abelardo linares
a unos ojosTan cargada de vida está la verde / absenta de tus ojos cuando hablas, / que emborracha mirarte, y tanto frío / puede albergarse en ellos, que se hiela / mi pecho si me miras. Soy apenas / quien teme y quie
anatomía de la melancolíaAlegra el corazón haber vivido, / y no importa del todo que el pasado / no sea ya otra cosa que pasado. / Si nos quemó la llama del vivir, / su huella es una herida hecha de orgullo / y de melancolía. Pues
bajo las luces rojasSus cuerpos bajo aquella luz rojiza, / su desnudo irreal entre la rasa niebla. / Fosforescía el cuarto, altas paredes / con blancos azulejos. Pensé: es un hospital, / quizás la habitación de revelado / de u
el café con espejosEra un café y estábamos charlando. / Un extraño café de gigantescas sillas / con unos veladores diminutos. / A nuestro alrededor rostros borrosos / o, más exactamente, unos hombres sin rostro; / y así no me
el extrañoAlguien está a la puerta de mi casa. / Me he levantado en medio de la noche / y le espío a través de los visillos. / Alguien llama al portal, llama a mi casa, / y yo escucho sus golpes sin abrirle. / Hay al
en la mañana del mundoApenas la caricia de tu mano. / Mi piel es de cristal cuando me tocas. / ¿Qué apaciguada luz, qué temblor hecho brasa / se deslíe en mis ojos si me miras? / ¿Dónde hiere tu risa y por qué hiere / si con ell
inmensidad de la nocheEn medio de la noche surge a veces / una pregunta, y la noche se agranda, / y es inmensa la noche hasta la angustia. / Como un barco sin luces, silencioso, / surca así nuestro cuarto tanta sombra / que pare
la sombraLa calle estaba oscura, había llovido / y brillaba la luna en el asfalto. / Una sombra sin sombra me detuvo / impidiéndome el paso. Oí su voz, / de un helado metal que no era humano, / preguntarme ¿qué busc
la visita del arcángelVerte, como tras niebla, vuelto el rostro, / oculta la cabeza entre las sombras, / y vislumbrar el suelo ajedrezado, / los hondos muros blancos, la ventana / y tras ella el paisaje, una alta torre / guardan
las formas del engañoDe entre todas las vidas que una vida / puede encerrar, tú y yo nunca escogimos / precisamente aquella que podría / habernos hecho odiar todas las otras, / esa que hubiera sido sólo nuestra. / Pero quizás l
los rostros de la nocheNo fue verdad la noche ni tus besos. / En la sombra mentía aquel jardín, / la anaranjada luna entre los árboles, / fríos bancos de mármol, hondos pájaros / desvelados cantando en altas ramas. / No fue verda
magia de la nocheEra la noche cálida como lo son tus ojos, / gruta de magia blanca era la noche. / Era la noche cómplice, bajo qué estrellas rotas / cobijamos el sueño de una noche, / de un verano sin noche, de un instant
mágico vivirArde aún y es espléndida la llama / de aquel fuego. ¿Recuerdas esas tardes, / el canto de los pájaros; la tenue / veladura de un mar casi tan negro / como tus ojos? Súbita, la vida / nos quemaba por vez pri
noche del sentidoComo cuchillos fueron nuestros besos / en tanta sombra hiriéndonos callados. / Vida o muerte nos dimos muchas veces, / tan ebrios de aquel vino con ceniza / que la luna vertía en nuestro pecho. / ¿De qué no
oficio de la costumbreDel amor a las palabras queda sólo costumbre. / Se hace rito el misterio y un dios inútil / silencioso visita el asolado paisaje de nuestros sueños. / En espejos ardiendo miramos nuestro rostro / y la man
pájaro de fuego¿Desde qué paraíso o raro sueño / desciendes hasta mí para mirarme? / Un pájaro que canta hay en tus ojos, / de brillante plumaje y negro pico / y poderosas garras que desgarran / mi pecho con fiereza. Y ca
trasmundoMás allá del deseo y su luz torpe, / más allá de la risa, al otro lado / de ese instante sin tiempo o la nostalgia, / lejos de la razón, de la locura, / más allá de mí mismo, de la vida, / tan inútil, tan v
una extraña certezaDurante muchos años, a menudo / me he acordado de ti, o de tu imagen, / para ser más exacto, pues de aquello / que amamos una vez sólo nos queda / (al igual que de un libro) una muy vaga / impresión general