NO duermo, Irene,
porque pienso que hace mucho que no pienso
en ti.
Supongo que seguirás como la última vez,
con el pelo cada vez más largo
y las manos cada vez más bonitas.
Supongo que escribirás ahora mientras yo te escribo,
que volveré a El Corte Inglés a comprar libros en los que nunca aparezco
pero en los que quizá llamaste a alguien con mi nombre.
Casualidad, ya sabes.
Supongo también las cosas que no recuerdo:
un guiño de ojos,
barro en los pantalones,
sangre en los tobillos,
chicos llorando.
Y la imagen,
que invento ahora por primera vez,
de tú de niña subida en un árbol,
con el cuerpo estrecho y arañado por las ramas.
Tienes,
el flequillo demasiado largo
y los brazos demasiado flacos.
Eres tú.
Me llamas,
dices mi nombre,
gritas.
Y yo te contesto:
Sigo aquí.
Soy yo.
Soy como siempre.