viacrucis
Primera estación: Jesús es condenado a muerte.
En un grito desojado,
presentan al que difama
y calladamente clama,
que lo tengan por esclavo.
Al que es quito de pecado
nuestro pueblo reclama:
¡indecente!, pero ama,
a quien, con él está atado.
A Barrabás nos es vuelto,
¡deshonra, nos has tragado!,
y el martirio nos ha envuelto
y lo recto se ha olvidado;
el dolor se da en lamento,
a Cristo abofeteado.
Segunda estación: Jesús carga la cruz.
En soledad leñosa,
cargado, el mayor profeta;
el madero crudo inquieta,
dando entidad dolorosa
A la raíz de cada cosa
y más por la cruz concreta,
que es da maldad incompleta,
por rostros de tez llorosa.
Él sin ayuda de nadie,
da salvación verdadera;
de su alma muerta, él vera cien,
traídos de una ribera,
del infierno y el lejano edén,
al lugar que cada uno espera.
Tercera estación: Jesús cae por primera vez.
Da la inmunidad nacida,
al ceder su debilidad,
¡humana, libre ceguedad,
niega que se va herida!
¡Paraje, marcha sufrida,
es su alma ante la tempestad!
Ve luces en inmunidad
y ante ellas no ve salida.
Suena carga en adelante,
suavemente va cayendo,
por el grande y el infante,
le son dolores viviendo;
vendiéndose como errante,
que humano sigue siendo.
Cuarta estación: Jesús se encuentra con su madre.
Más duele, es el único mal,
sentir el llanto hermoso,
y oír gemido armonioso,
de un amor que es filial.
De una doncella oriental,
que desata don jocoso,
resucita al horroroso,
de su moribundo final.
Recuperando al criminal,
se lo dan golpeado,
totalmente atormentado,
deshecho como sucio mal.
Mas tu rostro y cara,
le son dadas de alimento.
superación, sangre apara,
como base de cimiento.
María con la aura aclara,
la fase del sufrimiento.
Quinta estación: el cirineo ayuda a Jesús a cargar la cruz.
¡Oh Dios, piadosamente!,
nuestra integridad impura,
le ha dado poca cura,
y da muestra el presente.
El Cirineo es diferente,
lleva la cruz de fisura,
ha tomado su figura,
al hacerlo con voz y mente.
Los soldados dan su actuar,
misericordia tardía;
que le sea arma de llevar,
del desvelo a medio día;
aliento para llevar.
Ser santo se merecía.
Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
Miserablemente vemos
La sed hiriente de Cristo,
por ella, al haberlo visto;
sed de lo que no hacemos.
Con fe y gracia ofrecemos,
nulidad al hombre listo,
a esta mujer la conquistó,
al ver que la fallecemos.
Gritos de amor temeroso;
olas que paran en llantos,
fingir que estaba tal mozo,
limpiado del sudor con mantos;
dado el sudario famoso,
dulcificado de santos,
vistas de ser mártir de acoso.
Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.
No contener la tristeza,
pena inmensa y futura,
y , al recordar su cultura,
nos sorprende la maleza.
Y después de que empieza,
ciñe solo la cintura.
¡Sube, ven buenaventura!,
Respondiendo con pereza.
¡Sublime, precoz derrota!,
no se veía antes del jueves.
Se ve con mantada rota
y veré cuando te eleves;
sediento por velar flota,
fluyendo detrás de nueve.
Octava estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.
Esperanza desde el cielo
por medio de las plebellas,
lluvia insondable de estrellas,
por Cristo al subir del suelo.
Contrarresta cruel descenso,
suyo y de ellas, es probado,
linda estrechez ha esperado,
fijando al pobre sin lienzo.
Con consuelos de una noria,
muchas y miles de maravillas;
incrustada vanagloria,
como sembrar con semillas,
que da faz y victoria
a mujeres curiosillas.
Novena estación: Jesús cae por tercera vez.
Tu corazón eminente
y tu honra santísima;
nos cae la autoestima,
en postración diferente.
Reflejas perfectamente
al eterno de una cima
y clamado por el clima,
de una muerte atrayente.
Encomiendo el suelo denso,
que humilde nos reflejas,
como Dios sutil e inmenso.
Consolando nuestras quejas
como oloroso incienso,
visto por almas perplejas.
Decima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
Crueles hombres sin valores,
en venganza erran y apilan;
amargosos dolores,
desnudado lo fían.
¡Tiranos sin amores!
Calcinado con ejemplos,
humillarlo les urgía;
postrarlo en todos los templos,
al despojarle se reían,
por lanosos contextos
porque apenas aparecía.
Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz.
Dime de donde la fuerza
la consigo si carezco;
males de amarte padezco
porque sin ti hay maleza.
Te conmueves con firmeza,
al encontrar tres al lado;
El misterio firmentado,
es plural y da pureza.
Te veo esperanzado;
narro aunque no lo merezco;
doy mi cuerpo, te lo ofrezco,
y lo tengas a tu lado,
¡Te crucifican, quieren matarte
y alejarme de tu lado!
No tendrás con quien jactarte,
y terminar admirado.
¿Con quién, cómo he de hallarte,
tomando de tu costado?
Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.
La única misión termina
con destrozo y respeto;
sordo, confundido y quieto,
nos contempla y nos fulmina.
Pero su voz no culmina
con callar suave soneto,
aceptándolo de real reto,
¿Qué realce o que ilumina?
La saga se estremece.
¡Saber que todo se ha ido!
Su cara ya se mece,
en lo narrado y olvido.
Sabemos que no merece,
la crueldad hecha al caído.
Décima tercera estación: Jesús es bajado de la cruz.
Nuestro Jesús es bajado
por el pudor, la vergüenza,
de judíos que, con su fuerza,
a José es permiso dado.
María te ha clamado,
ha clamado tu proeza,
pero de otros le es rareza,
no erguir viéndole morado.
Sangrando el bello vestido,
nos es nuevo, gran cruzado,
es de que ya se ha ido,
no responde a nuestro lado,
¡Qué el dolor sea medido,
Quién iguala con lo narrado!
Decima cuarta estación: Jesús es sepultado.
No contemos la importancia,
de dar la paz decisiva
a lo mortal e invasiva
que nos tiene en vigilancia.
Los gemidos dan constancia,
los tornaba cuando se iba,
de la vista compasiva;
aléjesenos con distancia.
Muchos años laboriosos,
forma el cuerpo deslumbrante
que, entre unos lienzos jocosos,
enganchan al importante;
fineza y alcance sedoso,
regeneraron lo infante.