País Poema - Autores

alfonso reyes

san ildefonso

I
Tal vez no fui dichoso, pues contemplo
con dudosa mirada
las cosas del recuerdo,
las calles familiares,
los patios coloniales,
la luz que ríe desde las ventanas,
el cárdeno destello de la tarde
sobre la cresta de los monumentos,
las caras de unos cuantos amigos intentados,
los libros bajo el brazo,
la pasión y el estudio que llenaban mis horas.
Tal vez no fui dichoso.
Yo era otro, siendo el mismo:
yo era el que quiere irse.
Vuelvo a lo que creía ya olvidado,
y la marchita flor dice a mi oído:
“Yo soy. Tú me dijiste que era tuya.
Yo soy, aunque me veas desmayada.
Crecí en el tiesto donde me sembraste.
Haz de mí lo que quieras.”
Volver es sollozar. No estoy arrepentido
del ancho mundo. No soy yo quien vuelve,
sino mis pies esclavos.
Tal vez no soy feliz si me detengo.
A pesar de los hábitos sencillos,
y del quieto reclamo de los libros,
tal vez tengo que andar, andar.
Sólo hay un término en la muerte.
Y en tanto, adiós.
II
¿Pero fui yo quien tanto amó y sufría,
provocando la envidia que al amor no perdona
y esa obediencia que la pasión impone
a cuantos, desde lejos, la contemplan?
¿El niño delirante, poseído
de un fuerte dios?
¿El que afrontaba, solo, la crueldad y la mofa?
¿El que sólo encontraba algún alivio
en la diaria fatiga de su diario tormento?
¡Y las lecciones y la matemática
y la filosofía natural
no daban la respuesta al Fausto niño,
perdido entre el enjambre de la sangre!
Tengo piedad de mí. Yo me dormía
con las lágrimas secas
en el largo tranvía de regreso,
cruzaba una alameda
palpitante de bultos enlazados,
y soñaba sin ángel de la guarda,
sabiendo que es azote la caricia,
entrado al mundo por la puerta heroica,
combatiendo con armas no armadas todavía.
De entonces guardo para siempre
la hora solitaria,
desengañado antes del engaño.
—No quiero detenerme. Adiós.
III
Cunde una gloria amarilla
de luz en las azoteas,
y abajo hay sangre cuajada
en el vetusto granito
de las fachadas.
Quiebra el aire sus agujas;
nubes que anuncian catástrofe
zurcen y rasgan un cielo
donde hay un azul tan tímido
como un vago anhelo.
Besa un sol horizontal
las cúpulas de colores.
Son mástiles en tormenta
las veletas y las cruces
que se ladean.
Los muros hundidos cargan
unos en otros la espalda:
instante del terremoto,
tarde en que tanto he bogado,
el corazón roto.
¡Que me borren la memoria
o que me lleven a donde
todos los días comienza,
húmeda aún de esperanza,
una vida nueva!
IV
Y aquí vuelvo después de otras pasiones
y otros errores y curiosidades,
para echarme como animal cansado
en el revolcadero de la infancia.
¡Vergüenza de volver y haber vivido,
y este seguir amando todavía,
a pesar de la muerte viva en cada minuto!
—Un pájaro cantó: “La tierna rosa
es inmortal, es inmortal”, gemía.
Fresca piedad de sombra iba cayendo,
grandeza de la noche mexicana
que arropa en vendas las febriles frentes.
Un pájaro cantó: “La madre noche
ha de llevarte a otra región”, decía.
“Sueña como los árboles inmóviles.
Calla en la gritería de las aves.
Sostén los nidos que te fueron dados,
y mide el universo
desde la mano abierta de tus hondas
raíces.”