villa de unión
I
Lápida
El sol difuso de la tarde, sobre
las losas y las yerbas y las cruces.
Tiembla de alivio el camposanto pobre,
tiembla entre las tibiezas y las luces
y, envuelto en una lágrima salobre,
a tu imperio, Memoria, lo reduces,
de suerte que ya duda la conciencia
si es un recuerdo, si es una presencia.
El humilde obelisco se levanta
no mayor que la gloria. Una corona.
Un pájaro que llora más que canta.
El suelo vegetal se desmorona
para guardar la huella de una planta;
y alguna enredadera retozona
la piedra abraza —viéndola dormida—,
terca y gozosa, en fin, como la vida.
En el tímido vaho que, al relente,
el seno mismo de la tarde exhala,
se deja adivinar la heroica gente
segada por el filo y por la bala.
Al oírse nombrar gritan: “¡Presente!”
Llevan fusiles a la funerala,
y ceñidos del pálido laurel
aguardan a su rubio Coronel.
—Enrique Marín,
Capitán del 5° Batallón.
—¡Presente!
—Antonio Patrón,
Teniente del 6° Regimiento.
—¡Presente!
—Juan Hernández,
Alférez del 6° Regimiento.
—¡Presente!
—Veintisiete fantasmas de valientes
de a caballo y de a pie.
—¡Todos presentes!
Cierra la noche el cerco. En escuadrones,
a su relevo acude lentamente
la tropa fiel de las constelaciones.
Y para que otra vez arda la mente
entre presencias y alucinaciones,
atraviesan el cielo transparente
reflejos de centellas azuladas,
alas de aceros, vago son de espadas.
¡Oh, rubio Coronel, tu guardia espera!
Tú que allí conjuraste la derrota,
atajando la muerte de manera
que la doblabas con la mano rota,
descansa ya. La sangre persevera
y en otras fuentes se levanta y brota.
¡Oh, duerme, Fama, y cuelga del sable rudo!
Quiso el tiempo vencerte, y nunca pudo.
II
EL NARRADOR
Era niño en los tiempos de la hazaña
Carlos Tostado, el narrador del caso.
Hoy, recordando como viejo, el paso
de las horas engaña.
Es el consuelo soledoso, cuando
la carrera suspenden los sentidos:
la gente moza no le presta oídos,
pero él sigue contando.
Narrador que en tu propio cuento subes
y que te sirve de pegaso el cuento,
¿quién te quiere escuchar? Tal vez las nubes,
los pájaros, el viento.
¡Fascinación de sangre! Nunca falta
un viejo así, con la mirada fija,
que a solas se divierte y sobresalta,
se asusta y regocija.
Fascinación de sangre tu destino,
donde queda cuajada la memoria:
mientras los otros siguen su camino,
cuéntame a mí tu historia.
III
EL RELATO
De Mazatlán al Presidio
se fue acercando la gente.
Era el Sexto Regimiento,
famoso entre los valientes.
Todos dragones probados,
todos cumplidos jinetes,
todos hijos de leones
que asustaban a la muerte.
Su poeta y coronel
los adiestraba de suerte
que ahuyentaban a las tropas
al grito de: “¡Aquí va Reyes!”,
aquel “León Colorado”,
como lo llamó su hueste.
¡Qué gusto verlos cargar
como carga el viento fuerte!
¡Qué tempestad de mandobles
y qué alaridos alegres!
¡Qué envidia de los varones,
qué orgullo de las mujeres!
¡Si hasta sus mismos caballos,
que racionales parecen,
les ayudan a su modo
con las pesuñas y dientes!
De Mazatlán al Presidio
se fue acercando la gente,
cabalgando entre la noche
por veredas y traveses;
que quieren burlar la astucia
de los enemigos jefes,
y no caer en celadas,
porque también son prudentes.
Por aquellas rancherías
se dio un “¡Alto!” de repente;
se mandó aliviar las bestias,
aflojar cinchas y arneses,
y se previno a los hombres
que afilaran sus machetes,
que así se luchaba entonces
y no con humo y cohetes.
¡Válgame, lo que decían
para entretener la fiebre,
que hasta las malas palabras
son buenas cuando entretienen!
Al tocar el botasilla,
todos confiesan y sienten
que se aguzaron las almas
al tiempo que los machetes.
Antes de la madrugada
cruzan el río en buen orden,
y en tan buen orden lo cruzan
que el primer triunfo conocen;
pues la vanguardia enemiga,
sólo al mirarlos en bloque,
se repliega y se desbanda
en vez de batir el cobre.
¡Lástima que el tiempo mude
y que el cielo se encapote
y que empiecen a caer
unos cuantos goterones!
Porque ésta fue la ocasión
de que al portal se amontonen,
sin dar tiempo a que los pisen
los pencos en sus galopes.
“¿Hay alguien que tenga miedo?”
Pero ninguno responde.
“Sepan que hay en los portales
infantería y cañones.
Ellos con armas de fuego,
aleros, resguardos, torres.
¡Nosotros, con los machetes
y con estos corazones!”
Cien vidas costó la lluvia
a los ardidos dragones,
que entre ráfagas de plomo
tres veces se descomponen,
y tres veces se rehacen
para descargarse sobre
los portales de la plaza
donde los otros se esconden.
Y como siempre hay desgracias
y nunca faltan traidores,
sólo del primer encuentro
escapa un par de cabrones,
gritando que están perdidos
a todos los que los oyen.
A varias leguas del pueblo
un general los acoge,
que por no manchar su raza
es mejor que no lo nombre.
Éste, en vez de socorrerlos
con tropas y municiones,
dándolos por derrotados
vuelve grupas con sus hombres,
mientras los otros atacan
como hijos de leones.
El coronel a caballo
rompe en medio de la plaza
entre infantes y cañones,
y grita: “¡Abajo las armas!”
como si apagara el fuego
con el brazo que levanta.
Y cuando levanta el brazo,
ya el sable se columpiaba
suspendido en la correa,
porque la mano le sangra.
“¡Abajo las armas!”, grita;
tocar parlamento manda,
que intenta recuperar
sus muertos con sus palabras.
El enemigo es artero:
lo recibe otra descarga,
que él parece detener
con la mano atravesada.
Uno de los adversarios
en el portal se destaca:
“¡Alto el fuego! ¡No se tira
sobre un hombre que nos habla!”
Que de lances como éstos
la guerra entonces se honraba.
En los adversarios mismos
una disputa se entabla:
si rendirse o no rendirse,
si dar el pecho o la espalda.
Mide el campo el coronel,
ve que son muchas sus bajas;
los que se arrastran heridos,
con los ojos los levanta.
Siente la ocasión propicia,
a sus oficiales llama,
y entre aquella media tregua
órdenes fingidas lanza:
que se acerquen los del río,
que vengan los de las casas;
y con este simulacro
a los otros amilana.
Aquel hijo de león,
Felipe Neri se llama,
caracolea el caballo,
pica espuelas, se adelanta.
Como ha entendido la treta,
recibe órdenes, se cuadra;
tiende la brida y se aleja
como última esperanza.
“¿Para qué matar valientes
si está perdida la causa?
Se les perdona la vida
con tal que rindan armas.”
(Según movía la mano,
la mano le goteaba.)
“Dejen sus cuatro cañones,
sus fusiles y sus balas.
Todos esos engañados,
que se vuelvan a su casa.”
(Según movía la mano,
la mano le goteaba.)
De arriba de los portales,
sin oír lo que les mandan,
van arrojando los rifles
que se apilan en la plaza;
que así los pudo vencer
el perdón con la amenaza,
y a la vez que los machetes
la presencia y la palabra.
Todos los ojos lo vieron
y lo repite la fama:
cuando dispersó a su gente,
Ramírez Terrón lloraba.
A pocos meses del caso,
le hicieron una celada:
otros, que no los del Sexto,
lo atacaron a mansalva.
Se defendió como bueno,
se metió la última bala.
Cuando buscaron el cuerpo,
le encontraron una carta
dirigida al coronel
que lo derrotó en la plaza:
“Un tiempo fuimos amigos
y compañeros de armas.
Como enemigos leales,
nos compartimos la hazaña.
Dejo pobres a los míos:
te los doy, si los amparas.”
El coronel recogió
la familia que quedaba.
Hoy ya nada los divide,
ya no los divide nada.
Así fue: los dos retratos
adornan la misma sala,
y hoy en el mismo trofeo
se besan las dos espadas.