PAIS POEMA

Libros de juana castro

Autores

juana castro

alicia desposada
Era blanca la boda: un milagro / de espuma, de azahar y de nubes. / Cenicienta esperaba. / Las muchachas regaban cada día / los frágiles cristales de su himen. / Blancanieves dormía. / Al galope / un azul reden
apocalipsis
Ella no es Pomona. Ni, como las Danaides, / una daga dorada oculta entre los senos. / Ella no es Calíope, aunque sea la voz y la belleza. / Y aunque, como las Náyades, ame fuentes y bosques, / no es Estig
aquaria
Llovía largamente por todos los rincones. / Gotas dulces llovían por su espalda, / miel de venas azules el cabello, / arco ciego del mar. / Nalga rosa perdida, / húmeda luz, la clara / porosidad de nieve de s
cáliz
Y ahora soy / tan igual a ti, madre, / que no me reconozco en el cristal / de este retrato tuyo tan presente. / Sí supieras que todo / lo que de ti he odiado y maldecía / ahora en mí lo descubro / tan exacto y
de la captura nocturna de halcones por deslumbramiento
La muerte es una alondra descubierta en la noche. / Ahora sé que, transida, con su brazo / fervoroso de arándanos me acecha. / De mi alcoba, tan lejos maduraba, / tan secreta y tan dulce, certera de mi ol
de la lonja
No te amaré mañana. He aguardado / tantos días desnuda, con tu nombre / grabado entre las cejas, que olvidé / los inviernos, el azul y las rosas. / Ciertamente, habría de ser negra / la piel negra del perro
destierro
Yo no soy de esta tierra. / Era ya extranjera en la distancia / del vientre de mi madre / y todo, de los pies a la alcoba me anunciaba / destierro. / Busqué de las palmeras / mi voz entre sus signos / y perforé
disyuntiva
La tentación se llama amor / o chocolate. / Es mala la adicción. / Sin paliativos. / Si algún médico, demonio o alquimista / supiera de mi mal / cosa sería / de andar toda la vida por curarme. / Pues tan sólo una
el potro blanco
Tiene razón ella, y el espejo / que me enseñó esta tarde. / -Mírate, tú no eres un hombre. / Los hombres nunca tienen / esa fiebre en los ojos, ni los muslos / les florecen redondos, ni en los pechos / les cr
inanna
Como la flor madura del magnolio / era alta y feliz. En el principio / sólo Ella existía. Húmeda y dulce, blanca, / se amaba en la sombría / saliva de las algas, / en los senos vallados de las trufas, / en lo
jabón de sosa
Hervía en la caldera de bronce sobre el fuego. / La sosa devoraba el saín de la vida / y ella sola sabía la entraña del milagro. / Inmensa, se enfriaba la tarta / del color de los ríos, / para luego cortarl
la cuna
Estoy encinta, y vivo. Me preñó / igual que a las ovejas. / Ahora hace la cama / con madera de olivo, / y canta, y por primera vez / me llama por mi nombre. / Porque va a ser un niño / como su abuelo, dice, / “un
la era
Mi padre y yo dormimos / en la era, y la paja / nos es lecho de estrellas. Se sienten / las culebras cruzar toda la noche / los haces de cebada, y ratas como gatos / nos roban en el trigo. Me estremezco / y n
lotófagos
A mediodía, por el aire, pasa / el ángel mudo de los inmigrantes. Todo / se alza y es un vaho / de pan recién cocido con aroma / de flores. En los barrios, los tranvías, / las ventanas y el metro, cada inmi
maría encadenada
(A una niña, mientras / le taladran los oídos.) / Llora pequeña. / Te están circuncidando la belleza, llora, / tus tenues agujeros de esclava / pregonarán tu rol desde la sangre. / Te están atando al oro / para
padre
Esta tarde en el campo piafaban las bestias. / Y yo me quedé quieta, porque padre / roncaba como cuando, / zagal, dormíamos en la era. / Me tiró sobre el pasto / de un golpe, sin palabras. Y aunque hubiera
pañuelos
En un golpe de aire los papeles / han salido volando, y esparcen por el suelo / su forma de blancura. / Campo seco, sembrado / de rectángulos tersos, / limpias lenguas de sombra. / -Mis pañuelos son otros. De
penélope
Pajarillo enjaulado, me han quitado los ojos / y tengo una cuadrícula / calcada sobre el mundo. / Ni mi propio sudor me pertenece. / Espera en la antesala, me dicen, y entrelazo / mis manos mientras cubro d
profecía
Algún día vendrás, sabes que miento, / que no puedo ya más tender la seda / lunar de la esperanza. Algún día / vendrás como una horca, el fiero / corazón guardando la armadura / y los labios en flor como li
sentir el peso cálido
Sentir el peso cálido. / Girar / previsora la vista, y saber / que no hay nadie. / Agacharse. Enrollar / el vestido, dejar en las rodillas / la mínima blancura / de la tela, su felpa / y el fruncido que abraza / la
toda la piel del mundo
Tú los ves ahí colgados, tirados, y dices, / vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías, / lo llevan para meter el pintalabios, / el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas. / Pero ellas no olvidan, lo ll