País Poema - Autores

abraham carrillo colín

a una musa le narro mi vivencia eucarística

En este día reverenda Sor Juana,
quiero narrarte lo que vivo a diario,
con la pluma y la memoria en la mañana;
te diré mi vivencia del Seminario.
Al alba, como lo hace el jornalero,
como ovejas del rebaño juntos vamos.
La tarea, el sueño y agobio lo dejo;
porque en esta hora somos de Dios amos.
Pero a tiempo te diré el significado,
no te turbes porque mi narración duerme;
todo empieza cuando el ruido ha acabado,
en la asamblea que narro y tú al creerme.
En unos ángeles los hombres se transforman,
al dar bien canto de entrada la venida.
¡Oh signos de ornado incienso y luz informan!
La llegada de una persona es recibida.
Persona hecha víctima y victimario,
y altar, al mismo instante en que se besa,
encima del monte Gólgota y calvario,
y la imagen de un desnudo en la cruz gruesa.
Al unísono se entona en santiguare,
dando paz, pero arrepintiendo las faltas,
buscar en conciencia y en alto confesarse,
ya fuesen estas chicas, medianas o altas.
Sintonía se oye al estar polos juntos,
les a piedad por uno y el gloria vecino,
frase pascalina al coincidir dos puntos,
porque es sacrificio humano y divino.
Ahora la ambón están muchos atentos,
el antiguo y el nuevo son leídos,
intercalando estribillos contentos,
son solemnemente a todos ofrecidos.
¡Qué gozo hacer presencia en este lenguaje!
¡Es diálogo, conversación imitante!,
porque hay cariño, alegría y coraje.
nupcia celeste ante el esposo y el amante.
Amena explicación es requerida,
la homilía es el sabor del oído;
el pastor ha buscado ovejas perdidas,
para alientar, con consolar, si han caído.
Silencio glorioso, necesario, ameno,
para escuchar el corazón palpitante,
porque si el entender calla , es que está lleno,
pero el sentir combate aún trigarante.
Ofrecer, dice la asamblea, algo digno,
sólo quien nos reúne, a él lo ofrecemos,
porque es Isaac, es cordero, es el signo,
y en sonado tono, pide que lo demos.
Entre el pan y el vino, él no se pierde,
ni los accidentes, ni en sí la substancia,
porque la plegaria, no madura, es verde.
Al reconocerlo Santo, ¿hay distancia?
Ya no hay tiempo, ni espacio, ni distancia,
en la tierra, el cielo se hizo presente,
porque ahora se reverencia a otra substancia,
sin que sienta o vea en ella algo diferente.
Ahora quien nos da testimonio es la fe,
las palabras: tomad y bebed, son dos hoces,
y ante la incertidumbre se oye solo: porqué,
¿porqué la Deidad obedece a estas voces?
Es el mi esclavo, yo soy su señorío,
soy el feudal, soy inquisidor, y él mi siervo;
pero en las elevaciones me desvío,
porque vuelve al trono, como al bosque el ciervo.
¿Pero quién es Él y quien me sigue y pone,
las interrogantes, cuestiones y la duda?
¿Quién con sublimesa a su Padre compone
la misión, orden y fin que al hombre ayuda?
Me conmueve, aun más, narrar lo siguiente,
y con lágrimas te cuento lo vivido,
el maná que bajó del cielo y a la gente,
es banquete celeste, amor que no mido.
El Amén es la puerta que lo introduce,
al caducado cuerpo, el convite eterno.
¡La procesión real, lo intimo reluce,
es honor que Dios mismo me viene tierno!
Mi lengua está ensangrentada de pecado,
Él la limpia con su sangre derramada.
Vuelve imagen de la lanza en su costado;
soy Juan a quien María le ha sido dada.
¡Caridad bendita, eterna e inigualable!
¿Qué sentir detiene y sigue existiendo?,
si como parusía se ofrece alcanzable,
en todo lugar donde se esté ofreciendo.
¿Qué he de hacer para que el ser no pare?,
si en concordia, de día en la jornada,
si de mí todo, aunque este sonare,
la distracción donde viene todo o nada.
El fruto es bien recibido, vivo, alerta,
y mañana seguir nuevamente invitado;
pero ahora algo importante desconcierta:
¿Por qué a mí y a la asamblea se ha dado?
Es la misma multiplicación de siete,
de cinco panes, de vino y los peces.
No creer es ser de un fariseo cadete.
¿Quiénes somos? ¿Tiranos o malos jueces?
Creo firmemente que por amor estás,
al comienzo, en la cumbre y terminado éste;
en el presente y en tu venido reino vas
y como sacerdote dices que apueste.
Pero ser solo tuyo, tu sacerdote,
que no te acaricie, o después, mande impío;
sean tus manos y el obispo frote
y colme de felicidad a mí vacío.