EN diciembre de 1995,
cuando Jonathan ya había cumplido los cuatro años y yo aún no había cumplido los tres,
llegaste al mundo en forma de bolita de carne y tenías el pelo
más rubio que tu hermano.
No recuerdo cuándo te conocí,
pero recuerdo que tenías la nariz chata y pequeña como un botón
con dos agujeritos para respirar y pasar el hilo.
Casi siempre llevabas la cara y la ropa llenas de azúcar,
entrabas en la cocina de mi casa y exigías atención.
Cuando hacía frío
jugábamos a las cartas encima del hule y cerca del fuego.
Cuando hacía calor
nos quedábamos bajo el manzano,
las piernas estiradas en las sillas de plástico,
el aire quieto.
Mi madre te acariciaba la cabeza y te llamaba hijo mío.
Si lo pienso ahora,
me parece que no fuiste muy feliz en esa época,
llorabas mucho por muchos motivos diferentes:
encontrar las puertas cerradas
recibir golpes
caer de la bicicleta.
Era fácil acostumbrarse a verte sonreír cubierto de sangre.
¿De verdad son posibles en una misma persona tantos accidentes?
Y aún tengo grabado en mi mente
el sonido impaciente
de tus manos
contra la madera.
La primera vez que me viste conducir un coche dijiste
cómo y qué rápido cambia la vida
creciste tarde
sigues tal vez creciendo todavía