hamadríada
El pájaro burlón de árbol en árbol
va persiguiendo las caballerías.
Ídolo vegetal, de bosque en bosque
ha muchos siglos, tú, que me seguías;
refrán de soledad, voz al oído,
premio de los trabajos y los días,
último peso en la conciencia de las
religiones y las mitologías.
Alma del roble, ninfa, novia trunca,
tal vez mortal como la misma tierra,
al hacha y al invierno condenada,
vapor de savia que el capullo encierra,
vengadora de Eurídice que agota
la miel de los panales, cuando en guerra
con el afán lascivo de Aristeo
la tumba misma de su tronco cierra.
¿Te acuerdas, ninfa, en las Metamorfosis,
cómo tejida en el ramaje creces,
hojosa de cabellos y de musgo,
y luego, por diciembre, palideces,
y desvaída al pie de tu soporte,
abrazada a tu cruz, al fin pereces?
Y otras veces te vas de copa en copa,
en el intento de salvarte a veces.
¿Te acuerdas, novia? En la materna Sierra,
de fiebre te encendías y de infancia.
Fantasma fiel, viajabas en el polen:
el Pardo de Madrid, San Claudio en Francia,
el Tigre, ilustre por Rubén Darío,
todo el Brasil rendido en su abundancia,
y el solemne Chapultepec vetusto
son el refugio para tu constancia.
Ninfa, novia, consuelo sin palabras;
aparición allá de los sentidos;
haces las voces de la selva tuyas,
o viertes blanda cera en los oídos
para que brote la canción del sueño
que danzas tú, nodriza de los nidos,
líquida como sangre, pies de lama
y de humedad y de verdor vestidos.
Te busco, te persigo, te reclamo;
hundo mi frente por tus manos frías;
grabo mis letras en tu flanco para
que cundan del vigor que les envías.
Contigo moriré, contigo aliento,
premio de los trabajos y los días,
último peso en la conciencia de las
religiones y las mitologías.