insomnios
I
Víctima soy de un verdugo
que, en las pausas de la noche,
ha dado en palpar las zonas
íntimas de mis dolores.
Adelanta el cauteloso
paso sin alzar rumores;
cede la puerta; la estancia
parece que lo conoce.
Yo le opongo el corazón
como el escudo se opone,
y abre por el pensamiento
y las imaginaciones.
Usa de mis propias armas,
me ataca con mis mandobles.
No me concede refugio
ni tregua que me conforte.
¿Por qué no me deja exhausto
y no me consume entonces?
¿Para qué me da esperanzas
que al otro día retoñen?
¿Qué destino me reserva
para tormentos peores,
si a cada cordel que aprieta
falta voz a mis clamores?
¡Si ya no me quejo, si
ya no tengo municiones;
si ya no imploro siquiera
ni piedades ni perdones!
Afilado el sentimiento
en tanta fatiga y roce,
parece que de mí mismo
quiero huir, y no sé adónde.
¡La mano que me sofoca,
máteme cuando me toque,
y no me dé la limosna
de otro día, de otra noche!
II
¿A qué me convidas, sueño,
sueño de los desvelados,
el de los ojos abiertos,
el de los perdidos pasos?
¿El de fatigar el aire
con las batallas que labro,
motín de puertas adentro
y tempestad en el vaso?
Fabricador de embelecos
que barre el día en su manto;
dolor que yo no he nutrido
y sufro como heredado.
Porque parece que viene
desde el fondo del pasado
acarreo de clamores
y patrimonio de llanto.
¿A qué me convidas, sueño,
sueño de los desvelados
que no entiendes de razones
ni ves más allá de un palmo?
¿Que te quiebras de sutil,
que te ahogas en un charco,
que cada paso que das
es porque cedes un paso?
Pues si no te doy confianza
¿cómo me tienes confiado?
Si cada día te niego
¿por qué de noche te aguanto?
Me enredas y me atolondras
en tus compases de mágico,
aunque yo soy el primero
en reír de tus enfados.
Aquí te doy testimonio
del poco caso que hago
de tus torvas amenazas
y de tu ceño enojado.
¡Vuelve Adán con sus fatigas,
pide mi cuerpo prestado,
y me retuerce en la cama
sumiso y atormentado!
¡Viva la primera luz
y viva el canto del gallo!
¡Voy a enjugarme la frente,
sueño de los desvelados!
III
Una ciudad escondida
debajo de mi almohada,
en las pausas de la noche
labra y bulle, sufre y canta.
Si se escurren por los muros
las cien voces de la casa,
no lo sé;
si, en los engaños del eco,
llegan, de lejos, palabras,
no lo sé.
Pero pienso que germinan
en canteras subterráneas
unas surgentes ocultas,
como unos ríos de almas.
Chorrean risas sin boca
y gritos que nadie lanza;
suben estremecimientos
y hasta fugitivas ansias.
En vano alargo los brazos
al vuelo de mis fantasmas:
a la nube de Ixïón,
en vano Ixïón se abraza.
El amor infatigable
me dice: “Yo soy, aguarda”;
pero es un amor más alto
el que me desvela y llama.
Es una onda cordial
que todo lo inunda y cala,
un alivio de la tierra,
una cumplida esperanza.
Una bandera de luces
sobre el mundo se levanta,
una fiesta de los hombres,
una acción que se solaza.
La mano traza en el aire
certezas que al fin alcanza;
laten jubilosas sienes,
cunde una delicia abstracta.
Y la ciudad escondida
debajo de mi almohada
—oh, promesa de los fuertes—
canta y sufre, bulle y labra.