marilina rébora
a la muerteI / Muerte, / fatal término, ausencia por siempre. / Sólo el campo yermo que nos recibe, / de su tierra, nuevo abono. / Nunca más la fragancia de la brizna de hierba / ni el arder de encendidos leños; / tampoco
a mi hijoAlguien dijo que recuerdas / un niñito de Murillo, / y en verdad que lo pareces / por tu gracia y por tus rizos. / Tienes cabellos castaños, / ensortijados y finos / con algo de oro en las sienes, / como si fue
a qué apenarse¿A qué apenarse tanto por las pequeñas cosas? / Guardemos el pesar para lo irreversible. / Si se olvidan los besos y marchitan las rosas, / soportemos la vida, con ánimo apacible. / Vistámonos con alas de
acatamientoHe querido morir, Señor, pero he vivido / y confieso ante Ti mi aleve cobardía. / ¿Qué dejo para aquellos semejantes que han sido / probados en dolor a punto de agonía? / Y por querer morir, Señor, he rev
alejamientoResultará forzoso el cruel alejamiento / y habrá que decidirse, como lo inevitable, / lo mismo que aceptamos la violencia del viento, / el rugido del mar o el tiempo inexorable. / Habrá que tener ánimo en
ansiedadAnsia de estar un día en un puente de mando, / recibir en el rostro el castigo del viento; / sin ninguna arribada, por siempre navegando, / sin dudas ni temores, cansancio o desaliento. / Y no saber siqui
blanca piedrecitaLo he meditado mucho, Señor, aunque no espero / visión de corcel blanco o de espada en tu boca, / estrella o mar de vidrio ni menos, candelero: / quiero de Ti otra gracia y mi labio la invoca. / Quiero sí
bordados de dios¿Qué quiere decir glauco? / Muy simplemente, verde. / Y añil, ¿qué significa? / Azul; es bien sencillo. / ¿Y el escarlata, madre? / Di, para que me acuerde, / como siempre recuerdo que el gualdo es amarillo. /
buenos airesNo tendrá Buenos Aires un río de cobalto / ni en sus cofres tesoros de vivas esmeraldas, / pero el cielo celeste es bandera en lo alto / y extensa pampa verde se brinda a sus espaldas. / Falto de Budas de
candorNo trates de llevarme al mundo de los sabios / para hablar del origen de la criatura humana; / canciones y sonrisas sólo quiero en tus labios / y agradecerle a Dios tu ser, cada mañana. / No me ilustres l
clotilde, en la mujer pobre de león bloy«La única tristeza» insinúa Clotilde / «es la de no ser santo», añadiendo, «aquí abajo». / ¿Pues no basta, me digo, un corazón humilde / ni el espíritu hecho a piadoso trabajo? / ¿Tampoco es suficiente to
como un rumor de aguasComo un rumor de aguas, la voz oí diciendo: / «No te estés quieta ahí, por algo toma parte. / Ni fría ni caliente, tal irás feneciendo. / Según sean tus obras, así habremos de darte. / »Ten prendida tu lá
con mis viejos retratosSeñor, quiero ser yo, y sólo con lo mío, / por humilde que sea, aun pobre y pequeño; / nada de adornos vanos ni lujoso atavío / ni aquello que deslumbra en ambicioso sueño. / No quiero en devaneo, tampoco
con ojos de niñaSeñor, siempre te veo con los ojos de niña: / primero en el pesebre, aureolado de ovejas; / en lo alto, la estrella, que sus reflejos guiña / sobre el burro y el buey al mover las orejas. / Hombre, vas po
confianza en la providencia de diosNo os acongojéis por falta de comida / y menos todavía por lo que el cuerpo cubre, / ya que más que el comer vale la propia vida / y más aún el cuerpo que lo que lo recubre. / Mirad las azucenas, no hilan
confidencias de amora Rafael de Diego / I / La mecedora de la abuela / acunó mis años de infancia, / horas del arrorró y «La Pájara Pinta»; / después a su compás el corazón joven leyó los poetas, / y al andar del tiempo, con lla
consolación¿Quién habló de que un día hubiera de perderte? / ¿Quién dijo que tu sombra, al fin, quedará quieta? / ¿Es que ignoras acaso lo que aprendió a quererte / el alma ennoblecida de ternura secreta? / Un amor
cuéntame un cuento, madreMadre: cuéntame un cuento de ésos que se relatan / de un curioso enanito o de una audaz sirena; / tantos que de los genios maravillosos tratan. / Esas lindas historias que conoces. ¡Sé buena! / Dime de ca
de la segunda venida de cristoDurante aquella hora, quien se halle en el terrado / no retorne a buscar sus muebles bajo el techo, / pues ?de dos en un campo? uno será librado / y el otro abandonado. (O de dos en el lecho.) / Dos mujer
desencantoYo quisiera quererte como antes te quería, / y sentirte, como antes, en todo consecuente, / yo quisiera decirte: te quiero todavía… / y recibirte, al fin, con ánimo sonriente. / Yo quisiera tomar tu mano
designioQue esta noche me duerma bajo un manto de olvido, / ajena al desamor, al encono y la saña, / considerando a aquel que nunca me ha querido, / sorda a la mezquindad y a la torcida maña. / Que el corazón reg
diálogo con diosYa no sé qué decirte, Señor: lo he dicho todo; / mis lamentos se apagan en el labio callado, / no doy con la manera, ni acierto con el modo / de dirigirme a Ti como en tiempo pasado. / No puedo ni rezar,
dice el señorId por camino estrecho que lleva a puerta angosta / ésa que sólo niños atravesar consiguen, / perfumada de nardos donde un ángel se aposta / y no al portal mayor que los grandes persiguen. / En haciéndoos
dice la niña«Las madres las hicieron miles de Blancanieves, / cientos de Cenicientas y alguna Rapunzel; / y por eso son lindas y de pisadas leves, / y tienen la frescura de la col en la piel. / »Las madres las hicier
dios existeDos de la madrugada. En trémula zozobra; / los silencios, vivientes; la oscuridad sin borde; / cuando la fuerza falta y la tristeza sobra, / en soledad infinita para estar más acorde. / De improviso resue
dios me salvaYa no sé qué pensar de mi propia existencia, / aun si he de poder soportar esta vida, / que en viéndome al espejo descubro en tal presencia / un ser a todo hostil que extraño me intimida. / Deslízanse las
duérmete mi niñoDuérmete mi niño, / duérmete mi luna, / que arde la estrella: / esa estrella tuya. / Parece que dice: / «Sin duda, sin duda, / yo soy de ese niño; / él viene en mi busca». / Duérmete mi niño, / duérmete mi luna, / du
el alma acorazadaQue me traspasen dardos: no habré de defenderme; / que me hiera cruel total indiferencia; / que los rostros, impávidos, al no reconocerme / pasen sin advertir siquiera mi presencia. / Que el desamor se in
el antiguo jardínQuedó abrazada al muro, amante, la glicina, / y grávido de frutos de oro, el limonero; / la cola de tijera mostró una golondrina / y el gorrión revolando, de píos mensajero. / Debajo de los árboles era la
el burrito gloriosoLa avispa exclamó: / «¡Mi talle! ¡Mi talle!», / al ver al burrito / paciendo en el valle. / «¡Mis alas! ¡Mis alas!»: / tal, la mariposa / le gritó al pasar, / en más, orgullosa. / Así, el picaflor: / «¡Mi pico! ¡Mi
el castilloUn castillo de arena. Lleno el foso de espuma, / subterráneos cruzándose en unión con el mar, / portal de caracoles, en la cresta una pluma / que acaso una gaviota dejara al revolar. / Moldes por centinel
el cristo de dalíSiempre desde abajo pudimos mirarle / y aun de nuestra altura miramos a Cristo, / mas nunca hasta ahora pudo contemplarle / alguien de lo alto, ni de allá fue visto. / Pero así el artista consiguió pintar
el mensaje perdidoSe lo ha llevado el viento, esa mano de olvido, / el pequeño mensaje que quedara en la puerta; / se fue sobrevolando, como ebrio o perdido, / la rumorosa calle, en la tarde desierta. / Allá irá, todo alma
el muñeco¡Madre!, clama en voz queda mi ferviente mensaje; / ¡madre, mi madre, acude porque te necesito! / La voz, primero tierna, va haciéndose salvaje: / si al comenzar fue ruego, termina siendo grito. / Todo an
el muñeco rotoEn el entusiasmo del dulce embeleco, / nunca imaginara que tal vez un día, / con peluca suelta quedara el muñeco, / los ojos ausentes, la testa vacía. / Sin fondo, un abismo, semejaba el hueco / del cráneo
el niño dormidoNo levantes la voz; el niño está dormido. / Contén el paso, espera, aguarda en cauto acecho; / que no se mueva el aire, ni se oiga el menor ruido, / para que en tierna paz, te aproximes al lecho. / Mírale
es la mansión de ayerEs la mansión de ayer, la de la infancia mía, / con ternura hogareña y calidez de seno, / que aún levanta la frente, a punto de agonía, / entre tanto derrumbe al que nada es ajeno. / Muéstrase melancólica
espejosMírate en el espejo que tu imagen proyecta, / esperando un instante a que se muestre clara; / verás, a pesar tuyo, la figura imperfecta / y las desarmonías patentes de la cara. / Sin contemplarte pues com
historias«En tiempos de las hadas y de la hechicería… / cuando la reina cruel consultaba su espejo… / el duende Trasgolisto su sábana extendía / y los siete enanitos pasaban en cortejo… / »Cuando la Cenicienta per
incomprensiónNo comprendes, amor, cuál es mi sentimiento; / en vano lo traduzco y en vano te lo explico. / A veces me parece que ha llegado el momento / de aclarártelo igual que obramos con un chico. / No comprendes,
khalil gibránNo es suficiente dar, ni dar con alegría; / ni tampoco es bastante dar con renunciamiento; / menos, dar con dolor, un poco cada día, / esperando de otros el reconocimiento. / Y no basta siquiera el dar po
la antorchaJuntas, bajo el cristal, amoroso capricho, / la Virgen de la Linda Vidriera de Colores, / atavío en azul sobre encarnado nicho, / como ascuas centelleantes los vivos resplandores; / Nefertiti, la reina, q
la arcilla de khayyam¡Cómo insiste Khayyam con los muertos! ¡La arcilla! / La arcilla de las ánforas, la arcilla de la copa, / diciendo que allí están, y que, al rozar la orilla, / al beber, nuestros labios, se encuentran c
la hormigaSin saber que es domingo, ruidoso día de fiesta, / va llevando su carga la minúscula hormiga: / el trozo de una hoja en perfilada cresta / columpiase oscilante sin impedir que siga. / Apenas se apresura,
la ley de la vidaQuisiera estar de acuerdo con la ley de la vida / tal vez, la de la selva, al instinto fiada, / según la cual se vive de acuerdo a la comida: / la bestia menos fuerte ha de ser devorada. / Y quisiera tamb
la mariposaAl pasar por la calle, cae una mariposa. / Revolando insegura se pierde entre la gente, / tornadizo vilano o pétalo de rosa, / burbuja de jabón, pajarita luciente. / Tras ella acude el alma, como ella, te
la músicaDan ritmo a la faena los trozos musicales; / combate la tristeza la suave melodía; / cuando preocupaciones asedian, habituales, / cantares apaciguan la mente, todavía. / La música es así, remedio de los m
la nubecitaLlévame nubecita a lo alto contigo / y cúbreme amorosa con tu cendal de gasa; / que tu orla de tul me sirva, leve abrigo, / para que no me falte el amor de la casa. / Llévame tú que eres, de mis ansias te
los gorrionesDentro todo es silencio y sombra todavía; / afuera entre las rejas de los amplios balcones / que doran las primeras claridades del día / revuelan bulliciosos y a solas los gorriones. / Son bandada, y oyén
los santosQuisiera saber, madre, de San Marcos y el león; / de San Roque y su perro, San Francisco y las aves; / San Huberto y el ciervo, San Jorge y el dragón; / de San Pedro y el gallo, con sus signos y claves.
mar de vidrioDijiste: «Mar de vidrio», Señor, y es lo que quiero; / un mar que te refleje en toda tu grandeza, / por sobre el cual camines tu lámpara, el lucero / para ver, al trasluz, del mundo la tristeza. / Dijiste
mi físicoNo he sido nunca linda tal vez quise ser alta / y la piel de mis hombros se acentúa morena / (al decir esto, claro, una verdad resalta: / que tampoco mi espalda ha de ser de azucena). / No tuve grandes oj
miedo a la vidaTengo miedo, Señor, pero no de la noche, / tampoco de la sombra, menos de la tiniebla; / es miedo de la aurora refulgente derroche / como miedo del mundo, cuando el mundo se puebla. / Tengo miedo, Señor,
momentosNo son años la vida, sólo rápidas horas, / ésas con sus momentos de placer o dolor, / cuando el alma es dichosa o acongojada lloras, / instantes de ternura o de cruel desamor. / Instantes en que a veces,
multiplicación de los panesTan sólo cinco panes, tenemos, y dos peces / exclaman los discípulos mientras Jesús observa, / son cinco mil las gentes, hasta más que otras veces. / No importa, que se sienten allí, sobre la hierba; / y
no le digas a cristoNo le digas a Cristo: / —He de ir, mas espera. / Me falta, todavía, algo que me he propuesto; / el mundo me reclama, complacerle quisiera. / Ten paciencia, he de ir. Un poco y ya me apresto. / No le digas a
no le hables de la muerteNo le hables de la muerte, háblale de las flores, / de la aurora dorada y el ocaso de fuego, / del azul del océano y el arco de colores, / de los ríos de plata y el astro sin sosiego. / Cuéntale del amant
no me llames poetaNo me llames poeta un nombre con laurel / porque mi voz apenas para cantar acierta; / acaso suavizada por amorosa miel, / tal vez unos acentos armoniosos concierta. / Puede sí que me escurra por el alto d
paz interiorDetrás de mis paredes, feliz a mi manera, / extraigo del azul la esencia de mi verso / y escribo entre las nubes ¡añorante quimera!, / con las letras del alma, un vocablo disperso. / Ignorando el tropel q
pinturas de diosPara evitar que el hombre en el mundo se hastíe, / cada día el Señor, atento, lo celebra, / y a fin de que el paisaje se embellezca y varíe, / desparrama colores y arcos iris enhebra. / Que son de Dios pi
porque si tú no velasPorque si tú no velas, vendré como ladrón; / he de llegar a ti sin que sepas la hora. / Estate alerta, pues; vigila cada acción, / y lo que has recibido y escuchado, memora. / Aunque nombre de vivo posees
primer gradoColegio del Estado. Primer Grado Inferior. / Niñitas y varones con delantales blancos. / Las niñas con su moño, en mariposa o flor. / Los niños, ya se sabe, desbordando los bancos. / La Señorita Elisa, al
quién volviese a tener¡Quién volviese a tener, para que nos cubriera, / una madre de noche, los párpados febriles, / quién un rozar de labios en la frente sintiera / despejando el fantasma de temores pueriles! / ¡Quién tuviese
quiero pintar la lunaMadre, ¿puedo pintar la luna de escarlata? / ¿O con vestido rosa, orlado de violeta? / ¡Pues, noche a noche, sale insulsa y timorata, / sin nada de color que la avive, coqueta! / ¿Por qué será la luna, si
renacerEstoy sola, Señor, y hay mucha gente en torno, / estoy triste —no obstante la riente algazara— / y mi imagen es débil, perdida, sin contorno, / bien que la luz del sol le dé sobre la cara. / Temerosa, Señ
san goarPreséntase San Goar y suspende la capa / en un rayo de sol, al suponerlo un «palo», / pues que no advierte cómo desde un cristal escapa, / satisfecho, después de encontrar tal regalo. / Del haz de luz ?en
san juan bautistaA bautizarse acuden las gentes al Jordán. / Preguntaban algunos: ?¿Y qué haremos nosotros? / ?Quien tiene dos vestidos, respondíales Juan, / dé uno al que no tenga. Y preguntaban otros / (esta vez publica
testimonio¿Y si Dios no existiese? ¿Si todo feneciera / con el postrer aliento de la fatal partida? / ¿Sería razonable que la mujer pusiera / sus hijos en un mundo que a la muerte convida? / Si la existencia fuese
ven, madre, a descansarVen, madre, a descansar de todos tus trabajos / hasta el jardín umbroso que cultivo en mis sueños, / a la luz de luciérnagas y áureos escarabajos / y la mágica ayuda de esos seres pequeños, / los gnomos,
vértigo¿Y esta melancolía? ¿Por qué tanto abandono / si no hay una razón o por lo menos nueva, / si no existen rencores ni nos muerde el encono? / ¿De qué ese sentimiento que al ánimo subleva? / ¿A qué causa atr
vilano¡Panadero con pan! ¡Panadero sin pan!, / alborozados niños exclaman. ¡Y que vuelva!, / al tiempo que hacia el aire con infantil afán / resoplan el vilano para que se disuelva. / Otros, junto a la arcada e
yo me pregunto, madreYo me pregunto, madre: ¿no se gasta la pila / que la sutil luciérnaga para alumbrarse tiene? / ¿Y tampoco concluye cuando la araña hila / el misterioso ovillo que encubierto mantiene? / ¿En qué forma se e