A ti y a mí nos gustaban los insectos.
Agachando la cabeza a ras de tierra,
respirábamos hormigas,
nos rompíamos las uñas de tanto escarbar en la arena del parque.
Pero no nos asustó la sangre
hasta que fuimos mayores.
Las otras niñas decían que parecíamos muchachos,
con nuestras cuatro espaldas desnudas y sucias
y nuestros cabellos cortos.
Qué tontas eran.
Siempre nos creímos mejores que los demás.
Éramos las más listas, las más fuertes,
las que más rápido corrían,
las únicas de la clase que sabían que la Vía Láctea existía.
Y tú, que de aquella ya eras poeta
y dibujante de brujas,
eras mi amiga.