julio césar aguilar
ecos de la agoníaFui sólo sombra / habitada por el desdén, por los caprichos / de la luz vagante. / Fructificó en mi ser la desventura / y puntualmente repartí sus dones; / a veces la alegría dejaba en el aire su estela. / Ár
el corazónAmanece / tras un instante / y otro / ritmando sueños, / silbándole al sol / la memoria / de una leyenda. / Alza / su propio eco / hacia el más alto pino / de la noche lenta. / Bajo / el aliento palpitante / de la muerte / r
el desierto del mundoA través de la ventana (que son mis ojos) / veo el desierto del mundo / y miro lo que puedo, lo que sé mirar: / ¿qué fuera yo si no fuera lo que soy?, / ¿qué soy en este desierto / sino un cactus, un animal
el instante es el caminoÁrbol antiguo visto desde una infancia, / el tiempo se deshoja, floreciendo, / siempre reintegrándose a sí mismo, / firme ante los aires de cualquier viento, / ante los vientos de la muerte, / el viento ira
elegía de la piernaA la sombra de su estatura / bendice tú la harina de su hueso, ceniza caminante / en triste enflaquecido músculo / y piel de nardo. / Para que vuele, para que / no se incendie, sacúdele / la rabia que la aniq
escribesEscribes / bajo el fulgor de la noche, / sintiendo su influjo / como un llamado a la escritura. / Piensas entonces que la noche / uno a uno / te dictará los versos. / Pero en verdad, nada dice. / Solamente los gr
hacia la muerteComo moneda / que lanzara Dios al abismo, / sin detenerse, / ruedan los días / hacia la abierta alcantarilla / por la que exhala, en su locura, / su desorden la infatigable muerte. / Y nosotros, / con el afán de
huellas del llantoComo abandonados huérfanos, habitantes / del olvido, mis viejos zapatos / repasan todavía su historia / desde el recinto de las añoranzas y lo inservible. / ¿Cuántas aún lágrimas tendrán por decir? / Oh tan
la consigna y el milagroVolver a tus dominios, infancia, / acercarse es lentamente / a la explosiva boca de un volcán / y luego ¿para qué volver entonces / al origen del desastre / donde aún el escombro / es el reino de la insanía / y
la esperaHa vuelto a madurar la fruta sobre la mesa, / las flores de las macetas ya se secaron, / enterradas las cosas bajo el polvo / ¿qué se puede hacer? / Los anocheceres dan fe de la espera, / la multitud de est
la flor en la tierraLa semilla de la muerte / que ha de germinar al sol / revienta bajo la tierra. / Las manos de Dios alegres / que desgranando los días / cultivan la muerte ya / trabajan siempre la tierra / desde el único princi
la horaVuelve la luz / a hacerse luz, plácida claridad / en el vaivén de sombras, / y la calma otra vez, el remanso / donde reposa -como en el sueño el insomne- / su paso frenético el corazón. / El aire que se respi
la vida otraAlgún día seré pastura para la muerte, / no más que polvo triste en el desierto del mundo. / Mi sangre cesará su danza y en ese instante / todo se habrá consumado. / Mudos brillarán mis ojos en su larga n
mañana escucharéMañana escucharé / el eco de tus pasos / en mi memoria, / no para reconstruirte, / sino para negarle al tiempo / su complicidad con el olvido.
medianocheLos pensamientos, hoy perdidos, / en la eternidad de mi noche / buscan su cauce, su destino. / Llega de unos gatos la cópula / de lejos hasta mis oídos. / Ya por debajo de las sábanas / más helado se vuelve e
mundonuestroDel niño que respiró en mí / alimentado de mi sangre / y con mis huesos protegido, / de ese solo niño / criatura amarga, / no sé exactamente / si algo de su ser / perdure aún, invicto / en su catástrofe de miedo.
nada puedo pedirteDame lo que me quieras dar, Señor, / nada quiero pedir, nada te exijo, / hoy ya comprendo que si miro el cielo / es tu resplandor de luz lo que miro; / cuando me siento extraviado en la noche / en tus estre
nada, sino tu sombraNada, sino tu sombra / galopando. / Va y viene a través de las cortinas / translúcidas del pensamiento. / Y la atrapo. / Y consagro / las palabras / al silencio de tus manos. / Ah, la fatiga. / Cavé una fosa, en va
nunca digasMano abierta, di, dime, dilo, / dícelo a tus dedos / que me exprimen desde muy adentro / toda la amorosa sangre; / dícelo a mis manos / -ay torrentes ciegos, / ya cauces sin agua, / siempre manantiales secos. / N
si acasoYo nada pido, nada / estoy diciendo, no, / es nada lo que quiero / al decir lo que digo; / mínimamente es nada / esto que estoy diciendo. / Si acaso, la conciencia / de no saberme muerto, / de pretender subir / por
sólo un rumorVen, aún es tiempo de habitar el paraíso, / me dije / cuando en el alma crecía tal deseo / como un rumor de aves: / eran pájaros que no cantaban, / batir de alas en desventura. / Me acerqué a la luz de la con
soy el guardiánSoy el guardián / de la noche, / administrador de los sueños / y de las conquistas. / Mientras ella duerme, contemplo / desde la sombra / la obstinación de la luna. / De sus entrañas / brota mi voz, / sé que me sue