PAIS POEMA

Libros de horacio

Autores

horacio

a delio
Acuérdate de conservar una mente tranquila / en la adversidad, y en la buena fortuna / abstente de una alegría ostentosa, / Delio, pues tienes que morir, / y ello aunque hayas vivido triste en todo moment
a la fortuna
Oh diosa, tú que riges la grata Ancio / y eres capaz, con tu presencia, de elevar / a un mortal del peldaño más bajo / o trocar en exequias las soberbias victorias. / A ti acude, con solícito ruego, / el po
a la fuente de bandusia
¡Oh fuente de Bandusia, más clara que el cristal, / digna del dulce vino puro! Mañana, y no sin flores, / te inmolaré un cabrito, cuya frente, ya hinchada / de sus primeros cuernos, busca amor y pelea. /
a licinio
Más rectamente vivirás, Licinio, / si no navegas siempre por alta mar, / ni, mientras cauto temes las tormentas, / costeas el abrupto litoral. / Todo el que ama una áurea medianía / carece, libre de temor,
a mecenas
¿Por qué me quitas la vida con tus quejas? / Ni a los dioses es grato, ni a mí, / que mueras antes, Mecenas, tú, / pilar mío, toda mi gloria. / ¡Ah! Si una fuerza prematura / te arrebatase a ti, la mitad de
a melpómene
Terminé un monumento más perenne que el bronce / y más alto que las regias Pirámides / al que ni la voraz lluvia ni el impotente Aquilón / podrán destruir, ni la innumerable / sucesión de los años, ni la
a torcuato
Han huido las nieves y ya vuelve / el verdor a los campos, el follaje / a los árboles. Muda la tierra su destino / y los ríos decrecen y fluyen por sus cauces. / La Gracia, con las Ninfas y sus hermanas g
el don de la musa
A aquel a quien miraste, Melpómene, al nacer, / con ojos apacibles no lo ensalzará púgil / el esfuerzo en el Istmo, ni un fogoso caballo / lo conducirá vencedor en carro de Acaya, / ni la guerra, caudillo
el viaje de virgilio
Que la poderosa diosa de Chipre / y los hermanos de Helena, lucientes astros, / y el padre de los vientos te guíen, / y sople el Yápige favorable, / oh nave que me debes a Virgilio, a ti confiado. / Te rueg
la nave del estado
¿Te llevarán al mar, oh nave, nuevas olas? / ¿Qué haces? ¡Ay! No te alejes del puerto. / ¿No ves cómo tus flancos están faltos de remos / y, hendido el mástil por el raudo Ábrego, / tus antenas se quejan,
me evitas, cloe, como el cervatillo…
Me evitas, Cloe, como el cervatillo / que por desviados montes busca / a su asustada madre, no sin vano / temor del aire y del follaje. / Si se agitan al viento las hojas del espino / si los verdes lagartos
mientras que te agradaba…
«Mientras que te agradaba / y ningún otro joven preferido / rodeaba con sus brazos / tu blanco cuello, / florecí más feliz que el rey de los Persas.» / «Mientras no ardiste más por otra, / y no venía Lidia de
no pretendas saber, pues no está permitido…
No pretendas saber, pues no está permitido, / el fin que a mí y a ti, Leucónoe, / nos tienen asignados los dioses, / ni consultes los números Babilónicos. / Mejor será aceptar lo que venga, / ya sean muchos
odio al vulgo profano y lo rechazo…
Odio al vulgo profano y lo rechazo. / Tened las lenguas: sacerdote de las Musas, / voy a cantar versos jamás oídos antes / a los niños y a las doncellas. / A sus propios rebaños rigen / temibles reyes, y a
odio, niño, la pompa persa…
Odio, niño, la pompa Persa. / No me gustan esas coronas / tejidas con las hojas del tilo. / Deja de perseguir el lugar / donde aún florece la rosa tardía. / Solícito, procuro que nada añadas / al sencillo mir
oh venus, reina de gnido y pafos…
Oh Venus, reina de Gnido y Pafos, / abandona tu Chipre tan querida / y acude a la adornada estancia / de Glícera, la que te invoca / con numeroso incienso. / Venga contigo el Niño ardiente / y las Gracias de
venus tardía
¿Mueves de nuevo guerras, Venus / después de paz tan prolongada? / Déjame, te lo ruego, te lo ruego. / Ya no soy como era bajo el reinado / de la buena Cinara. Cesa, madre cruel / de los dulces Cupidos, de
¡ay, ay, póstumo, póstumo…
¡Ay, ay, Póstumo, Póstumo, / fugaces se deslizan los años / y la piedad no detendrá / las arrugas, ni la inminente vejez, / ni la indómita muerte! / No, amigo, ni aunque inmolases cada día / trescientos toros
¡oh nacida conmigo, siendo cónsul manlio!…
¡Oh nacida conmigo, siendo cónsul Manlio!, / ya contengas lamentos o juegos, / ya disputas y locos amores / o sueño confortable, piadosa arcilla / que custodias un excelente Másico / y eres digna de ser sac
¡oh tú, hasta ahora cruel, en medio del poder…
¡Oh tú, hasta ahora cruel, en medio del poder / que los dones de Venus te otorgan! / Cuando un invierno inesperado llegue / sobre tu orgullo, y caigan esos rizos / que ahora revolotean sobre tus hombros; /
¿adónde, baco, me arrebatas, lleno de ti?…
¿Adónde, Baco, me arrebatas, lleno de ti? / ¿A qué bosques, a qué cavernas / soy arrastrado velozmente por una mente nueva? / ¿En qué antro seré oído / meditando introducir la gloria eterna / del egregio Cé