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alfonso reyes

homero en cuernavaca

Este recreo en varias voces —prosaico, burlesco y sentimental—, ocio o entretenimiento al margen de la Ilíada, se dedica a la buena memoria del sabio, inolvidable amigo y probo sacerdote Gabriel Méndez Plancarte, honra y luto de nuestras letras, desaparecido ha poco en plena labor.
Los quince sonetos escritos entre septiembre y noviembre de 1948, y generosamente acogidos por la revista Ábside, aparecen hoy muy retocados. Al corregirlos recientemente (abril y mayo de 1951), se me fueron ocurriendo los otros quince. El orden en que los presento obedece a consideraciones muy largas de explicar y hallo más fácil admitir que es caprichoso.
A.R. México, 17 de mayo de 1951.
Je veux lire en trois jours l’Iliade d’Homère.
Ronsard
I
¡A CUERNAVACA!
1
A Cuernavaca voy, dulce retiro,
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.
A Cuernavaca voy, que sólo aspiro,
a disfrutar sus auras un momento:,
pausa de libertad y esparcimiento,
a la breve distancia de un suspiro.,
Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;,
beata soledad, quietud que aplaca,
o mansa compañía sin hartura.,
Tibieza vegetal donde se hamaca
el ser en filosófica mesura...
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!
2
No sé si con mi ánimo lo inspiro
o si el reposo se me da de intento.
Sea realidad o fingimiento,
¿a qué me lo pregunto, a qué deliro?
Básteme ya saber, dulce retiro
que solazas mis sienes con tu aliento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.
El sosiego y la luz el alma apura
como vino cordial; trina la urraca
y el laurel de los pájaros murmura;
vuela una nube; un astro se destaca,
y el tiempo mismo se suspende y dura...
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!
HOMERO
De cara a los volcanes, hoy prefiero,
pues la ambición y la ignorancia igualo,
deletrear las páginas de Homero,
que me acompaña para mi regalo.
Ensayo, me intimido, persevero,
aquí tropiezo y más allá resbalo:
otro volcán viviente y verdadero,
otro fastigio y otra cumbre escalo.
Pronto el cielo se opaca y estremece,
y el aguacero se desencadena.
Septiembre ruge, la nubada crece,
y cada vez que el horizonte truena,
la soberbia de Aquiles resplandece
y el viento gime con la voz de Helena.
GALOPE DE LA ILÍADA
Tesalia, Pilos, Élide, Sición, Laconia, Creta
—yeguadas conocidas de larga tradición—,
sus ágiles corceles brindaron al poeta
para atronar los llanos de la ventosa Ilión.
Hay brutos de crianza divina o de secreta
generación olímpica, y a los del Pelión
el Céfiro y la Arpía dieron su sangre inquieta
y gozan un instante de habla y de razón.
Entre el cielo y la tierra cruzan los Inmortales,
las bridas sacudiendo de oro y marfil trenzadas.
Dioses, demonios, númenes, humanos y animales;
nubes, olas y piedras y árboles; y espadas,
picas, flechas y carros, arneses y metales
cabalgan un océano de sílabas rizadas.
TREGUA ESPONTÁNEA
¡Insólita quietud en la troyana tierra!
Bajo su toldo, Aquiles olvida sus pasiones;
se oye temblar la lira, se escuchan sus canciones;
y un hálito de paz adormece la guerra.
El tumbo de las olas por el espacio yerra.
Con discos y venablos juegan los mirmidones
en los embarcaderos; y pacen los bridones
loto y palustre apio traídos de la sierra.
Yacen las negras flotas en muda formación.
De una y otra hoguera suben las humaradas,
y lejos se divisan las murallas de Ilión.
Desata sus sandalias ocioso Agamemnón,
y revista Odiseo sus naves embreadas,
únicas que lucían proas de bermellón.
LOS EXÉGETAS
1
No juzguéis que el arguto alejandrino,
partiendo en dos a Homero, como al santo,
fue tan impío ni ha pecado tanto
como peca el moderno desatino.
Que el Janto absorba y beba en su camino
tal afluente, y se revuelva el manto,
¿en qué perturba la unidad del Janto,
en qué lo deja menos cristalino?
Ha muchos siglos maduró la yema,
enfriada la masa temblorosa
hasta cuajar en su virtud extrema.
Duerma el embrión su vida penumbrosa:
no importa el balbuceo, sí el poema;
no la oculta raíz, sino la rosa.
2
De modo que la Ilíada, según Monsieur Mireaux,
es la occisión del amo, que en otro tiempo fue
un rito riguroso, y al cabo se atenuó
en despeñar a un fármakos o darle un puntapié.
¿Acaso, en vez de Aquiles, Patroclo no murió
¡Pues ya están explicados la causa y el porqué!
Y añado por mi cuenta: Tersites padeció
a nombre de la tropa, según claro se ve.
“...Muchacho, no te encumbres, que toda afectación
es mala”, y el sensato la juzga con desdén.
También a Don Quijote le han hecho sinrazón
buscándole mil trazas, y yo puedo también
probar que este soneto nace de la intención
de abatir a un coloso hiriéndolo en la sien.
MATERIALISMO HISTÓRICO
Si al Occidente se buscó el estaño
o bien por Anatolia y el Euxino,
las tribus espaderas del camino
tienen por fuerza que buscarse daño.
¿Hoy el pirata, y el bribón antaño?
¿Helena hoy, si ayer el Vellocino?
¡Ladronerías que, olvidado el tino,
dan en poemas como por engaño!
Cuatro términos hay: Ilión y Esqueria
aduanas son de la explorada vía;
mercado es Tracia y el Egipto es feria.
Mas queda otro sendero todavía
que purga la codicia y la miseria:
la ruta vertical, la poesía.
GENEALOGÍAS TROYANAS
Zeus lo engendró, lo hubo alguna de las Pléyades:
tal es la dignidad de Dárdano el epónimo.
Su vástago, Erictonio, en Dardania fue rey — a — des-
pecho de quien lo toma por su ateniense homónimo.
Su hijo Tros, el padre de Ilo, impuso ley — a — des-
perdigadas comarcas de aquel lugar anónimo;
y de Tros y de Ilo heredó la epopeya — des-
pués los nombres de “iliano” y “troyano” el sinónimo.
Ilo tuvo, entre otros, un nieto ilustre: Príamo,
viejo rey de la Ilíada, decente aunque polígamo.
Crió cincuenta príncipes; mas Paris, mala pécora,
le salió mujeriego y vano y sin escrúpulo...
—Puedo seguir; no sigo: me canso del esdrújulo
y, cerrando los párpados, dejo caer la péñola.
ENTREACTO:
A una Afrodita núbil
Afrodita de oro, renacida
para desazonar los corazones,
diosa precoz que brotas a la vida
entre sospechas y adivinaciones;
que a toda garatusa desmedida
el gesto huraño y la reserva opones,
y niñeando y como distraída
sabes amedrentar a los fisgones:
A quien ya no presume de galano
y empieza a descender al precipicio,
otórgale la prez del veterano
que con razón rehusas al novicio:
déjame que te tome de la mano
mientras con la mirada te acaricio.
II
DE AGAMEMNÓN
¿Quieres decirme, Agamemnón, qué saca
de tanta terquedad el mundo aqueo?
Pues a mí no me cuentes que es la jaca
de Aquiles Pelión tu solo empleo.
Pero es verdad que si, en el toma y daca,
te desquitas más bien con Odiseo
—“hombre de mundo”—, a esta hora yo no leo
las páginas de Homero en Cuernavaca.
Tú te empeñaste en exigir por eso
que, para compensarte de Criseida,
el intocable Aquiles pierda el seso.
Porque al fin lo de menos es Briseida,
con tal que, de un exceso en otro exceso,
la Ilíada se fragüe —¡y aun la Eneida!
MENELAO Y LA SOMBRA
¡Qué torpe Menelao cuando hasta Ilión venía,
mezclando a tantos pueblos en una culpa ajena,
si es cierto que en Egipto lo esperaba su Helena,
si Estesícoro acierta, si Homero desvaría!
Suspéndase el dictamen; importa todavía
esclarecer los cargos antes de la condena:
a veces una historia se traslada de escena,
y la verdad consiente bostezos de ironía.
¿Es una sombra el lauro de tamañas peleas?
¿Helena es sólo un grito, Helena es sólo un eco?
Pues, en torno al presunto simulacro de Eneas,
¿no combaten las huestes, ludibrios de un muñeco?
Y tú, lector, ¿no acudes, por muy sutil que seas,
en pos de una esperanza o de un embeleco?
DICE HERA:
—¡Corre, Atenea, que se va la gente!
¡Que se nos quiere ir la gente aquea!
¡Cosas de Agamemnón! ¡Corre, Atenea,
que se acaba el poema de repente!
¡Cosas de Agamemnón el imprudente,
que se desboca y luego titubea!
¡Mira tú que incitar a la pelea
haciendo lamentar la patria ausente!
Este Segundo Canto sin salida
amenaza dejar solo al teatro.
Homero suda. ¡Ayúdalo, querida,
por las barbas de Zeus que idolatro!
¡Díle a Odiseo que, si no se cuida,
no llegamos al Canto Veinticuatro!
PARIS
Paris gandul: la nube que te arropa,
si la diosa te nos escamotea,
me alegraré que como esponja sea
y que te haya dejado hecho una sopa.
Irrumpes con dos lanzas por la tropa,
creces al acercarte a la pelea,
ya llenas todo el campo... Y no se crea
que llenas de pavor a quien te topa.
Guerrero de opereta y de chiripa,
tu alegórico bulto se disipa
en cuanto te columbra Menelao.
Muchos hay como tú que obran portentos
a la hora del baño y los ungüentos,
y al combatir son aire y humo y vaho.
DE HELENA
—Helena: soy tu ciego enamorado
y a confesarlo sin rubor me atrevo,
pues te descubro en cada rostro nuevo,
a poco que merezca mi cuidado.
Me río yo del pobre porfïado
que investiga si Leda puso un huevo:
yo, para bien o mal, mi sed abrevo
en el presente y nunca en el pasado.
El amor no conoce más victoria
que disfrutar la dicha transitoria,
¡y arda Troya después, no lo deploro!
—Tal presumía un escolar jumento
y, dislocando todo su argumento,
soltó un rebuzno que paró en un lloro.
PARIS-ALEJANDRO
ante Helena
—Helena que hoy te muestras tan esquiva
y que solías serme tan devota:
acepto humildemente la derrota
a trueque de tu mano compasiva...
Quiero que guardes y alimentes viva
la luz de aquella Cránae remota
donde, por gracia de la Chiprïota,
siendo mi reina fuiste mi cautiva...
Recuerda nuestro amor; el ceño deja,
desoye la malicia y la conseja,
y a media voz repite que me amas...
(Y al abrazarla, vislumbró Alejandro
en los ojos de Helena, el Escamandro
rojo de sangre y encendido en llamas.)
LLANTO DE BRISEIDA
Dice Briseida más o menos: —¡Ay
Patroclo que a deshora sucumbiste!
Soy sin ti como ave sin alpiste,
carro sin rienda, mástil sin estay.
En tanta confusión y guirigay,
tú mi refugio y mi sustento fuiste,
y el único en dolerte de la triste
que tiene que vivir de lo que hay.
Mi dueño el otro, tú mi confidente,
comprendías que soy viuda en resaca
y que, para mi bien, más conveniente
que mover tanto ruido y alharaca
es que Aquiles hiciera lo decente,
casándose conmigo en Cuernavaca.
HERA
Iniquidad profunda en que todo reposa,
espíritu del tiempo, reina del torbellino,
sañuda, inexorable, inmensa y procelosa,
menos adicta al Crónida que fïel al destino;
a veces, irritable como engañada esposa
y artera en sus astucias contra el varón divino,
nadie puede implorarla como a cualquiera diosa
que diariamente hallamos a vuelta del camino.
De Hera se nos dice que ríe con los labios,
pero no con los ojos¹, y aseguran los sabios
que la risa es la propia salud del corazón.
¡Quién sabe los secretos de esta deidad vetusta
que vino de las sombras y que tal vez ajusta
nuestras razones frágiles a la eterna razón!
HÉCTOR
Bizarro es Héctor, aunque no gigante,
pero nos embelesa y nos imana,
pues, bajo la altivez de su semblante,
su abnegación es casi cristïana.
No supera en la lid al rudo Ayante,
si lo derrota en pulidez urbana;
no triunfa de Patroclo, que el triunfante
ha sido Apolo, y sin razón se ufana.
En Glauco, en Sarpedón, mejor se aprecia
al capitán, y lo aventaja Aquiles,
sólo cruel por serlo entonces Grecia.
Mas canta, diosa, y a los pueblos díles
que contra Héctor la censura es necia
medida con sus prendas varoniles.
AL ACABAR LA ILÍADA
Desengañado Aquiles, sólo a la muerte aspira.
Su madre acecha, atónita, la hora malhadada
en que habrá de ceder sus restos a la pira;
padre, hijo y esposa son grey abandonada.
No queda quien comparta su duelo ni su ira:
su dulce sierva llora, mas llora al camarada;
Atrida es falso, esquivo Ayante, y mal velada
la sorda emulación que Diomedes transpira.
Último caballero de la virtud antigua,
le deja la venganza una embriaguez ambigua,
y sólo de la tumba espera la piedad.
Ya le acude la gloria con los brazos abiertos,
único amor que templa, como un sol de los muertos,
su frío desamparo, su arisca soledad.
III
UNA METÁFORA
“Las cigarras de voz de lirio”, dice Homero...
Le pesa al preceptista, le duele al traductor.
La audacia del poético y voluntario error
de escolios y de notas ha juntado un rimero.
Algo hay en Apolonio que es del mismo acero,
y algo en el viejo Hesíodo que tiene igual sabor.
No creo que se pueda decir nada mejor,
y juzgue cada uno lo que dicte su fuero.
¿Pues no ha osado un moderno hablarnos del clamor
rojo de los clarines, y no es valedero
si otro habla del negro redoble del tambor?
Transporte sensorial, Vocales de color,
Sinestesia —perdónese el terminajo huero—,
Suprarrealidad, Cantos de Maldoror...
¡Se asusta el avispero!
Mientras zozobra el crítico, digamos con valor:
—¡Bravo por “las cigarras de voz de lirio”, Homero!
TERSITES
(y Alarcón)
Al buen Tersites yo lo conocía...
Como nuestro Alarcón era de feo,
salvo que éste supo dar empleo
a su corcova y su melancolía,
y el otro no, por esa lengua impía
que le ganó el famoso zarandeo:
¡como que hizo Alarcón lo que Odiseo,
en todas las comedias que escribía!
Yo quebranté una vez con mi ganzúa
el pecho de Alarcón. Su voz fluctúa
del AY grosero al refinado EHEU,
y en el dolor se templa y se acentúa.—
Pedro Henríquez Ureña lo insinúa,
Castro Leal también, y Ermilo Abreu.
REFLEXIÓN DE NÉSTOR
Intentaré vestirlo en un soneto,
aunque sospecho que lo deterioro,
y me pregunto para mi coleto
si no resultará como incoloro:
Nuestro Alarcón, el sufridor discreto,
cuya frecuentación es un tesoro
por su trato sencillo y su decoro,
su tono conversable y su respeto,
piensa que “Dios no lo da todo a uno”;
y he aquí que Néstor, elocuente anciano
—gárrulo, pero nunca inoportuno—,
sus años llora y sus vicisitudes,
y exclama, casi como el mexicano:
“Los dioses no dan juntas las virtudes.”²
INSTANTE DE GLAUCO Y DIOMEDES
Una palabra, un claro pensamiento
detuvo el mal, “como la miel del higo
cuaja la leche”³, y arrastró consigo
la odiosa fiebre y el fragor sediento:
una palabra a cuyo encantamiento
se reconoce amigo al enemigo.
Y era el cielo de Tróade testigo,
y la palabra se llevaba el viento.
Sombra somos delgada y desvaída;
muy antes que Manrique lo dijera,
lo dijo Glauco y lo escuchó el Tidida:
Que somos la verdura de la era,
marchitas hojas que la fronda olvida
a cada turno de la primavera.⁴
FILOSOFÍA DE HELENA
Cuando me orillo a contemplar la fuente
que salta entre parleros borbollones,
no entiendo al mago que gritó: ¡“Detente”!,
ni al loco que le dicta condiciones.
¿Si será que se vive solamente
para ver alejarse las pasiones,
y acaso la memoria diligente
es la más justa de las mediciones?
Corre la sangre su fangosa vena,
y sólo en el recuerdo se depura
y decanta su linfa y la serena.
Y el luto y el afán y la amargura
apenas sirven, como siente Helena,
“para ilustrar la fábula futura”.
LA VERDAD DE AQUILES
Si me preguntas lo que yo más quiero,
te diré que se muda con el día
y que lo va llevando el minutero
y el curso de las horas lo desvía.
No es inconstancia, no: la suma espero,
el desenvolvimiento y la armonía
que prestan intención al derrotero
en una espiritual geometría.
Mas si preguntas lo que yo aborrezco,
en una sola frase te lo ofrezco
que recogí en los labios del Pelida:
“pensar y hablar dos cosas diferentes”,
miedo del mundo, engaño de las gentes,
menoscabo del arte y de la vida.
CASANDRA
En torno a las imágenes de Homero
siempre se conformó mi fantasía.
Era yo niño aún, era el primero
de mis arrojos en la poesía;
cuando, borrada y diáfana, al postrero
latido que la tarde difundía,
Casandra vino a mí. Blanco y severo y
rozagante manto la envolvía.
Miróme sin hablar; pero en sus ojos
de fatal inquietud, yo adivinaba
piedad y espanto. Yo caí de hinojos,
yo no sé más. Sentí que me besaba.
Cantó el viento —y sonaron los manojos
de flechas agitándose en su aljaba.
DE MI PADRE
De Alejandro y de César y de otros capitanes
ilustres por las armas y, a veces, la prudencia,
yo encontraba en mi padre como una vaga herencia,
aliento desprendido de aquellos huracanes.
Un tiempo al Mío Cid consagré mis afanes
para volcar en prosa sus versos y su esencia:
la sombra de mi padre, rondadora presencia,
era Rodrigo en bulto, palabras y ademanes.
Navegando la Ilíada, hoy otra vez lo veo:
de cóleras y audacias —Aquiles y Odiseo—
imperativamente su forma se apodera.
Por él viví muy cerca del ruido del combate,
y, al evocar hazañas, es fuerza que retrate
mi mente las imágenes de su virtud guerrera.
DE MI PARÁFRASIS
1
No está en las letras cuanto yo adivino
del duelo del troyano y del aqueo,
ni sólo en el poema peregrino,
ni en lo que cautamente escribo y leo.
A sobresaltos de la sangre, atino
con el oculto parangón, y husmeo,
no las palabras disecadas, sino
el tufo de la guerra y del saqueo.
Por gracia o maldición —otro lo acierte—,
un patrimonio traigo en la memoria
de valentía y de dolor y muerte.
Gritos y llantos, pánico y victoria,
todo lo tuve junto a mí, de suerte
que todo es sentimiento más que historia.
2
Oí clamar a Andrómaca privada del esposo,
oí la imploración de Hécuba en la torre,
y he visto al viejo Príamo, nocturno y tembloroso,
que cruza el campamento y al hijo muerto acorre.
Llorar ajenas lágrimas fuera un afán ocioso
si abunda el propio llanto que tal engaño ahorre,
y el relato hago mío sin miedo a lo que oso
para que viva en mí y nunca se me borre.
A siglos de distancia la sangre es siempre una,
e igual es la congoja e igual es el contento.
Oh tierra que me diste la norma con la cuna:
A tu regazo —prenda de mi consentimiento—
de mis pacientes números confío la fortuna,
pues hallo que recogen tus quejas y tu acento.
Lingua, sile; non est ultra narrabile quidquam.
Ov. Ep., 2, 61.