PAIS POEMA

Libros de delfina acosta

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delfina acosta

adonay amante
La primavera tenga piel gitana / y hable Dios con verso apasionado. / De mí no quede ya sino aquel viento / con que voló la alondra de mi canto. / Rugir de mar impuro y marineros / cuya nostalgia culpan a l
alguna vez creí
Alguna vez creí hablar contigo, / Neruda, allá en tu tierra; tú decías / que la primera música en Parral / fue el soplo virtuoso de la espiga, / y aquel silbido patriarcal del viento / llevando sobre el lom
alma
No tengo más rebozo que la escarcha. / Un pájaro se calla en el silencio / de la tristeza niña de la tarde. / Mi alma atardecida busca el fuego / de los caminos breves de tu mano / donde quedó la boca de mi
amor de enero
Ya son las altas horas de la noche. / Un pájaro espectral el vuelo alza. / Se hunden sus graznidos como piedras / en las heladas aguas de mi alma. / Al monte me llevaba algunas tardes / mi amante, y tras su
angelus
Quién pudiera aprender los largos versos / que saben las oscuras golondrinas; / ellas retornan al oír el canto / de lo que fue un lejano Ave María. / Quién dijera de pronto al recordarme: / delante de una l
antes del olvido
Acaso es tarde. / No importa ya / que con favor del diablo / coloque mis jazmines en la acera, / mi zapato de tierra / en la ventana, / y me quede / en cuclillas, / aguardando, / que alguien golpee de una vez mi pu
apuntes esenciales
a Agnes Hazenbosch / Llevo contando el cierzo, el aire, el suelo, / la bruma, los geranios y el rocío. / Sumo la hierba, el sol, la sombra nueva / de la cosecha convertida en trigo. / Anoto auroras, tallos,
aquella que te amó
Palomas de repente en mis mejillas. / Un sacudir de alas si regresas, / amante, a mi presencia y me perdonas / y arrancas de mi amor la sola queja. / Me juras por tus muertos, yo te juro / por Dios que a lo
aunque sopló tus párpados
Aunque sopló tus párpados la muerte / el aire de tus odas sigue puro, / por eso te converso en esta tarde / Neruda, hermano, y traigo en mi saludo / la letra titilante de la brisa, / la hiedra vigorosa de l
boda patética
Que no sea en otoño, ni en verano. / Yo querría que fuese en primavera; / dará setiembre entonces sus primicias / y los jazmines abrirán las rejas. / Caerán besos de adiós en mis mejillas. / Mis ojos como l
camino
¿Camino de partida o de venida / es éste en donde estoy desatinada / con un pañuelo ausente de señal? / No sé si voy o vengo pues son vagas / las sombras de los hombres y mujeres / que dejan tras mis huella
canto profundo
Yo observo al hombre trabajar la tierra / y al ave que en el hueco de la rama / de un tibio limonero se acomoda. / En su holgazanería así se cansa. / Su trino es el diamante del deseo. / Y tú, mi prójimo qu
circo
a Giovanna Pertile, hada que lleva mi sangre. / Yo fui a nacer y el mundo enloqueció: / atardecer de mares y naufragios. / Las aves antes de alcanzar altura / caían en un bosque embalsamado. / Un elefante t
cocuyos
Tan sólo los cocuyos para ver / tus ojos y esas largas manos tuyas / donde mi rostro pongo mientras cae / un pronto atardecer que me desnuda. / Porque este amor es noche sin su tálamo, / y duerme solo y con
conciencia
Tus ojos, dos secretos que me observan. / Mas, ¿qué dolor es éste que en mi frente / tan pálida, parece algún lunar? / Si están los astros pocos, si la muerte / echó la puerta, si las hojas secas / en vient
cosecha
Descalza peregrino debajo de la lluvia. / Lloro por dentro / un agua de oro. / Cuéntame, bienamado. / ¿Dónde tu reino, tus lacayos, / tu ángel de la guarda, y tu bufón? / Mas, ¿dónde tu victoria, / tu cicatriz
costumbre perra
Si la hojarasca en niebla se convierte / yo dejo la ventana y voy, amado, / en busca de tus sábanas. Me acuesto / con paños de mi fiebre en tu costado. / Qué amor tan taciturno es este sueño: / llegar ya ta
cuarto azul
Somos amantes. Suelen los poetas / con infantiles coplas y sonetos / celebrar el tañir de las campanas / como la hora nupcial de nuestro encuentro. / Dirían más, pero se callan porque / se abrevia así el re
de memoria
Tienen las ramas esta madrugada / el bienvenido aliento de las rosas. / Las blancas mariposas de mis manos / nadie las ve ¡y cómo te devoran! / Donde tú estás, allí, mi amor te llama. / Yo quiero que me esc
desolada
A Gabriela Mistral / Antes de echar mi cuerpo al ebrio río, / muy ebria ya, entré por las abiertas / puertas del templo; oí a una rata huir. / El atrio era una vieja madriguera. / Y le dije a mi Dios, en cu
después de mucho saludar
Después de mucho saludar al viento, / al jaspe de las piedras, al murmullo / de la colmena verde de los mares, / a la hermosura ajena en su conjunto, / dijiste basta, quiero estar muy triste, / en esta tard
dientes
Estrella que es error, yo soy los dientes, / y solamente dientes, no la boca / que yerra, miente, injuria, a Dios calumnia, / y cuando su áspid guarda queda roja. / Ay, pobres bocas, lenguas enredadas / con
dios que es él
Él hizo mi mirada distraída, / la llamarada añil de tu silencio, / las seis en punto y el adiós más mustio / frente a las olas rubias de aquel puerto. / Él hizo las primeras golondrinas, / el frío de esa ta
discúlpame
Discúlpame, si puedes, por mis versos, / Neruda, de mil sábanas poeta, / pues yo no sé escribir cantando al agua, / a aquel frescor primero de la hierba, / igual que tú, en tu Chile de araucarias. / Yo sólo
dos hijos
Déjame que te cuente las palabras. / Somos los hijos de los rojos versos / que vuelan cuando está la noche encima. / Qué pálidos amantes, pues nos vemos / sólo a través de los rocíos fríos / que salen a mor
el beso
Voy a contarte un cuento que otras saben. / Las menos como tú jamás supieron. / Era un juego de a dos pues se enfrentaban / un rey hermoso y una reina a besos. / Y érase que ella alegre se moría / como últi
el mar tú visitabas
El mar tú visitabas; le decías / lo que le dice el hombre a una muchacha. / En tardes pasajeras del verano / de novio te pusiste con sus algas. / No se sorprenda nadie; es tan común / que rompa su cadena, e
el pino en las penumbras
Sobre tus hombros inclinar mi rostro. / Un lirio aún vivo que encontré, contarte. / Soy la culpable de tus versos lúgubres / donde una llama ciega y negra arde. / “El pino en las neblinas” es un verso, / y
el rostro de dios
Ayer soñé contigo, Dios. Tú eras / el trueno de las doce y la alta luna / en una vieja noche entumecida. / La fiebre, pobre Dios, se te hizo furia. / Venías a decirme que me di / con mi gorrión amado a aleg
el tiempo es beso
¿Escuchas cómo caen las estrellas? / La rosa en mi costado dio su aroma, / su ensangrentado aroma que me viste. / Pasaron desde entonces muchas rosas, / y vive aquella flor de mí salida, / de mi infectada h
el verdadero mundo
Recuerdo el viento claro de otras tardes. / Tocando castañuelas prodigiosas / le daba larga cuerda a mi niñez. / Yo le pasaba alegre mis cabellos, / mi falda, y él, jugando, se los daba / al perro que ladra
en paraguay prohibieron
En Paraguay prohibieron tu poesía; / mas te leí setenta veces cinco. / Y dije: “No, señor; ninguna culpa, / ninguna prueba cierta de delito / yo encuentro en estos versos remojados / en el sudor con sal del
en tu nombre
El pueblo alumbra noches muy serenas, / mas fiada de tus ojos, Jesucristo, / mejor contemplo el viejo firmamento, / el árbol bajo el astro y los caminos. / En noches de neblina yo te veo. / Qué paz, Señor,
enemigo
Mi peor enemigo, tú que me amas / como una ciega lluvia que al caer / escampa, arrecia, escampa. Mi enemigo, / yo te corono amante, pueblo y rey. / Con una hiedra mis cabellos atas / y sabes del lunar que e
estás debajo, acaso
¿Estás debajo, acaso, de tu tumba? / Pues no; aquí no está, no estuvo Pablo, / repite con su voz enronquecida / la tierra vuelta sombra bajo el árbol. / Yo lo sabía: no logró la muerte / tenerte, como a muc
estatua en la plaza verde
Te esperaría. Yo sería, amado, / la primera en llegar hasta la vía, / y la última en volver, con un paraguas, / de la estación del tren que te traería. / Iré hasta el mar como la lluvia, a veces, / y pasaré
fantasmas
Fantasmas de la noche, niñas tristes / que escriben con las luces apagadas. / Dragones del infierno las vigilan / y en un castillo mueren encerradas. / Sus nombres se pronuncian como lirios. / Las miro cada
golondrinas
Amado, desenrédame las trenzas. / Escucha a las reidoras golondrinas / que pueblan mis susurros confesarte / mi amor donde gotea la llovizna. / En esta tarde con olor a mar / tú tocas a mi puerta. El lobo a
hades
La primera señal: te salen lágrimas, / y escribes, sin querer, mejores versos. / Se apagan los faroles de la cuadra, / pero tus ojos brillan más atentos. / Y hay dos señales: si con él te cruzas / es como s
hipótesis
Si tú a morir te fueras, si las mantas / muy frías se quedaran en tu lecho, / yo no te llevaría flores tristes / en donde estés. Le pediré a los cuervos / y al ruiseñor que no me condenaran / a ir desolada
la gacela enamorada
A mi cazador / Soy la gacela enamorada ¡Dios! / de mi nocturno cazador que viene / al bosque con las ansias de mis astas, / mis ancas, mis rodillas y mis hombros. / Si están los cielos vistos, si los astros
la hierba es larga
a Nila López / Voy caminando. Van mis plantas sobre / el pasto con cristales de violetas. / Yo sé que no soy libre, que la culpa / de algún delito infame me condena. / Está en los viejos libros esa ley / por
la nodriza
Me quieres por ser triste y por mayor. / Me quieres pues no tienes aún edad / para llevar a una mujer a misa. / Te permito morder, lamer, sanar. / Tú bebes de los ríos de mis senos / el agua de las rocas fr
la novia viene a caballo
Fue un veintisiete de mayo / del año sesenta y cinco. / La novia, blanca, venía, / con su escotado vestido. / Montaba un negro caballo / que dio un peligroso brinco / emparejando cabeza / con otro del monaguill
la otra vida
¿Te acuerdas de la vida, la otra vida / de pasos espantados, de los huesos / de aquel ciprés creciendo con nosotros? / ¡Cuán niños en la niebla de otros reinos! / Volver a aquella edad, reír a costa / de nu
la puerta
Cualquiera llama a mi pequeña puerta. / Cenar suelo con reyes y mendigos. / Ay, cómo me atareo en repartir / en dos iguales partes lo servido. / Y es entre gente que a mi casa llega / contándome unos casos
la rosa dura
El gallo soy de la veleta roja / que mira al Norte porque Norte soy. / A mi pueblo lo barre el mismo pueblo: / un viento malo con que al río voy. / La saeta del Este cuando gira / da vuelta al pueblo, al li
la veleta del pueblo
Nos íbamos a casar. / Teníamos los anillos. / La fecha fijada en Pascuas, / y por supuesto, padrinos. / Fue tras la misa del gallo / cuando a una cita nos fuimos. / Estrellas ya trasnochadas / entonces fueron t
las bodas con jesús
¿Faltar a mi deber? Jamás, amado, / pues si te fuera infiel ¿con cuál marido / tendría yo las bodas más hermosas, / que no sean ésas que pasé contigo? / He puesto petición en boca mía, / y tú con pronto sí
las leyes
Culpable soy. Si solamente atiendo / a mi engañoso antojo que no mira, / ni ve, ni oye, de las culpas libre / estoy. Yo me aconsejo con la prisa / de quien tan sólo divertirse quiere. / De tantos sitios sal
los goznes de los versos
Los goznes de los versos han cedido / al golpe de tu puño en carne viva. / “No debe ser así; la rosa enferma, / la ronca voz de la melancolía / primero están”, dijeron los poetas / de ayer que cabalgaban tr
los modos de marcharse
Hay modos de marcharse de la vida: / poco a poco / se van de tu memoria / los versos más hermosos de Rimbaud. / Te ocurren dos fatalidades juntas: / se te muere la rosa / que al mirarla quisiste / con suspenso
los pasajeros
Amigo, vamos a abordar un tren. / Desde la ventanilla miraremos / a los lobos cercándole a la luna, / y a la lluvia apagando al firmamento. / Tomaremos un break en la campiña / donde grazna al Señor, un tri
lunar
Fuera mozuela y me salieran frescas / mejillas y ahí bajara algún lunar. / Oliera a cesta nueva como huelen / las niñas acabadas de peinar. / El cura y el juez me enviaran cartas: / “Como una verde hoguera
madre
Entre las sábanas enfermas, madre, / te duermes sin saber de mi vigilia. / Escúchame callar en esta hora / de muerte, de silencio y de agonía. / Cuán sana fluye la existencia afuera / con su rumor de rosas
maleza
Mi alma es una ramerita, Dios. / No quiero amar al prójimo. La fiesta / de la alegría ajena añade gotas / de hiel al ojo. Crece la maleza / de mi maldad si otros son felices. / Mi corazón al colmo siempre l
mi reino
Mi reino es de los astros misteriosos, / del fuego que susurra en el ocaso. / Se me figura milagrosa tela / el cielo con su azul iluminado. / Conmigo no es el hombre sino el ángel. / Su sombra se hace mies
mil
Se llega a mil, señora, con la verja / que cerca a su jardín, de doce metros. / Las estrellas que el ojo no ha contado / nada quitan ni añaden a estos versos. / Porque casada cambia de maridos: / un Dios te
nadir
Amigo, hablemos de las cosas raras. / ¿Tú crees en las ánimas, las sombras / de los asesinados y suicidas / que vagan? Los fantasmas hacen rondas / en torno a un niño gris. Los perros vagos / entonces mueve
negro vino
a Francisco Álvarez Velasco / Poeta, tú que escribes, tú que callas, / tú que eres hombre y además camino / y vas detrás de algún color y hundes / en un amor desnudo tu cuchillo: / la pena es casi todo cuan
ninguna noche ha sido
Ninguna noche ha sido como anoche, / Neruda, para ti; ¡los tibios besos / que te ofreció Matilde, ya dormida / en el camino largo de tu pecho! / Mas anteanoche hallaste extraña lengua / que te lamía con un
niño bello
En tu día de bodas, niño mío, / arrancaré las flores de tu herida. / Tu cutis sobre el mío hará caer / del cielo en esa noche lozanía. / Te limpiaré a la aurora con mi lengua / y me odiarás fielmente cada d
no se lo digas
No se lo muestres nunca a nadie, / ni se lo digas / a tu mejor amigo / haciéndole jurar con muchas copas / que nunca contará. / Escucha: / ya maduró la luz / en la primera fruta del parral / y quiero que te asomb
no vi tu mar
No vi tu mar, apenas lo entreveo / en la delgada orilla de mi río. / No caminé, como si tú, Neruda, / por calles rectas en Valparaíso. / Mas si supieras, Pablo, cuántos versos / en que nombraste a Chile yo
paloma
Melancolía: el sauce sin sepulcros, / la tierra que no alcanza a ser magnolia, / los ojos del crepúsculo, el adiós / de aquel borroso marinero a solas. / Y qué melancolía aquella rama / sin flores, sin horm
pero también cantaste
Pero también cantaste a las muchachas / de boca roja como una ciruela; / tus versos las pintaba azucaradas, / en el balcón, soplando una candela. / De sus mejillas se nutrió la gota, / la sal y la pleamar d
pero tan contenta
Si ya te ha amado alguna, y luego otra / a quien llevaste con su hermana a fiestas, / y aquella a cuyo rostro te arrimaste / del lado en que asomó la luna llena, / ¿por qué me distrajiste si me hallaba / cu
perra sombra
¿Quién soy? Apenas me conozco orando / a un Dios que dicen que creó las olas. / A la mañana me recuerdo ciega / limpiando de arenillas a las rosas. / ¿Quién soy? A veces me pretendo amando / a un hombre ext
piedra en llamas
¿Y si me amaras? / También si me dijeras / palabras que no hablan / en esta tarde que se va deprisa / por una puerta abierta hacia otro día. / ¿ Si me quisieras ? / O si me permitieras ver tus ojos, / más, much
poema a mis esposas
Ay, mis esposos, todos mis esposos / se fueron a la mar, ayer, mañana. / Guardé sus blancas ropas, la fortuna / de pobres con que hicimos las moradas. / Viuda me quedé. Vestí de luto / y fui por pueblo esqu
poesía
Sólo tu voz es dulce, poesía, / porque por ella he sido yo narrada. / Con tierna obstinación tus ojos pones / donde clavé, vencida, mi mirada. / Ya te mandaron a morir, mas tú / como una flor del campo te l
poeta
Hablemos de poesía. Se me ocurre / que Dios no sabe sus palabras tristes. / Y yo tampoco sé por qué las tardes / en sus lejanos ojos se hacen grises / o sus primeros versos callan distraídos / en el instant
poetisas
Mis mujercitas pensadoras, mustias, / que llevan por sombreros dos palomas: / un taciturno verso las persigue / porque los lirios por su herida aroman. / Yo sé la nada pálida que cantan / y la estrellada no
por las rosas
Me voy a maquillar para morir. / Por la luna sabrán si estaba loca. / «Era llena de lluvia», contará / quien cambia los amores de mi alcoba. / Me voy a maquillar para morir. / Por la luna sabrán si estaba l
porque siendo verano
Será tal vez el alma lo que duele / porque siendo verano paso frío. / Como una gota se cayó y rodó / mi alma en la escalera de un altillo. / Ayer estaba alegre y contagiosa. / Hoy mi ojo triste en el espejo
retorno
Retornarás, total, jamás te fuiste, / y te querré otra vez porque yo llevo / mi sueño ya amarrado a los cometas, / mi corazón vengado por el cielo. / Un día no pensado, cuando vengas, / me encontrarás quejá
ropaje
Es el mar mi ropaje: así desnuda / como una enorme ola a ti yo llego. / Mi ocasión la tormenta y los relámpagos, / y es la montura de mi amor el viento. / No retorno: yo voy pues son mis pasos / como a la h
sucede
Sucede que mi carne se deshoja / porque ella es desde antes mi enemiga. / Morir o envejecer. La tarde quieta, / la noche tan callada en mis mejillas, / me ocurren. Y me ocurre la penumbra / del corazón. De
sueños
Te rezo Jesús mío en largas tardes / estando florecidas las estrellas. / Y cuando a ti te rezo, vela en mano, / el fósforo se apaga en su pureza, / se enfrían como cierzos mis costillas, / y la mirada se me
tumbas
Saldrán de mis costillas las violetas, / hijas mejores de mi propio fin. / Se curará mi muerte en las raíces. / Se apagarán las llamas de arboledas. / Yo dormiré cantando en el silencio / del camposanto que
un día tú dijiste
Un día tú dijiste: soy feliz. / La tienda azul del mar es mi camisa. / Junté en mi percha todo de este mundo: / el torso del océano y la brisa. / Te fuiste a caminar alegremente / por Chile entero dando Bue
unigénita del sur
Tal vez es culpa mía que haga frío, / que rija ya el otoño, y que las hojas / se borren de las ramas como pájaros, / o se largue a llover a cualquier hora. / O es sólo culpa nuestra. Por querernos / un fuer
vuelvo pronto
Tras un hombre que amé en la primavera / se marchó mi vestido, enamorado. / Él me abrazó diciendo «vuelvo pronto». / La flor que me dejó arrugó mis manos. / Mi chal de Cachemira se llevó / quien me acostó a
yo, otelo
Te celo de las niñas imposibles, / rostros de brasa y lágrimas de nieve. / Me encuentras a tu madre parecida, / y de razón mudable cuando llueve. / Te quiero y tú me quieres, mas no basta, / ni esta promesa
¿qué historia cuenta?
¿ Qué historia cuenta, si el ciprés se arquea, / y la higuera se rompe, el loco viento ? / ¿ Si las puertas se cierran de repente, / es que ha estallado su terrible genio ? / Ya sufrir pareciera cuando el