País Poema - Autores

a. sanh

un ápice de lucidez o la condena de salir un lunes

Sorpresa. Ayer salimos.
Me puse la máscara de individuo
ajeno a problemas y me mezclé
con las demás almas desoladas
en este vals distorsionado
entre bebidas alcohólicas.
Parecíamos fantasmas
bajo la luz de las farolas,
no teníamos ánimo para mover el esqueleto
más allá de los fríos bancos de la plaza,
tampoco estábamos particularmente alegres,
cuesta mucho sonreír cuando estás hundida,
cuando esperas una llamada que no llega,
y cuando te auto castigas por esperarla.
Llevábamos tres litros de ron
esparcidos por el coche,
dos cajas de cigarros y algo de rímel
por si se nos estropeaba el maquillaje
con la lluvia o las lágrimas,
si es que nos daba por llorar.
Llevaba yo la mini guitarra
que compré en Nepal,
que digo que algún día tendré que usarla.
Sonaban melodías tristes
en los coches cercanos,
en el siglo XXI se bailan las canciones de desamor.
Encendimos un par de cigarros
y saludamos a aquellos que nos encontraron
divagando por el césped,
también a algunos extraños
que parecían igual de desolados;
no es raro pues nos reconocemos entre nosotros.
Ay si nos contaran el secreto de la sobriedad,
como cambiaría la expresión de nuestras caras.
Bebimos Jägermeister
en el botellón más vintage
del neoliberalismo,
me pidieron que tocase una canción,
se me rompió la guitarra
y reímos como idiotas.
No miré el móvil en ningún momento.
Entramos de comparsa directas a un pub,
parecíamos burbujas entre la gente,
flotando sin rumbo y transparentes
como cristales, tan transparentes
que hasta el más distraído
pudo ver a través de nuestros ojos
que el ambiente no nos convencía.