los evangelios del poema: poema a san juan el que vive el evangelio más amado
Vi en Patmos, era un hombre caído,
de impresiones y asombro tenebroso;
al ver al Apóstol amoroso,
le rescaté al retenerse herido.
Hecho, el cual, llega y me desconcierta.
¿No eres tú el amado del maestro?
¿Por qué Él te hace bello secuestro,
dando el cielo en pureza abierta?
Yo llegué, entré en si, por improviso,
Moví su hombro, impresión funesta.
¡Recuerdo, huye!, y se hace omiso;
mi pronta angustia se manifiesta.
¡Oh joven, de apóstoles vestido!
No eres mártir alegre o famoso,
¿Cuándo a la muerte fuiste venturoso,
o fue Dios quien te tuvo en el olvido?
Tomé tu mano clamé a los cielos,
al nunca verse singular trama;
era ardor ajeno hecho llama,
apartando al cuerpo en toscos hielos.
Con tus brazos mi carga es ligera;
si me muestras su pecho desmayo,
sólo desnudo a tu ser acallo,
cambiando invierno por primavera.
La narración sabia la refuto;
inspiración sabia a mi izquierda,
dado que un docto al oír acuerda
que con siete voces Dios dio fruto.
Que al ver a Jesús no es ciertamente,
prueba que el Verbo está siempre vivo.
¿Se necesita un ente pasivo?
Si no que mire alerta y diferente.
Que me sane si al verlo me enferma,
o me dé paz con sabios sermones,
aun si a estos los devoran leones,
me serán fruto, cual si fuera esperma.