ninguna historia épica empieza con un vaso de agua
Abre una botella de vino, que te voy a contar lo que pienso. Ayer nos quedamos mudas contemplando la belleza del vuelo de dos cometas. Pero somos dos necias que no pueden o no quieren entender que ellas no vuelan por voluntad propia, es el viento quien las obliga. Quizás también obligada, la Tierra gira y nos devuelve otro mar, cada vez uno distinto. Nunca podríamos diferenciarlo. La marea se retira y sus lágrimas son saladas, pero nadie sabe si el mar llora por las playas que abandona o por las que aún no conoce. Sí, esta última metáfora va por mí.
A veces la mejor elección es no elegir, porque puede pasar que todas las direcciones estén prohibidas. Aun así lanzamos la moneda y en ocasiones sale cara, la cruz siempre la llevamos a cuestas, porque vivir lleva implícito en su significado el hecho de sufrir. Siempre hay alguien que nos crucifica, no siempre con los mismos clavos, y cada vez dejando más agujeros en el alma, porque un clavo saca a otro, pero no se clava en el mismo sitio. La tabla está llena de intentos de asesinato fallidos. Esta metáfora va por las dos.
He pensado en cambiar de tabla, quizás así también aprenda a multiplicar compensado el desigual que causa echarse unas veces de menos a uno mismo y otras de más. Porque el orden de los factores no altera el producto, a veces es por ti, otras por mi, pero la solución correcta siempre será una cerveza y borrón y cuenta nueva, porque ninguna historia que merezca la pena comienza con un vaso de agua. Yo invito a la cerveza y tú invítame a la vida, que yo estoy en reformas, presa de la duda, aprendiz de geometría.
Una escala musical de latidos es lo que siento como consecuencia de mis graves y agudos cambios de emociones, un ritmo como de grunge-punk. El miocardio no responde, le he dejado un mensaje de "Avísame cuando llegues" y una llamada perdida, no sé cuántos sustos puede aguantar un corazón. Sin cobertura tengo a la razón desde que empecé a tejer telarañas de humo, porque humo es mi propio ser que se evapora, difuso y transparente. Así que sin corazón, ni razón, ni ser, he decidido darle el mando a mis ojos que convierten el agua en vino, porque de repente parece que lo veo todo rosa.