la era de la evasión
Le he pedido que deje a su novia por mí. Para que estemos juntos y seamos más que amigos. Para poder besarle por primera vez y conocerle desde un punto de vista más cercano. Para ser su compañera y su confidente, y que él sea mi compañero y mi confidente. Le he pedido eso porque lo necesito, necesito dejar de ser la segunda opción; quiero algo que sea mío y que no venga y se vaya repetidamente, como la marea en la orilla. Quiero ser la marea que le cubra en las noches de invierno y quiero marcharme por la mañana y dejarle una nota cariñosa escrita en la nevera; quiero ser agua en un mundo donde solo importa el petróleo. Quiero entrar en su vida como un virus tropical y expandirme imparable por cada átomo de su universo. Y quiero ser feliz, por eso se lo he pedido, porque quiero estar contenta y tener un motivo para tirar para adelante, quiero fuerza, quiero chispa, quiero un soplo de aire fresco, frío, helado, congelado. Quiero bailar la bamba en noches absurdas de viernes, y la conga los domingos, y la bomba de pachangas navideñas, y bailar una lenta cuando estemos a solas en casa. Y reírme de mi contradicción, porque odio bailar, y reírnos juntos, y odiarlo en compañía, y apagar las velas con un soplido no sin antes pedir un deseo.
Todo eso lo quiero. Lo que pasa es que lo quería contigo, y lo querría con cualquiera. Estoy empezando a pensar seriamente que yo me enamoro de momentos y no de personas, así que si alguien se ajusta a mi imagen de vida bonita y momentos especiales, yo me lanzo. Me lanzo de cabeza si hace falta, me lanzo y me hago daño. Reconozco que me despeño cuanto más empeño le pongo. Pero quiero lanzarme y mojarme en aguas cristalinas de calas de agosto, y envolverme en caladas cálidas de noches de invierno. Quiero subir y contemplar Barcelona desde una nube, y subir con él, y que nos hagamos subir aún más arriba a base de mordiscos en la nuca, y ya no solo contemplar Barcelona, sino contemplar la galaxia, e identificarnos como dos moléculas gemelas que juegan a entenderse a oscuras. Eso es todo lo que pido, eso y un poco de comprensión cuando esté en mis peores días, cuando la ira abra el cerrojo de mi calma y el ansia avance eléctrica por los lunares de mi espalda, cuando narre las rayadas de vidas pasadas y no encuentre paz para el alma y quiera irme.
Y pido más: quiero evadirme. Podría ser con otro, pero me gustaría que fuera con él, porque él me ha dado seguridad y estabilidad y también un plan de rescate a plazos. Podría ser con otro, a mi no me interesa la persona sino los momentos que pasa conmigo. Quiero olvidar, reevaluar mis ideas de una relación estable, quiero evadirme, sentarme a su lado y olvidarme de mi nombre, olvidarme de las horas, olvidarme del horario del autobús. Quiero pintar mundos paralelos con acantilados y un salvapantallas de estrellas, y ubicarnos dentro de él, cenando sushi con velas. No quiero que me haga pensar, no pido mucho, quiero que no conozca mis errores, que se ría de mis malas experiencias y diga que le gusto tal y como soy, que no se sorprenda si le digo que sé hablar japonés o sé tocar la guitarra. No quiero ser un retal roto de mi yo de quince años, no quiero la etiqueta de peligrosa, no quiero el don para el negocio. Que no me conozca entre tanta maleza. Que me conozca a solas, fuera de mi selva, que se encandile con los jirones de historias que un día fueron, que contemple a esta salvaje y aplauda sus encantos torpes, y que apoye sus intentos de encajar lejos de su hábitat de jaleos y lejía en desayunos de domingos de febrero.
Me vale cualquiera con la paciencia suficiente para vivir en esta trilogía de ciencia ficción, pero prefiero que me valga él. Por su sonrisa al verme, por sus cafés a las 7 de la mañana, por sus consejos de fin de semana y sus miradas en la sala de toxicología. Estoy a gusto con él, le he pedido que sea esa persona especial para mí. Lo he hecho para evadirme, viviendo dichos momentos dichosos no tendre la dicha de pensar en hechos maltrechos ni en otros ex y sus fobias. Evadirse es reconstruirse, reunir tus pedazos poco a poco mientras te despistas entre días de comedia, días de misterio, días de delirios, días de histeria y días ideales. Quiero evadirme con él, ser su novia, ser la que encienda la chimenea un miércoles de diciembre, la que doble su pijama debajo de su almohada, la que le espere despierta y despierte su lado más tierno, la arquitecta de sus virtudes y talentos, el motor de su Opel Astra en autopistas olvidadas, y el pararrayos de la tormenta que le asole en sus días malos.
Se lo podría dar a otro, pero no sé si hay otro así, así de natural como él, y de sincero, y de trabajador. Le podría dar mi evasión a cualquier alma comprometida a aguantarla, sé que me enamoraría de una persona que me amase con esa fuerza y ese interés. Me quiero quitar la máscara en restaurantes anónimos y contar mis secretos poco a poco. Evadirme de lo malo que me absorbe y eliminarlo al compás de una rumba en carnaval, tal vez después de la evasión llegue la calma. Y querré calma con él. Y mañanas de Fórmula 1. Y quejas legítimas de adultos con poca faena. Y una tranquilidad tan acogedora que me evada de mi propia evasión. Brinda conmigo por un futuro en Babia, o en Plutón, lejos de esto. Podría ser con otra, pero creo que nos entendemos demasiado para dejar esto pasar. Podría ser con otro, pero entonces también tendría que evadirme de ti.
Quiero tenerte hasta cansarme, cansarme
de tenerte y morirme.