josep carner
a la hora del crepúsculoEs tarde, no me tientan los caminos. / Y en el jardín cerrado, yo os sabía, / caídos, pisoteados en la niebla, / ¡oh flores, hojas, días! / Mis pasos se vuelven furtivos / como un indeciso extraño. / Suspiran
bélgicaSi mi destino fuesen las tierras extranjeras, / me agradaría envejecer en un país / donde la luz se filtrase cual sonrisa amarilla, grisácea, / y prados hubiera con ojos de agua y aceras / ornadas de olmo
desde lejosQuién ver pudiera, cuando el estío acaba, / el camino -la sierpe tan blanca y sonriente- / y, junto a confiada cala, / pámpanos muertos bajo un pino vivo. / Quién ver pudiera el baile en la era / y una sier
juego de tennisPor la hierba del prado caminabas, / y volaba tu brazo adolescente; / y por la red de la raqueta alzada / se filtraba la luz del sol poniente. / La paz dominical, desanimada, / tu rostro angelical y aquel v
la afanadaOh, mujer que andas sólo por atajos, / veredas que parecen secretos campesinos; / oh, nunca deseada a plena luz del día; / tu labor, qué afanosa; de luto es tu vestido. / Bordeas, recatada, los surcos cam
muerte de la ardillaCaía la tarde, ya más dorada que azul. / En el horcajo de un espino, por el sendero / que conduce al pinar, una ardilla / se acurrucaba en forma de espiral, / la cola cargada a la espalda; / su cabeza se am
nabí (fragmento)Todo era en el mundo comienzo y juventud. / La mar espejaba para un laúd tan sólo. / Un torrente de oro se vertía en la mar. / En una cala, junto a un pino, negra garganta / me había arrojado a la playa. /
salmo de la cautividadCada mirada nuestra está empañada; / cada palabra, esclava. / Nuestras vidas abate cada día / quien, por odio a la paz, nos unce al yugo. / ¡Oh Dios, que con castigos nos adviertes. / Que el son de nuestro