desayunar en tiempos revueltos
Improvisando Adriana y yo y caminando un poco sin rumbo después de una noche extraña en la que ni me emborracho ni dejo emborracharse a los demás, encontramos de frente y de casualidad y por la mala leche del destino en estas fechas la silueta delgada e inconfundible de mi compañero argentino de terapia. Incómoda yo y sorprendido él de verme fuera de un hábitat predefinido de simpatía y sinceridad, saluda tímidamente mientras Adriana observa y calla, y yo, presumiendo de maneras y de elegancia, de saber estar, que es lo mismo que saber no estar y no hacerse notar, devuelvo un cordial saludo y sigo mi camino sin dejarle responder. Respuesta insulsa la mía a Adriana cuando con indiferencia digo que no me acuerdo de quién es aunque lo sepa perfectamente y perfectamente cruel mi reacción cuando, inocentemente, él me grita desde lejos que si queremos que nos invite a desayunar y yo le ignoro y hago alarde de la reputación que no tengo y afirmo que no desayuno con drogadictos. Perdona, pero ¿tú te acabas de escuchar? me dice Adriana confundida y extrañada por mi comportamiento absurdo. Es la costumbre, respondo sin muchas ganas de explicar algo que ni yo misma entiendo, que no me gusta mezclar mi vida personal y mi vida interestelar, e intermediarias mis razones por las cuales ni siento ni padezco miseria alguna un lunes por la mañana dan por conclusa una conversación que ni siquiera había empezado. Y ya, arrepintiéndome rápido de mi antipatía, le mando a escondidas un mensaje a mi compañero pidiéndole disculpas por mi reacción; a lo que él responde que todos tenemos conocidos que no saben de nuestro hobby y que lo comprende. No, no, es que ella sí que lo sabe, soy yo la que no lo sé, soy yo, que no lo sé, he dicho y lo repito que no lo sé pero sé que soy yo que no quiero mezclar manzanas y peras y me encierro, y me asustan los estereotipos y los prejuicios, me asusta la simpatía que siento por mis compañeros; no es por mi amiga, es por mí y por mí es que seguimos andando en línea recta mientras un intenso escalofrío me recorre el cuerpo al recordar que desayunar era una de las palabras claves que usábamos para referirnos a tomar cocaína. Y agradezco mi buena suerte de no haber picado el anzuelo a la vez que deseo en silencio haber podido desayunar en paz, y después rechazo la idea porque yo he dejado los desayunos frenéticos, que de desayunar me sirve un café, y aunque me cause malestar, despejar mi mente se convierte en mi mayor prioridad cuando Adriana me agarra fuertemente del brazo y me dice: tienes cara de ansiosa. A lo que yo respondo que no, que simplemente me entró hambre.