365 trenes
Me desperté bien temprano. Y me dio por ahí. Decían las encuestas que podíamos hacer avanzar al país, decían las vecinas que el invierno no se presentaba muy frío. Decía mi madre que uno no se tiene que preocupar por el futuro, solo vivir el presente y portarse bien para no complicarse el día de mañana; decía mi ego que no se notaba la cabeza en su sitio, que no se sentía con fuerzas, y después se desmayó. Y después estaba en Alemania. ¡Qué rápido! Todo gracias a los trenes de máxima velocidad, que hacen el camino de un país a otro en pocas horas. Fijo que un par de trenes nos habrán ahorrado momentos angustiosos, pues siempre nos gusta llegar temprano. Es algo de familia: siempre elegimos llegar pronto a los lugares, quien llega tarde se pierde lo bonito del comienzo. A mí se me escapó el tren porque me quedé distraída con el vuelo de una gaviota, la confundí con un dragón; y como los que llegamos tarde tenemos que esperar a otro tren, decidí que yo ya no esperaba más de esta vida. Oh y tanto dolor que me provocaba ver a la familia así y yo al margen, no, no, preferí borrarme y echarme a un lado.
Hace 365 días de aquel día. 365 días con 365 perspectivas diferentes, no me gusta, pero lo acepto. Ahora nada es lo que era, ni yo, ni el mundo, ni los demás, ni mis manos, ni mi cabeza, ni la cama del hospital donde me despertaron, con ojos rojos y los nervios de cuarta. Digo más, 365 posibilidades de compensar un error que parece inalterable en el recuerdo, todo este tiempo con 365 maneras de mirar la vida y 365 juicios que hacer de uno mismo así como del resto. Aquel día fue el día 1, el punto de inflexión de la mente que pide auxilio en silencio, el instante en que todo pensamiento se cambió a la acera negativa, el momento en que la vida cambió de dirección. Perdí el tren y tuve que tomar otro camino, uno difícil, lleno de obstáculos y peldaños gigantes donde ningún ser vivo puede subir a menos que lo haga en espíritu. Podría haberme quedado en la estación y sentarme a ver que me traía el viento, pero quise ser viento, quise ser nada, ahora tengo 365 opciones para ser alguien.
La vida ya no me ha vuelto a hablar como lo hizo hace 365 días, con naturalidad y despreocupación. Marchó sola sin mi apoyo porque perdí el tren, elegí irme sola de este mundo sin su apoyo porque olvidé la incertidumbre de quien falta y es añorado. Quisiera que me perdonara. Que me perdonara por saber calcular, por tener la sangre de hielo, por dejar la mente en blanco, por no conformarme con ver las estrellas y buscar caminar sobre ellas. Sentí todas las emociones existentes a la vez, no pensé con claridad, pero si que pensé. Quiero decir: y tanto que pensé, pero no como se tendría que haber pensado. Pensé que nunca más volvería a verlos o a escuchar su voz, sentí culpa, sentí ira, odié esta realidad corpórea donde nos han hecho tanto mal al imponernos un cuerpo con límites. El tiempo se detuvo, todo parecía tener otro color, los segundos no corrían apresurados hacia el día siguiente. Yo quise pensar que había cosas mejores en un ataúd que en esta vida de tristeza y miedo, que seríamos todos felices cuando nos reencontrásemos en otra vida. Nada me merecía la pena aquel día, a pesar de que me desperté bien temprano para irme al trabajo con ganas.
Me dio por ahí, lo reconozco, estaba un poco trastornada y me gustan las salidas fáciles. Me hice luz de gas a mí misma y lo pensé fríamente, pero soy muy cobarde estimado público y aquí os hablo a todos: admito que desconecté la mente antes de hacerlo. Quizás tan fríamente no actué. Quizás tuve un pronto muy jodido, de estos que te hacen arrepentirte a los cinco minutos. Yo me arrepentí y por eso llamé a pedir ayuda. Decía el doctor que esto de su enfermedad y mis manías nos acabaría matando, o muy lentamente o de un golpe sorpresivo y seco, pero sin escapatoria para nuestros cuerpos frágiles; decía el presentador del diario que podíamos ser imparables si hacíamos las cosas todos juntos, decía mi ex pareja que nosotros dos éramos una apuesta perdida. Yo no dije nada, lloré. Me dio por ahí cómo que me podría haber dado por bailar conga, o por pintar un cuadro, o por dispararme en un pie desafortunado. Decía el doctor que tuve suerte, decía el calendario que habían pasado dos semanas en tan solo tres horas. Me desperté bien tarde y mareada, me costó entender qué había pasado, decía mi mente, que no pasaba nada. Respeto a todas las religiones, hace 365 días todos los dioses existentes se pusieron de acuerdo con un planteamiento claro: decían que la ansiedad me estaba matando, que era ella o yo.
No los escuché. Me dio por hacer como si no hubiera pasado nada y no sabía que tenía 365 días por delante, para equivocarme más y más, ahora tengo otros 365 para arreglarlo. Me he despertado bien temprano porque dicen que esta nación será potente si todos trabajamos para ponerla dónde se merece. No sabéis como lo siento, nadie puede entender que esta cabeza ya viene de vuelta, que no es sencilla de interpretar, no lo sabía por aquella época pero ya sé que doce años de emociones artificiales crean distorsiones espantosas en los pensamientos, como agujeros negros intergalácticos que desintegran toda fuerza de razón. Sabéis que he abusado demasiado, de mí y de todo, de ella y de ellos; y también he jugado con cosas mucho más peligrosas que las drogas. Sigo sin tener miedo, y todavía no me creo lo que nos vendieron de la “nación imparable”. Quiero escribir sobre un cambio de 365 días, pero me aterra pensar que no habrá argumento suficiente, que puede haber una pequeña probabilidad de que todo sea exactamente lo mismo. Yo creo que no… he tenido 365 días para pensarlo y analizarlo de mil maneras. Maneras de vivir. Maneras de morir. Lo dejo aquí.