PAIS POEMA

Libros de luis gonzaga urbina

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luis gonzaga urbina

a erigone
Deja que llegue a ti, deja que ahonde / como el minero en busca del tesoro, / que en tu alma negra la virtud se esconde / como en el seno de la tierra el oro. / ¡Alma sombría, ayer inmaculada! / Tu caída me
así fue
Lo sentí; no fue una / separación, sino un desgarramiento; / quedó atónita el alma, y sin ninguna / luz, se durmió en la sombra el pensamiento. / Así fue; como un gran golpe de viento / en la serenidad del
confesión
Bien está: me río / porque es una forma de pudor la risa; / pero muy adentro, muy solo, muy mío, / un pesar cansado se me vuelve hastío / y un último anhelo se me extingue aprisa. / Mas no me contemples tan
desolación
Ha muerto ya la pasión loca / después de una larga agonía. / No busques besos en mi boca. / Se quedó la jaula vacía. / Barrí los últimos despojos / de ilusiones y de ternuras. / No busques brillo en mis ojos.
el ruiseñor cantaba. la noche era divina
El ruiseñor cantaba. La noche era divina, / toda cendal de nieve, toda cristal azul; / y en el jardín de plata, la coruscante encina / alzaba entre la sombra su cúpula de luz. / El ruiseñor cantaba. Y en
en mi angustia, callada y escondida
En mi angustia, callada y escondida, / sé tú como enfermera bondadosa, / cuya mano ideal viene y se posa, / llena de suave bálsamo, en la herida. / Ríe en mi tedio –sepulcral guarida– / como un rayo de sol
hechicera
No sentí cuando entraste; estaba oscuro / en la penumbra de un ocaso lento, / el parque antiguo de mi pensamiento / que ciñe la tristeza, cual un muro. / Te vi llegar a mí como un conjuro, / como el prodigi
humorismos tristes
¿Que si me duele? Un poco; te confieso / que me heriste a traición; mas por fortuna / tras el rapto de ira vino una / dulce resignación… Pasó el acceso. / ¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso? / E
la agonía blanca
Blanca como esta noche no he visto cosa alguna: / ni el mármol, ni la nieve, ni el armiño. Semeja / el cielo, un gran abismo de plata, que refleja / su luz, en otro abismo de cristal: la laguna. / Sólo, d
la balada de la vuelta del juglar
Dolor: ¡qué callado vienes! / ¿Serás el mismo que un día / se fue y me dejó en rehenes / un joyel de poesía? / ¿Por qué la queja retienes? / ¿ Por qué tu melancolía / no trae ornadas las sienes / de rosas de Al
la herida
¿Qué si me duele? Un poco; te confieso / que me heriste a traición; mas por fortuna, / tras el rapto de ira vino una / dulce resignación…. Pasó el exceso. / ¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Morir? ¿Quién piensa en eso?
las perlas
Como al fondo del mar baja / el buzo en busca de perlas, / la inspiración baja a veces / al fondo de mis tristezas / para recoger estrofas / empapadas con mis penas. / Y en cada uno de mis versos / viven, con v
lubrica nox
Miré, airado, tus ojos, cual mira agua un sediento / mordí tus labios como muerde un reptil la flor; / posé mi boca inquieta, como un pájaro hambriento, / en tus desnudas fromas ya trémulas de amor. / Cru
madrigal
Déjame amar tus claros ojos. Tienen / lejanías sin fin, de mar y cielo, / y sus fulgores apacibles vienen / hasta mi corazón como un consuelo. / Deja que con tus ojos, se iluminen / mis viejas sombras y se
mañana de sol
Palpitan, como alas de pájaros en fuga, / las velas que sacude la brisa matinal, / y el aire, a flor de onda, menudamente arruga / la seda azul, tramada de estambres de cristal. / De la dorada costa la pl
metamorfosis
Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio
nocturno sensual
Yo estaba entre tus brazos. y repentinamente, / no sé cómo, en un ángulo de la alcoba sombría, / el aire se hizo cuerpo, tomó forma doliente, / y era como un callado fantasma que veía. / Veía, entre el de
nuestras vidas son los ríos
Yo tenía una sola ilusión: era un manso / pensamiento: el río que ve próximo el mar / y quisiera un instante convertirse en remanso / y dormir a la sombra de algún viejo palmar. / Y decía mi alma: turbia
puesta de sol
Y fueron de la tarde las claras agonías: / el sol, un gran escudo de bronce repujado, / hundiéndose en los frisos del colosal nublado, / dio formas y relieves a raras fantasías. / Mas de improviso, el ort
redención
Te quiero porque en tu alma vive el germen / de ternura infinita, / como diáfana gota de rocío / sobre una flor marchita. / Te quiero porque he visto doblegarse / tu espléndida cabeza; / porque sé bien que en
soneto
Beso tus ojos tristes como suele / sus reliquias besar, en tanto reza, / una anciana piadosa. Y tu cabeza / que a perfumadas liviandades huele, / beso, porque mi beso te consuele, / mi beso que es unción y
última puesta de sol
Topacios y amatistas, zafiros y esmeraldas, / se funden en la hoguera de un ocaso imperial; / y, en negro, se dibuja, sobre las vivas gualdas, / al filo de las cumbres, una palma real. / Al lado opuesto s
vespertina
Más, apóyate más, que sienta el peso / de tu brazo en el mío; estás cansada, / y se durmió en tu boca el postrer beso / y en tus pupilas la última mirada. / ¡Qué fatiga tan dulce, la fatiga / que precede a
vieja lágrima
Como en el fondo de la vieja gruta, / perdida en el riñón de la montaña, / desde hace siglos, silenciosamente, / cae una gota de agua, / aquí, en mi corazón oscuro y solo, / en lo más escondido de la entrañ
¡aleluya!
¡Aleluya, aleluya, / aleluya, alma mía! / Que en un himno concluya / mi doliente elegía: / Ya me dijo: ¡Soy tuya! / Ya le dije: ¡Eres mía! / Y una voz encantada, / que de lejos venía, / me anunció la alborada, / me