País Poema - Autores

alfonso reyes

cena primera de la familia dispersa

Ya llegan los hermanos de todos los caminos,
mojados de la lluvia, quemados del simún...
¡Ya llegan! y en sus labios hay unos vagos trinos
que brotan al recuerdo de la infancia común.
Bienvenida la ansiada tropa de los hermanos
que vuelven como pájaros a la nueva estación:
alce el augusto padre las bienhacientes manos
y sobre los hermanos eche la bendición.
Para nosotros no se edificó la casa
que hospitalariamente nos brinda su calor:
bajo los techos flota cual una leve gasa
el vaho de la vida de su antiguo señor.
¿Qué importa, si hoy partimos juntos los panes puros
a la hora ritual de la distribución?
Yo, contra el maleficio de los ajenos muros,
el cofre de esmeraldas vierto de mi canción.
Al amor de la lumbre reposan la fatiga.
¡Oh, qué gritar de párvulos del gusto de llegar!
Cuenta las aventuras la misma voz amiga,
unas sobre la tierra, otras sobre la mar.
Desde el jardín, los gritos salvajes de las ocas
alzan su algarabía sordos y a descompás.
¡Ay, mas súbitamente callan todas las bocas,
que trae cada hermano una dolencia más!
—Yo —dice la amarilla madre con un gemido—
las maternales fuerzas dejé en la enfermedad;
y oigo como un lamento muy vago, muy perdido,
el llanto de los hijos muertos en la heredad.
“Mis brazos hacendosos metidos en la masa
de la labor doméstica, ¡oh, quién los viera ayer!
Déme, para el aseo de la modesta casa,
el hombre su recato, su escoba la mujer.”
—Y yo —dice un hermano— por la tierra fangosa
paso amando el decoro limpio de la salud.
¡Oh, poseyera yo la palabra preciosa
que da perfecta vida y eterna juventud!
“Y no que, cuando canto al son de mi salterio,
intruso llanto empaña la honda sonoridad,
e inciertas llamaradas de horror y de misterio
laten bajo la cumbre de mi serenidad.”
—Y yo —dice otro hermano de rostro pensativo
y cívicos furores y cóleras de mar—
debátome en la fiebre, y ya ni sé si vivo,
tirando de la hora que está para llegar.
“Al grito de la vida las cien salidas cierro
bajo la tiranía de una sola pasión;
cien deberes me ciñen con cien mallas de hierro,
y bajo tanto peso se ahoga el corazón.”
—Callad —dice una hermana— tanto gemir prolijo:
la silenciosa entraña soy del mundo, callad.
Yo en la inquietud sagrada de vigilar al hijo
sueño, y en el misterio de la fecundidad.
(Desde el jardín, los gritos salvajes de las ocas
alzan su algarabía sordos y a descompás.
¡Ay, mas súbitamente callan todas las bocas,
que trae cada hermano una dolencia más!)
—Y yo —grita una hermana, como rompiendo el nudo
del medroso silencio con daga de cristal—,
yo, en la memoria, el mármol del catafalco mudo
confundo con la pila sagrada bautismal.
“Flores regué con lágrimas sobre el sellado foso.
Mi niña al son del llanto se sabe adormilar.
Tú, Reina de los Cielos, vigílame al esposo,
en tanto que tu mano me viene a libertar.”
—Y yo —dice otra hermana— di la esperanza al fuego
y el sueño de un hogar clavé sobre la cruz,
y fuime como Antígona en pos del padre ciego,
en tanto que sus ojos recobraban la luz.
—¿Y quién más inseguro —dice el adolescente—
que el que lleva la planta virgen de caminar?
Los signos de la vida mostráis sobre la frente,
y al fin fue espina vuestra la que os pudo sangrar.
“¡Oh, diéranme sentir la voz de mi destino,
palpara yo el obstáculo para mi voluntad!
¡Supiera ya beber del gozo como vino,
o el llanto, amarga hiel de la virilidad!”
“¿Cuándo será que el ansia alce en mí sus banderas
y salga a la cruzada de la fatalidad?
¡Oyera yo sonar las fraguas altaneras
forjando los metales para mi voluntad!”
Pero la voz lejana, la del hermano ausente,
la del eterno hermano que no pudo venir,
—Hermanos, mis hermanos —grita lejanamente—:
vuestro festín de lágrimas yo quiero compartir.
“Recordad al hermano que se salió a la guerra
del mundo, y que os recuerda sólo para llorar.
¡Ay, y que halló cizaña sembrada por su tierra,
y muerta entre cenizas la lumbre del hogar!”
Y el anciano severo, rojo y encanecido,
dice con el acento bíblico de Moisés:
—Siento que, como un Atlas, un mundo he sostenido,
mirando las legiones de siglos a mis pies.
“¡Vivid! Que de la vida nace el fulgor del cielo,
y sube de la tierra una celeste luz.
Hijos: que mi virtud sea vuestro consuelo:
¡creced de mis dos brazos bajo la abierta cruz!”
“Ejemplo de varones os dejo con mi ejemplo.
Besad mis manos, hechas a gobernar la grey.
La muerte ha de encontrarme, sobre el frontón del
[templo,
grabando las mayúsculas doradas de la Ley.”
Callan. Yo espero, mudo, que respondiendo al alma,
por entre mis angustias salga mi propio grito.
Pero reina en las cosas una celeste calma,
y olvido mis dolores al tiempo que medito.
Callan. Sobre la hora solemne de la cena,
el tiempo es una vaga presencia que resuena
y el instante separa el infinito en dos...
Afuera, de temblores y de misterios llena,
la noche llora estrellas sobre la paz de Dios.