elegía de mayo
I
Llueve, dulce Mayo, tibio consuelo derrama:
la tierra y el alma apuran con sed tus halagos.
El sol transflora apenas, y olvida la pálida nube
briznas y plumas por la fimbria de rotos flancos.
Resuella el campo húmedo, y traen las auras erráticas
los acres aromas que dio el renoval azotado.
Nave perdida, el lucero enciende su rosa de oro;
la luz exangüe con esfuerzo recoge su manto.
Penumbra y fatiga aquietan la rueda de ciegos afanes,
persuaden la mente como paz de oculto abrigaño,
y a prestar oído convidan, en esta irreal suspensión,
al eco íntimo que acobarda el rumor humano.
Aquí los ojos alzo, y a sólo beber su murmullo,
ofrezco la frente, grave de anhelos y años.
Allégate más a mí, huésped que tanto callas:
óyeme atenta, sombra que llevo al lado.
II
Duerme, devota lámpara, obrera de largo desvelo:
la augusta noche quiere ser escuchada.
Duerme, lámpara dócil: a la sola negrura confío
las formas ociosas que engendra en silencio el
[alma.
Todo ahogo respira, y toda esperanza aventura
vuelos furtivos, ensayando invisibles alas.
Penas y gozos ya inútiles golpean las puertas del
[pecho:
el pecho, de suyo, humea su voz sin palabras.
Tal rezuma el cántaro que el fresco relente acaricia,
y suda sus mieles la henchida colmena olvidada;
así llora rocío, confesando el rubor de su sueño,
la flor matutina al soplo insinuante oreada;
y el fuego extinto deja cundir el olor de resina,
último aliento que la leña vencida exhala.
Allégate más a mí, testigo de labios sellados.
Óyeme atenta, sombra que tanto callas.
III
Frente ceñida de intentos, ¿qué nueva guirnalda
[esperas?
¿Cuál victoria, mano que rige fantasmas?
Nada mejor que arder en la viva lumbre del mundo:
sólo es piedad la ceniza que fue llamarada.
¡Ay del que nunca supo soltar los nudos tenaces,
sin duelo entregándose al vaivén turbador de las
[aguas!
¡Ay del que nace preso y consume su efímera ruta
negado al peligro y al imán de la Isla Encantada!
Si fue juventud el vórtice, y valiente prueba el
[naufragio,
virtud la conquista que la orilla serena alcanza.
¡Loada sea la vida, razón disfrazada de engaños!
Sólo ella la justa sentencia declara.
Desnuda, oh noche, desnuda la verdad arropada en
[colores,
devuelve a su igual transparencia el mundo y la
[nada;
e incuba tú, vestal, tus espíritus de hembra dormida:
duerme vestal, duerme devota lámpara.
IV
Hoy Artuñuela dichosa recobró el recental de mis
[crías:
sesenta vellones junta desde hoy mi ganado.
Yo, con paciente marcha, al funesto portal encamino,
pastor de sueños, el tropel balador de mi hato.
Cuelgo al larario, en prenda, la hoz que educó mis
[macollas,
y —pese a la breña— la espiga frutal del trabajo.
No dude nunca el hombre del suelo que huella su
[planta,
no tiemble nunca el puño en el asa del jarro.
Llanto ni encono perturben al que va de jornada
[rendida;
despecho ni angustia, si los siglos comienzan su
[canto.
Alta esperanza germina, yedra en el muro ruinoso,
y el seno del tiempo guarda su tesoro inexhausto,
mientras, con paso seguro, al funesto portal encamino,
pastor de sueños, el tropel balador de mi hato.
(Llueve, dulce Mayo, tibio consuelo derrama:
la tierra y el alma esperan con sed tus halagos.)