juan y elena
Con el deseo profundo
en lugar de un drama triste
yo engarzare chiste al chiste
para hacer reír al mundo.
Pero el destino, iracundo
se muestra lleno de horror,
y por supuesto el dolor
hace grillete y cadena
para que siempre una pena,
se interponga en el amor.
Para dar paso a la acción
del drama que contaré,
uno a uno les diré
los intérpretes quienes son.
El primero es don Ramón,
hombre que por fortuna,
si se le antoja la luna,
la luna manda a buscar,
y por lo tanto en su hogar
no hay necesidad ninguna.
La segunda, es Magdalena,
su esposa, por suerte fiel
no es como su esposo cruel
ella es de pureza llena.
Tiene una hija, Elena,
un modelo de bondad,
que bajo la voluntad
de su cruel, padre ha vivido
y así jamás ha tenido
ratos de felicidad.
Cerca de allí hay otra cosa,
la casa de los fonseca,
muy pobres de yaguas secas,
pero ellos de buena raza,
por un costado les pasa,
un arroyo un palmar,
y viven en el hogar
en medio de la pobreza,
la madre de Juan, Teresa
Juan Carlos y el padre Oscar.
La casa de don Ramón,
esta de lujo cubierta
adornándole la puerta
hay de barro un tinajón.
La criada encarnación,
cumple su dura faena
y la dueña Magdalena
la ayuda en todo el trajín,
la casa tiene un jardín
amplio, que cultiva Elena.
Elena es una mujer,
de encantos, dulces, trigueña
que constantemente sueña
la felicidad tener.
Además de poseer
la belleza desbordante
y una fortuna, bastante
de su padre, por supuesto,
dentro de su pecho, un puesto
guarda, para un fiel amante.
Encarnación, la criada
de la hacienda de Ramón,
es de un tierno corazón
y de una dulce mirada.
Veinte años de empleada
lleva en la casa la vieja.
Su pelo es una madeja
de algodón sin estrenar,
y no hay uno en el hogar
que tenga de ella una queja.
Todo empieza cuando un día
don Ramón y Magdalena,
siendo muy pequeña Elena
compraron la vaquería.
La necesidad tenía
la hacienda de algún vaquero
y allá por el lindero
del viejo Ramón Galván
contrata al padre de Juan
un hombre honrado y sincero.
Después el tiempo pasó,
como siempre el tiempo pasa,
el tiempo es una amenaza
más del que pobre nació.
Un día Oscar presentó
en la hacienda de Ramón
a su hijo, un hombretón
fuerte, de arriba hasta abajo,
y Ramón le dio trabajo
en la hacienda, de peón.
Era Juan, hijo mayor
vecino de aquella zona
cada uno una persona
pobre, pero con honor.
Juan era trabajador
fuerte como un huracán
y amo Ramón Galván
amo de la vaquería
a distancia mantenía
de la hacienda, al pobre Juan.
Elena un día al pasar
de paseo, desde luego
se sintió en el pecho un fuego,
que no podía apagar.
Le detuvo el cabalgar
a la bestia, un alazán
y presintió que un volcán
en todo el pecho le ardía
cuando sus ojos se hundía
una mirada de Juan.
Juan al mirar para Elena
se quedo atónito, loco
y luego fue poco a poco
a saludarla, con pena.
Verla en su belleza plena
fue como un triste dolor
y saludó a la flor
que ante los ojos tenía
aunque por dentro sentía
como un fuego abrazador.
Elena también sentía
en el interior un fuego
todo parecía un juego,
pero no, juego no había.
Para los dos aquel día
el fuego fue abrazador
y una mezcla de dolor
hubo en aquellas miradas
que fueron como estocadas
de amor, tan solo amor.
El vaquero mira a Elena
después de darle un saludo
con la garganta hecha un nudo
y adentro sintió una pena.
Se sintió por cada vena
presa la circulación
y sintió que el corazón
casi ya no le latía
el pecho no resistía
aquella fuerte emoción.
Ella le perdió la vista
y se alejo galopando
mientras él siguió mirando
a lo largo de la pista.
Si tuviera otra entrevista
se dijo en silencio Juan
voy a soltar el volcán
de amor que siento por ella
¿por qué una mujer tan bella?
En la hacienda de Galván.
Cuando Elena regresó
a golpe a toda rienda
y en la casa de la hacienda
a encarnación encontró.
En un rincón le contó
del paseo lo ocurrido
y le dijo hoy he tenido
un encuentro con un hombre
grande, fuerte y ni su nombre
encarnación he sabido.
Cuando Elena describió
al hombre de la mirada
encarnación la criada
fácil lo reconoció.
Y le dijo, ya sé yo
de quién tú sueles hablar
aquí, en este lugar
por las señas que me distes
el único así que existe
es Juan, el hijo de Oscar.
Quien es, encarnación
quiero me lo digas todo
quiero saber hasta el modo
en que vive ese peón.
El siempre ha vivido con
la ambición de otro trabajo
pero su padre lo trajo
a trabajar en la hacienda.
Pero yo se que él es prenda
de arriba, nunca de abajo.
Tengo que volver un día
yo quiero volverlo a ver
no sé cómo voy hacer
para ir a la vaquería.
¿Qué pretexto buscaría?
No lo sé encarnación
ya buscaré la ocasión
de volver a dar con él
desde que lo vi soy fiel
me palpita el corazón.
Está bien mi niña Elena
más debe tener cuidado
que su padre le ha dejado
su cuidado a Magdalena.
Ella yo se bien que es buena
pero i su padre un día
la ve por la vaquería
la pudiera regañar
y Juan el hijo de Oscar
muy caro la pagaría.
Está bien encarnación
voy a tratar de cuidarme,
pero tienes que ayudarme
ya tome la decisión.
Mañana voy a su unión
y si mi padre se entera,
yo buscaré la manera,
de engañarlo ya veré
de todos modos, yo sé
que mi padre no es tan fiera.
Y volvió Elena a bajar
con rumbo a la vaquería
pero el encuentro aquel día,
fue casi sin esperar.
Allí con su padre Oscar,
Juan se encontraba charlando
y mientras fue desmontando
de su brioso alazán,
en el corazón de Juan,
mil cosas irán pasando.
Su padre, Oscar se marchaba,
de aquel lugar del encuentro,
pero Oscar sintió por dentro,
algo que no le gustaba.
Era que si se enteraba,
el viejo Ramón Galván
un hombre que es un satán,
y con un rostro salobre
tratándose de algún pobre
¿qué le iba a pasar a Juan?
Al quedar solo los dos,
Elena con la mirada
de mujer enamorada
casi se quedo sin voz.
Sentía como una atroz
sensación de un embeleso
y aquello fue como un rezo,
porque con un ansia loca
Juan le da a Elena en la boca
un apasionado beso.
Y así quedo sellado,
un eterno amor, muy puro
siempre oculto, tras el muro
de un amor crucificado.
Aquel beso había dejado
un sello para el amor,
pero el destino traidor
que siempre vive al acecho
y clava penas al pecho
con puñales de dolor.
El tiempo siguió corriendo
en su rueda de correr,
pero hubo un atardecer,
bajo un palmar tremendo.
Aquella tarde fue horrendo
todo lo que sucedió.
El padre de Elena vio
cuando los dos se besaban,
y estáticos se quedaban
cuando a su lado llego.
El viejo se desmontó
y con la furia de un rayo,
al bajarse del caballo,
esta frase pronunció.
Jamás esperaba yo,
encontrar a mi hija Elena,
con un hombre que da pena.
Que tiene una vida incierta.
Yo prefiero verte muerta.
Que arrastrar esa cadena.
Elena no contesto,
nada podía decir,
pero Juan no quiso oír
y mudo permaneció.
Cuando Ramón terminó
con la insolencia tremenda
después de aquella contienda
con la furia de un satán
se viró y le dijo a Juan
te despido de mi hacienda.
Juan apenado se fue
sintiendo una angustia loca
no abrió tan solo la boca,
para preguntar ¿por qué?
Sintió perdida la fe
y allá, en su pobre hogar,
Teresa y el padre Oscar
le servían de consuelo;
aquello fue más que un duelo,
un duelo sin consolar.
Elena sintió también
una tristeza infinita,
que el corazón le palpita,
pensando en su dulce bien.
No concebía el desdén
de su padre, don Ramón,
sentía en su corazón,
como una llama asesina,
y corrió hasta la cocina
en busca de encarnación.
Encarnación no sabía,
lo que le había ocurrido,
pero algo grande había sido,
cuando tan mal la veía.
Al instante aparecía,
la madre, la madre buena,
la señora Magdalena,
quien al verla sollozando:
dime ¿por qué estas llorando?
¿Dime que té pasa Elena?
Elena se le acercó
a su madre, paso a paso,
y en el medio de un abrazo
dijo lo que sucedió.
Le dijo, papá botó,
a Juan, de la vaquería
y no sé si botaría
también de la hacienda a Oscar
no se detuvo a pensar
que toda la culpa es mía.
Yo se que lo que pasó
no es tú culpa, Elena mía,
yo no lo perdonaría,
si tú padre Oscar votó.
Ya lo presentía yo,
que algo malo iba a pasar,
yo con Ramón he de hablar,
para calmar su locura;
él tiene la mente oscura,
yo se la voy aclarar.
Y cuando Ramón llegó,
llamo a un lado a Magdalena,
y le dijo a mi hija Elena
la fiesta se le acabo,
a ella, la quiero yo
casar con un buen partido,
y no un guajiro engreído
peón de ganadería,
entre su clase y la mía,
una gran distancia a habido.
Ya tome la decisión
de casarla con un hombre
que tenga un alto renombre
y que tenga posición.
No un miserable peón,
que ha vivido de lo incierto.
Que tenga un futuro cierto
que es lo que más conviene
no un guajiro que no tiene
ni donde caerse muerto.
Juan de la hacienda se ha ido,
con una angustia infinita;
no por la hacienda maldita,
ni el trabajo que ha perdido.
Se siente en el pecho herido,
por las cosas de Ramón,
y sabe que la ambición
del viejo le causa pena
porque aspira para Elena
algún rico corazón.
Elena desesperada,
por aquella situación,
fue a decirle a encarnación,
que estaba muy asustada.
Que ella estaba enamorada,
de Juan y que no podía
perderlo, que lo quería:
pero su padre Ramón,
tenía otra intención,
que sabe dios cual sería.
Oscar no fue despedido
de la hacienda de Ramón
aunque por su decisión
de la hacienda se había ido.
Dijo que él no había nacido,
para que Ramón Galván
con su alma de satán
lo despidiera un buen día,
y además que él no cabía,
donde no cupiera Juan.
En los días que siguieron
sin verse los dos amantes,
muchas cosas importantes,
en la hacienda sucedieron.
Una visita de honor.
Era un famoso doctor,
de reconocido fama,
que quiso arder en la llama,
de Elena en el interior.
Era un hijo de un amigo,
de Ramón, padre de Elena,
y como es lógico llena,
el espacio que no digo.
Como el viejo era enemigo
de los pobres del lindero
vio en el doctor un lucero
que refulgente Lucía,
este sí la convencía,
porque tenía dinero.
Cuando Ramón vio al doctor,
con su hija conversando
con el lenguaje más blando
un gesto simulador.
Dijo haciéndose el mejor,
de toda la sitiería,
doctor mi ganadería,
ha crecido con esmero
aunque ya lo considero
propiedad de la hija mía.
Ya después que se marchó,
el doctor para la Habana,
desde hora muy temprana,
Ramón a elene llamó.
Todo lo que conversó,
fue en vista al doctor aquel,
explicándole que él
si sería un buen partido,
para hacerlo su marido,
porque es rico, puro y fiel.
No te puedo comprender,
por más que quiera entenderte,
quieres decidir mi suerte,
y eso no puede ser.
Además estar por ver,
que ese doctor que es tú amigo,
tenga relación conmigo,
pues si quiere tenerlas
yo bien puedo detenerlas
y otras que no digo.
Tú no tienes que oponerte,
la que vale, es mi opinión
y olvida ya a ese peón
si el doctor piensa quererte
y vuelve a la hacienda un día,
por tu mano le diría
que tu mano le concedo
porque a mí me importa un bledo
lo que pienses hija mía.
Si piensas que has elegido
para mí ya lo mejor,
te equivocas, el doctor
para mí no es un partido,
creo que te has confundido,
en pensar por mí papá,
tú equivocación está
en aplicarme un castigo,
pero tú no harás conmigo
lo que hiciste con mamá.
Di a lo que te refieres,
¿qué cosas quieres decirme?
Tu madre no pudo herirme
y eres tú la que me hieres.
Es verdad que otros placeres
en la vida disfrute,
más después que me casé
a mi deber no he faltado,
y tú te has equivocado,
yo nunca me equivoqué.
Y mientras las cosas van
tomando por mal camino,
en casa de su vecino,
está pensativo Juan.
Piensa con un loco afán,
en su dulce bien Elena,
soportando aquella pena,
sin verla día tras día,
y hasta la sangre le ardía
de su cuerpo en cada vena.
Y cuando ya no podía,
soportar más su obsesión,
pensó que un día Ramón,
de opiniones cambiaría,
mientras tanto esperaría,
no quedaba otro remedio,
aunque sufría del tedio
que producía esperar,
salió trabajo a buscar,
porque no tenía un medio.
Y tuvo suerte, y diría
la suerte lo acompaño
porque andando se encontró,
con un tío que tenía.
Un viejo que poseía,
dinero en gran cantidad
a pesar que por su edad,
casi no lo disfrutaba
y en realidad le faltaban,
un familiar de verdad.
Juan llegó a ser el primero,
entre sus trabajadores,
y allí olvidaba dolores,
mientras ganaba dinero.
Al cabo fue el heredero
único del tío aquel
y la herencia hizo en él,
hombre de fortuna plena,
pero sin embargo Elena,
era panal de otra miel.
Mientras tanto el doctor,
que Ramón había elegido,
para Elena de marido,
volvió en busca de su amor.
Volvió a conquistar la flor,
hija de Ramón Galván.
Y el viejo con mucho afán.
Lo recibe en su morada,
pero Elena enamorada
piensa solamente en Juan.
Así que el doctor llegó
y por Ramón fue atendido,
en un trato convenido,
la conversación paró.
A don Ramón le pidió,
la mano de su hija Elena
más su mamá Magdalena
salió al paso y dijo así:
mi hija no se haya aquí,
doctor lo siento, que pena.
¿Qué quieres decir mujer?
¿Qué rumbo a cogido Elena?
Y la madre, Magdalena,
no supo que responder.
Empezó a palidecer,
por la gran preocupación,
y en eso encarnación
aquella buena criada
salió diciendo no es nada,
ella está en la habitación.
En aquel mismo momento,
Elena ya decidida,
salió del cuarto enseguida,
en un hondo sufrimiento,
dispuesta al enfrentamiento,
con su padre y el doctor,
y le dijo, oiga señor,
¿cómo sin estar aquí
pide la mano por mí
y no consulta mi amor?
Perdón pero si pedí
tu mano sin tú presencia,
no he faltado a la decencia,
ni cultura que hay en mi.
A tu padre prometí,
lo pongo a él por testigo
lo que a ti misma digo
en este mismo momento
si me das consentimiento
quiero casarme contigo.
En ese caso doctor
creo que el tiempo ha perdido,
porque no es el elegido,
en ser dueño de mi amor.
Aunque provoque dolor,
en mi padre, yo prefiero,
que en este encuentro sea sincero,
le pido en nombre de dios;
será bien para los dos,
porque yo a usted no lo quiero.
Elena por el honor,
y el respeto que me debes,
yo no sé cómo te a través,
a despreciar al doctor,
¿cómo le niegas tu amor
a una persona decente?
Tú no estás bien de la mente,
vas en busca de un fracaso
con ese brusco rechazo
a quien te quiere y te siente.
Yo no lo puedo querer,
por no estar enamorada,
y para ti no soy nada
es lo que he podido ver.
Sobre mi tendrás poder
usted perdone doctor
mi padre manda en mi honor
en mi familia, en mi hogar
pero no puede mandar,
en las cosas del amor.
Yo lamento en realidad,
la decisión que has tomado,
aunque estoy enamorado,
te agradezco la verdad,
hablar con sinceridad,
fue tu mejor decisión,
en todo tienes razón,
y aunque en todo te comprendo
voy a seguir insistiendo,
por si cambias de opinión.
Mi opinión está tomada,
esa fue mi decisión,
y no cambio mi opinión,
en este mundo, por nada,
si algún día desdichada,
me siento de cuerpo entero
seguiré en el sendero
que me depare el destino,
pero elijo mi camino,
con el hombre que yo quiero.
Vuelve a la Habana el doctor,
y Elena vuelve a sentir
que es imposible vivir
que sin Juan no quiero amor
y enfrentándome al dolor
de amar en la lejanía
salió de su casa un día
y llego a casa de oscar´
solo para preguntar
por el hombre que quería.
Teresa la recibió
con un aire de alegría
porque Teresa sabía
lo que en sus ojos leyó.
Amor y pureza vio
en la mirada de Elena
y por ser la madre buena
de Juan su querido amor
quiso aliviarle el dolor
y disminuir su pena.
Teresa dijo, hija mía
se bien a lo que has venido,
pero por favor te pido
no aumente más mi agonía,
Juan te adora todavía,
piensa en ti, en todo momento
pero un mal presentimiento
ya no me deja vivir
y así no puedo seguir
viviendo en este tormento.
Solo vine a preguntar,
no solo Juan me interesa
vine por usted Teresa
y para saber de Oscar.
A Juan le tengo que hablar
y que sepa mi dolor
y que perdone el error
que mi padre cometió
que la culpable fui yo
y que lo hice por amor.
Tan solo vine, en cuestión
para saber cómo están
y que quiero ver a Juan
si me dan su dirección.
Convidaré a encarnación
a que me haga compañía
yo se que Juan todavía
sigue mi amor esperando
yo también lo sigo amando
lo mismo que el primer día.
Sueño con esa pasión
de mujer enamorada,
en este mundo no hay nada
más grande que mi ilusión
y así fue, la dirección
de Juan, Teresa le ha dado
y Elena se ha marchado
más contenta hasta su hogar
despidiéndose de Oscar
el viejo noble y honrado.
Elena cuando llego
a su casa de regreso
a encarnación le dio un beso
y hasta un abrazo le dio.
La vieja le pregunto
cual era aquella alegría
y Elena le respondía
no sabes encarnación
que hoy no tengo el corazón
con tristeza, vieja mía.
Ya tengo la dirección
de donde se encuentra
y tengo como un volcán,
latiéndome el corazón.
Y tú buena encarnación
iras conmigo y así,
nadie notara que fui
a ver al hombre que adoro,
es el único tesoro
que llevo dentro de mí.
Y las dos al otro día
hicieron el viaje juntas,
colmándose de preguntas,
y Juan las recibía.
Fue larga la travesía,
hasta que al fin llegaron
a la casa y saludaron
a una criada en la puerta,
y casi con voz incierta,
por el patrón preguntaron.
¿El patrón? Esta al llegar,
digo si es el patrón nuevo,
o si prefieren la llevo,
al que tomó su lugar.
Mire queremos hablar,
con Juan que es un empleado:
aquí hay algo equivocado,
porque Juan es el patrón,
quien ya tomo posición,
de la hacienda y del ganado.
¿Cómo ha dicho, Juan es dueño
de la hacienda y del ganado?
Jamás lo hubiera pensado
esto me parece un sueño.
Siempre fue un hombre de empeño
un hombre de buen valer.
Yo no puedo comprender.
Por más que quiera entenderlo
pero necesito verlo,
y donde lo puedo ver.
Le dijo, pase y espere,
que yo lo mando a buscar
pueden asiento tomar,
pero no se desesperen.
Si es a Juan al que prefiere,
el está cerca de aquí:
cuando le diga de mi
yo sé muy bien que vendrá,
aunque jamás pensará,
que a venir me decidí.
Por fin, Juan apareció,
y ya en su presencia plena
en la sala estaba Elena,
y extrañado la miró
viéndola, no la creyó
capaz de aquella locura
y ella plena en su hermosura
le dijo, he venido Juan,
porque sin verte el afán,
me duplica la tortura.
Yo no sé si tú has cambiado,
tu modo de parecer,
o si existe otra mujer,
en que estas interesado.
Como ya el tiempo ha pasado,
tal vez cometí un error
más te pido por favor
si otra llegará a existir,
que no me dejes morir
porque muero por tu amor.
Elena, no es un error
que a mi casa hayas venido,
aunque yo tenía entendido,
que en tu vida había un doctor.
Yo pensaba que tu amor,
a otro le pertenecía,
pero tampoco sabía,
que tu amor fuera tan fuerte,
que te causará la muerte,
si otra mujer fuera mía.
Eso de sobra lo sabes
tú lo tienes que saber,
que el amor de otra mujer
fueran asuntos más graves.
Yo soy quien tiene las llaves,
de tu amor y tu pasión,
y hoy he venido con,
la necesidad de hablarte,
tengo cosas que contarte,
intimas del corazón.
El doctor nunca formo
parte de mi vida Juan,
ahora las cosas están,
como las prefiero yo.
Aquel tiempo ya pasó,
ahora soy yo quien decida,
ya me solté de la vida,
que papá quiso ponerme,
ahora, puedo defenderme,
y ser dueña de mi vida.
Yo no puedo creer
que todo lo que estás diciendo,
en realidad, yo no entiendo,
como eso ha podido ser,
y me alegro con saber,
lo que acabas de decir,
si ya puedes decidir,
tu propio camino Elena,
ya acabaste con la pena,
que no me deja vivir.
Encarnación no creía,
las cosas que estaba viendo,
pero si estaba viviendo,
un momento de alegría.
Jamás imaginaría
aquella criada buena,
que se aliviara una pena,
que provocaba una muerte,
ni pensó que era tan fuerte
el amor por Juan de Elena.
Y los dos enamorados,
al fin, se abrazan se besan
sin saber, que ahí empiezan,
idilios crucificados.
Más adelante, los hados,
del destino abusador,
siembran espina de dolor,
para que dos corazones,
sufran amargas traiciones,
en medio de tanto amor.
Ya de regreso al hogar
Elena y encarnación,
se encuentran con don Ramón
que no hacía más que esperar.
Les preguntó del andar,
que las dos habían tenido,
pero estaba enfurecido,
bravo como un huracán,
temeroso de que don Juan
haya reaparecido.
Elena se le encaró,
a su padre de tal modo
que le contestaba todo
lo que el padre preguntó.
Pero el padre la paró
con frases que dan horror
diciéndole, es mejor
que pienses cambiar tú suerte,
el doctor ha vuelto a verte,
así que atiende al doctor.
Elena palideció,
y partió como una bala,
fue corriendo hasta la sala,
donde al doctor encontró.
Doctor parece que yo,
no deje bien aclarado,
que usted nunca me ha gustado,
y que no me va a gustar,
y nada debe esperar,
si esperanzas no le he dado.
Te equivocas al hablar,
yo también tengo mi orgullo,
esta vez fue el padre tuyo
quien me ha mandado a buscar.
El pretende preparar,
en nosotros relaciones,
pero como tú te opones
y cierra todas las llaves
es que en realidad no sabes,
que existen otras cuestiones.
¿Qué cosa puede existir,
como condición doctor?
Pues que yo sepa mi amor
no se puede compartir.
Y no vaya a decir,
que ya usted no lo sabía,
y lo mejor, ya sería,
que nos digamos a dios,
porque entre nosotros dos,
es mucha la lejanía.
Dicho todo por Elena,
y con seriedad bastante,
cuando aquel mismo instante,
aparece Magdalena.
Ay doctor, por dios que pena,
por la que estamos pasando,
dijo así casi llorando,
la pobre mujer aquella,
¿cuál será la mala estrella,
la que nos está alumbrando?
La madre a Elena llevo,
al cuarto mismo de Elena,
y le dijo, hija que pena
te diré, lo que pasó.
Tu padre le prometió
darle tu mano al doctor
porque el sirvió de deudor.
Con esto decirte quiero
que no tenemos dinero
y existe algo peor.
Tu padre ya no tenía,
para una deuda pagar,
y el doctor vino a salvar,
la hacienda y la vaquería,
él le prometió que un día
le devolvería el dinero,
en eso quedaba pero
el doctor vino a cobrar,
al no tener con que pagar
te ofreció a ti por entero.
Y como va a disponer,
mi padre de mi persona,
razona, madre razona,
¿cómo es que me va ofrecer?
Si es que tiene que perder,
la hacienda y la vaquería,
esa no es la culpa mía,
yo no tengo que pagar,
para quererme casar
con quien no desearía.
Y no le busques razón,
qué razón no encontrará,
ya yo decidí mamá,
de quien es mi corazón.
Si, él tuvo la decisión,
de entregarme en compromiso,
eso lo encuentro sumiso,
y si él está satisfecho,
yo encuentro que está mal hecho
hacer todo lo que él hizo.
Así es que vamos a ver
que va ser con el doctor,
si le sirvió de deudor,´
él sabrá lo que va hace.
Él tiene que comprender,
que de mi nada depende,
y que con eso me ofende,
que tal relación exija,
y dígale que a una hija,
ni se alquila ni se vende.
La madre escucho callada,
todo lo que Elena hablo,
lloró mucho y lloró,
y no pudo decir nada.
Sentía que una estocada,
el corazón le partía,
y solo, dijo hija mía,
voy a decirle a Ramón,
que busque otra solución,
otro camino, otra vía.
Pero el doctor exigente
por aquella relación
no aceptaba de Ramón,
ningún trato diferente.
Le dijo, yo soy prudente,
exigirle me da pena,
con usted, con Magdalena
pero le seré sincero
si no tiene el dinero,
que cumpla su parte Elena.
Bueno doctor fue un fracaso,
todo lo que he prometido,
pero por favor le pido,
que me de un último plazo.
Siento de Elena el rechazo,
pero usted sabe doctor
que en las cosas del amor
nadie se puede meter
y Elena y mi mujer
dicen que pague mi error.
Está bien yo le concedo,
con otro plazo don Ramón,
en un mes la situación,
puede salir de este enredo.
Después de un mes, ya no puedo,
esperar más, ni otro día,
bueno fuera, yo diría
que acabara esta contienda,
pues de otro modo la hacienda,
y la vaquería es mía.
Así quedaron las cosas,
tenía un plazo de un mes
y Ramón supo después,
que eran espinas las rosas.
Con ideas caprichosas,
no se va a ningún lugar,
buscaba como saldar
esa deuda que tenía
y estaba llegando el día
sin solución encontrar.
En una ocasión, Oscar,
visitó su hermano, omero,
era el rico ganadero.
El que Juan iba a heredar,
y cuando llegó al hogar,
del hermano, preguntó,
por Juan y Oscar oyó,
de la boca de su hermano,
que Juan desde muy temprano,
para la Habana salió.
Y ¿a que fue? Preguntó Oscar,
porque, ese no es su trabajo,
parece que alguien le trajo,
un recado de apurar
lo mandaron a buscar,
de la Habana algún señor,
puede ser algo de honor,
y si otra cosa a de ser,
será de alguna mujer,
a quien le ha dado su amor.
Pero la imaginación,
del tío era equivocada,
Juan partió esa madrugada,
con otra preocupación,
resulta que otro peón,
supo que Ramón Galván,
vendía, como un satán,
a Elena, a su hija buena,
y porque apreciaba a Elena,
vino y se lo dijo a Juan.
Y Juan; como conocía,
las cosas de aquel señor
busco en la Habana al doctor,
que en el vedado vivía,
Juan, acompañar se hacía,
de un conocido abogado,
al que ya le había contado,
la situación que pasaba,
y como abogado, estaba
para el juicio preparado.
El juicio, se concreto
a la semana siguiente,
y Juan estuvo presente,
todo el tiempo que duro.
Cuando el tribunal falló,
en el juicio mencionado
ya Juan había pagado
la deuda de don Ramón
por tanto la situación
de la hacienda ha terminado.
Ahora Juan tiene el poder
de la hacienda de Ramón,
pero sus ideas son,
la propiedad devolver.
El no pretende tener,
lo que no le pertenece,
y aunque Ramón no merece,
que lo traten de ese modo,
el quiere entregarlo todo,
y la propiedad le ofrece.
Cuándo Ramón recibió
de mano del tribunal,
después de una juicio legal,
la propiedad, comentó.
Esto no lo creo yo,
yo no lo puedo creer
¿quién tubo tanto poder?
Para mi hacienda salvar?
Quien lo hizo no hay que dudad,
tiene extraño proceder.
Debe Ramón darle pena,
todo lo que ha sucedido,
lo tienes bien merecido,
le dijo al fin Magdalena.
No por ti, fue por Elena,
y aunque te cueste dolor,
esta vez fue tu deudor,
Juan, a quien tú despediste
de la hacienda y no te diste,
cuenta de su tierno amor.
Quien se iba a imaginar
mi querida Magdalena,
que fuera Juan el de Elena,
quien al fin iba a ganar.
Me da tristeza pensar,
que fui malo, por ser ciego,
y aunque ya es tarde no niego,
de que yo nunca creí,
que la llama que encendí,
se iba a convertir en fuego.
Y ahora ya no sé qué hacer,
ante tanta recompensa,
siento en el alma vergüenza,
por mi duro proceder.
Tengo que reconocer,
que fui ciego, y me da pena,
dudé, de la gente buena,
que existe en este mundo,
y no perdía un segundo,
para reprocharle a Elena.
Que lejos de imaginar,
que el vecino más cercano,
fuera el hombre más humano,
y que fuera hijo de Oscar.
No sé cómo he de pagar,
este favor Magdalena,
porque realmente me apena,
y hasta me siento indeciso,
aunque todo lo que hizo,
yo se que fue por Elena.
Magdalena lo miró,
y con voz entre cortada,
le dijo, Ramón la espada,
de la crueldad, te cegó ,
más adelante siguió
diciéndole a Magdalena,
Ramón la vida está llena
de sufrimiento y dolor,
la suerte es que el amor,
no se ha equivocado Elena.
Hizo una buena elección,
cuando en Juan puso los ojos
aunque senderos de abrojos,
llenaron su corazón.
Ahora, ya no se en cuestión
si Juan la sigue queriendo,
como al no seguirse viendo,
no sé si van a volver,
o si existe otra mujer,
donde Juan está viviendo.
Ramón escucho el hablar
de su esposa Magdalena,
y le dijo, dile a Elena,
que quiero con Juan hablar,
que me lo mande a buscar,
ahora mismo si es preciso
porque estas cosas que hizo
no lo hace un hombre cualquiera
y yo de cualquier manera
ya lo acepto en compromiso.
Elena, sin esperar
en busca de Juan salió
y ya cuando lo encontró,
le dijo vamos hablar.
Papá te manda, a buscar
si me quieres todavía
el le dijo, amada mía
como no voy a quererte
si estaba loco por verte
noche a noche, día a día.
Me alegra, mi dulce bien,
que respondas así,
lo que tú sientes por mí
lo siento por ti también.
Pero ven conmigo ven,
que mi padre quiere hablarte
ya él quieres que formes parte,
de nuestra familia Juan,
ya se le quitó el afán,
y el ansia loca de odiarte.
Y los dos van de regreso,
a la hacienda de Ramón
y Juan con el corazón
a su amada le da un beso.
Los dos van, con el exceso,
de alegría desbordada,
pues saben que a la llegada
los espera un buen futuro
y no habrá barrera o muro
que se anteponga ante nada.
Y así llegaron los dos
a la hacienda de Galván,
Elena abrazada a Juan,
llegan de la dicha en pos
fue como un rezo de dios
aquella fue la llegada
de todas, la más deseada,
porque cuando allí llegaron,
en la hacienda se encontraron
una boda preparada.