romance de monterrey
Monterrey de las montañas,
tú que estás a par del río;
fábrica de la frontera,
y tan mi lugar nativo
que no sé cómo no añado
tu nombre en el nombre mío:
pues sufres a descompás
lluvia y sol, calor y frío,
y mojados los inviernos
y resecos los estíos, —
no sé cómo no te amañas
y elevas a Dios un grito,
por los pitos de tus fraguas
y de tu industria en los silbos,
por que te enmiende la plana
y te enderece el sentido,
diga a la naturaleza
que desande lo torcido,
y te dé lluvia en verano
y sequedad con el frío.
Monterrey de las montañas,
tú que estás a par del río
que a veces te hace una sopa
y arrastra puentes consigo,
y te deja de manera
cuando se sale de tino
que hasta la Virgen del Roble
cuelga a secar el vestido;
Monterrey de los incendios
que, tostada en fuego vivo,
las rojas llagas te vendas
cada semana por filo, —
no sé cómo no te amañas
y elevas a Dios un grito,
por los pitos de tus fraguas
y de tu industria en los silbos,
por que hable a los elementos
y te enderece el sentido,
y diga al fuego y al agua
que lleguen a un tiempo mismo,
para que el mal que te buscan
te lo cambien en servicio.
Monterrey, donde esto hicieres,
pues en tu valle he nacido,
desde aquí juro añadirme
tu nombre en el apellido.