa el rostro del hombre feliz de cielo y desgana, de fe que el diablo vuelve, con el suspiro que exhala, exigiendo de su arbitrio fragor para la batalla que se plantea en la tierra, espejo del mal que clama por su derecho de sangre, solución que el aire inflama. El trono huérfano al tiempo que el diablo ha propagado, de oropeles y guirnaldas y colores bien pintados, se tiene por bienhechor de los ánimos colmados, que buscan en el futuro suertes de cambio, irritados. Una invocación perenne es lo que busca el diablo, de suerte que en sus entrañas sobrevive un llanto amargo, de la conciencia, y el acto de convertir al amado en ser humano y seguido, en señor de lo creado. La conciencia de los hombres de colores viste el diablo, al fijar en el futuro un afán y cien vocablos, a manera de un espejo que reflejara un retablo de pasiones encontradas convertidas en harapos. Las pasiones exhumadas en un templo sacrosanto combaten con mil razones de poderes y, entretanto, aquel diablillo orgulloso escapa a su desengaño: ¿alguien querría encontrar en su acción tanto quebranto? Como un dios transfigurado, grotesco como el Equidna, de entrañas enrevesadas y aspecto que al hombre anima, el diablo tienta a los muertos con su eternidad, que arrima, el don mortal de los hombres a la infinitud divina. De la yerma tierra el hombre resucita como enigma, más la realidad no aclara sino una suerte de alquimia: signos al cielo elevados, brotes de obediencia en liza y virtudes inventadas al son de voces de cripta. El mayor bien de los hombres; la más alta perspectiva que baña el coro del mundo con sus goces e inventivas, y del mundo hace el hogar de su fuerza sensitiva, es materia que al diablo le causa profunda herida. Sintiendo el poder que exhala la pureza de la vida, mezclada con la conciencia, se plantea la diatriba de la muerte de las almas, invocando desmedidas esperanzas, y delirios, de fortuna prometida.