los pavos de mi infancia
Luz temblorosa, manto recamado;
fuego azul, fuego añil, fuego dorado.
Fuego dorado, alquimia venenosa;
pintado polen de la mariposa.
Vibrátil salamandra incandescente,
y licor de color y olor caliente.
Fabulosa constelación de ojos,
verdes en sí y en el recuerdo rojos.
Garganta tensa que a estrujarla incita;
pico anhelante, exacto y sibarita,
hendido y fácil para que permita
que sangre el ave, cuando el pecho grita
el grito que oigo renacer en mí.
A mi recuerdo —torre o minarete—
llega el tañir de su tenaz bocina
y miro desgranarse en un cohete
el éxtasis de luz que lo ilumina.
Ave, el ventalle de tus plumas ábreme.
Ave, las púas de tus gritos clávame
y sean dardos que vibrando graben
cifras y letras en mi corazón.
¡Así, al cantar, el corazón me labres,
para que sean joyas mis palabras
y ensarte perlas en el hilo árabe
de mi canción!